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¿Qué espera? ¡Levante ese teléfono y ordene el suyo!
Válido hasta agotar existencias.
Quiero decir que esto pasó cuando tenía siete u ocho años.
Mis hermanos y yo íbamos a ir al centro comercial para hacer las compras, así que mi madre nos mandó subir al auto. Y en eso estaba yo, cuando algo en el asiento llamó mi atención.
¡Sí, amigos! Era un condón.
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Y yo, inocente, lo tomé sin dudarlo. Apenas subió mi padre al auto, pregunté:
—Papá, ¿esto es un globo?
—Sí, querida... un glo-globo.
Él se quedó mirándome mientras lo abría. Mi curiosidad me llevó a estirarlo y mirarlo detenidamente por todos los ángulos posibles. Entonces... ¡lo inflé!
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Unas tres veces.
Luego mi hermano, un año menor que yo, me lo pidió. Y pues, así es como mi hermano y yo inflamos un condón en el automóvil mientras nuestro padre nos contemplaba en silencio. Hasta el día de hoy, recordar esta historia me causa gracia. Lo peor de lo peor fue que mi padre no me quitó el condón. Mis hermanos no se acuerdan de la historia.
En resumen: un condón siempre será un globo para las mentes inocentes.