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Válido hasta agotar existencias.
Esto ha ocurrido hace alrededor de diez minutos, en una preciosa mañana en España, a las 11:38 a. m. de un martes en el que he decidido quedarme en casa de mi abuela a estudiar para un examen G L O B A L de mi querida asignatura, Historia.
Y como en todo martes 13 tiene que ocurrir alguna desgracia, me bajó la regla esta mañana. Imaginaros a una niña de trece años sin despegar la cabeza de un libro en todo el día, sumándole la regla a las ganas de suicidarse.
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Pues no hace falta decir que tuve que ir al baño a hacer la necesidad menor de cualquier persona. ¿Se me ha olvidado mencionar que estamos en reformas, y que el baño que uso es el mismo que el de los albañiles?
¿No, verdad?
Prosigamos...
Subí al piso superior y me senté, justo olvidé cerrar la puerta, vi que estaba abierta pero me daba pereza recorrer menos de un metro para alcanzarla, y por lo menos, dejarla entornada. Pero no, me quedé ahí mirando a la nada.
Hasta que escuché la puerta del piso de arriba abrirse, y rezaba para que fuera mi madre. Rezaba...
Era uno de los albañiles, con la mano en el cinturón dispuesto a entrar. Y me vio, sentada, en la taza del váter. Nuestras miradas se trabaron. Un latido, dos latidos. Tres. Ninguno parpadeó siquiera.
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No me ha pasado nada más vergonzoso en mi vida.
Lo peor es que es guapo, y claro, yo no podía apartar la mirada. El pobre chico —que por cierto, está casado— murmuró una disculpa al mismo tiempo que yo y se fue rápido.
Ahora estoy escribiendo esto en el despacho en el que estoy estudiando, y no tengo intención de salir. Ah, y no queda de más mencionar el hecho de que yo nunca uso bragas blancas. Un día que uso, y las mancho.
Semana de recuperaciones, más la regla... ¡deseadme suerte!