Sobre las cosas que nunca digo.

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 Estoy en una habitación, está oscuro, siento a algunas personas caminar por el pasillo reiteradas veces, a toda hora, y me susurran, a veces, en otras, directamente me gritan cosas. Ayer, por primera vez en un tiempo, me acerqué al filo, a aquel de luz que entra por debajo de la única puerta, y alguien se posó del otro lado como si pudiese verme, se acomodó, les indicó a los otros que lo escuchen, y dijo claramente: Ésta, es, fue y será tu única vida. Se rieron, entre sí, saltaron sin contemplar nada, rompieron cosas, se empujaron, se escuchaban los vidrios y algunos insultos.

 Me levanté, no tengo idea a qué hora, cuando uno vive entre sombras no distingue entre horarios, no hay tiempo, no hay nada, sentía sobre mí una presión inexplicable, corrí las sábanas, imaginé una ventana. De pronto, una luz emergió en el centro, un circulito que se movía constantemente como si lo estuviese soplando el viento, me acerqué, con miedo y asombro, lo toqué con el último centímetro de mi mano, y en aquel instante, lo iluminó todo. Apareciste, de la nada, en medio de un mundo congelado en el tiempo, había cientos de personas, de árboles inmóviles, de bancos, piedras y tierra en aquel patio de colegio, cobraste vida, me miraste de reojo, y de pronto, sin explicación, las caras y miradas de todas aquellas personas (ahora desconocidas, difuminadas) se clavaron sobre mí; aquello debía ser el miedo. Sacudiste tus manos, te limpiaste el pantalón, bajaste del banco, me pediste que me siente en la parte superior (de esta forma quedábamos de frente, vos parada, yo sentado en el reposo que me dejaba justo a tu altura). Llevaste tus manos delicadamente a mis mejillas, te acercaste, me clavaste la mirada, fuiste reduciendo aquella distancia poco a poco hasta que sentí tus labios apoyarse sobre los míos, y desde ahí, sin despegarte me dijiste: Me arrepentí toda mi vida de haber vivido este momento.

 Un jadeo, cansado, insostenible, me devolvió a la habitación como si hubiese caído del cielo. Algo herido, seguramente manchado de una sangre que no me era visible, comencé a levantarme, me apoyé en algo que debía ser una mesa, me senté, comí algo lentamente.

 Un viaje, último asiento, una mujer me clavaba los ojos; y yo, me clavaba al suelo, pensé, casi olvidándome, qué haría una persona ante eso. Pero yo me dediqué a pensar, y vos te bajaste en la próxima parada. Volví a la mesa, alguien golpeaba la puerta, volví a sentarme por delante, volvió a pedir silencio, volvió a hablar. Me preguntó, sencillamente, qué era para mí el futuro, le dije, sin pensarlo, que no lo sabía. Volvieron a reír, a correr, a burlarse, a romper todo. Volví a sangrar, a llorar, a presionarme la cabeza pidiendo nuevamente por su silencio. No pasó nada, volví a acostarme, volví a mis sueños.

 Cuando soñaba, ¿qué es lo lógico que debía soñar un preso?, siempre creí que era algo relacionado a la libertad, hasta que yo, yo soñé otras jaulas. Una mujer hermosa, preciosa, indescriptible, impredecible <<lógicamente soñada>>, entraba por una ventana después de haberla construido, pero no traía paraísos, no, ella me traía una carta bajó un vestido ensangrentado que podía ver por la luna que espiaba metiendo una puntita por aquella abertura, yo me le acerqué, y en aquellos pasares siempre sacaba la cabeza, aspiraba un aire que no llenaba los pulmones, me daba vuelta y recién ahí empezaba. Una carta, una invitación, a su propio funeral. Me besó violentamente y yo caí del cielo otra vez hasta mi cama. Las paredes, de concreto, las ventanas no existían, la puerta sólo dejaba pasar un hilo de luz. Y a qué me dedicaba acá, quizás alguien se lo pregunta, me dedicaba a ordenar los tiempos en la medida en que fueron desperdiciados, los más desperdiciados primero, los menos, algo más atrás. Y aquellos, los más lejanos, los cuales no clasificaban, se me iban borrando día a día, poniendo en cuestión, si habían existido, si habían sido tiempo...

 La reducción de los espacios, había días en los que la habitación crecía o se estiraba, había días en donde el silencio hacía ruido y otros en los que estaba callado, pero visitas, visitas no había por más que la sala se hubiese preparado para recibir a un centenar de espectadores; una mañana me levanté, supe que era mañana a causa de la sorpresa, y sobre lo que debía ser la mesa de siempre alguien dejó un reloj. Uno que, no callaba, y desde aquel día en adelante el orden de mis tiempos inservibles no tuvo más sentido, lo único que pasaba, difícil de explicar, pero era el tiempo; y a éste mientras pasa, no le cabe orden alguno.

 Lo predeterminado en las ilusiones, aquella mujer que había llegado con la carta no había sido la única en mi vida, solían llegar, todas y cada una de las que había conocido en distinto orden, a veces, casi en un esfuerzo de creatividad venía alguna que era una representación de varias de ellas, en una sola, increíble. Pero siempre, siempre un defasaje en el tiempo se interponía, el tiempo, siempre el tiempo. Y cuando las miraba, comprendía algo que no supe explicarle a los de afuera, casualmente, porque lo contemplaba entre mi fantasías, y aquellas mujeres se esfumaban en algún punto de la vida, podía verlo, incluso teniéndolas delante de mis ojos. Algunas se iban insultándome, otras, me engañaban, había algunas gritando, otras lloraban; pero siempre, todas y cada una de las veces en que sucedía, las que más me generaban dolor, eran las que se iban sin decir nada, sin determinar siquiera cuando se fueron en algún tiempo que todavía no existía, sin causa, con un enorme efecto.

 Sin más, esto era la vida, para mí, Sofía. Hasta que llegaste, ahora vos te apoyaste del otro lado de la puerta, y te quedaste cientos y cientos de noches jurándome que estaba abierta, recuerdo, que intentabas convencerme, y no te cansaste jamás, hasta aquel día, en el que tuve el valor para girar el picaporte. Y te vi, vos eras todo lo que había tras la ventana, todo lo que pude imaginar tras la puerta, todo el color que no tenía la pieza, ni la cama, ni la mesa.

 Lo más increíble, fue saber que vos realmente siempre estuviste, estabas e ibas a estar ahí, incluso, cuando en medio de estas reflexiones, yo seguía cayendo y despertando violentamente en medio de mi cama; pero ahora, quien estaba al otro lado de la puerta, indiscutiblemente, eras vos.

Para SofíaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora