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Válido hasta agotar existencias.
Hace tiempo un primo nos invitó a su fiesta de dieciocho años en un restaurante chino. Estaba de lo más feliz observando la comida que había, cuando trajeron un platillo extraño.
—Parece orejas de ratón —dije.
Comencé a reír ante la locura de que fueran orejas y, aparte, mi tía apostaba que eran pedazos de jamón. Para mi sorpresa, sabía muy bien; cuando terminamos y recogieron la mesa, me levanté a preguntar a un mozo qué era lo que había comido.
—Era ratón.
Devolví todo —literal—, y ahora cada vez veo algo relacionado con comida china, tengo la sensación de querer vomitar.
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