De un incendio a un fogón.

20 5 0
                                        

 Desatamos un incendio sin saber apagarlo, y hoy, estábamos tocando la guitarra alrededor de un fogón.

 Se escuchaba el arder de las chispas mientras Sofía rasgaba la guitarra, era una noche nublada en medio del campo lejos de nuestras ciudades habituales, algo de frío, casi no existía el viento. Cuando de pronto, se calló repentinamente, me miró a los ojos y se dispuso a hablar en medio del profundo silencio que rodeaba a aquellas chispas; una sucesión de chispas y silencios, silencios, maderas y chispas, Sofía, una guitarra ahora muda, y una historia que le nació de alguna parte de su ser. Por primera vez, habíamos invertido los roles.

– Alguna vez un hombre tuvo hambre y se procuró inventar la comida; no inventarla, perdón, sería un desacuerdo brutal con la naturaleza misma, bueno en realidad sí, no es que pueda llegar a inventarse simplemente, pero de algún modo, la inventó. ¿Cómo es que hoy tenemos en la mesa una panera con distintos tipos de panes? Si no existe árbol que produzca pan alguno; el trigo, un proceso, una ambición. Y de pronto, con la insistencia del hombre nacieron los panes y las masas, pero, de pronto existió también una gran necesidad en aquello que algún día iba a ser una nación. Si hoy queremos panes, cómo no iban a quererlos aquellos que lo estaban probando por primera vez, y entonces, la demanda. El cultivo, el proceso, labrar la tierra, sembrar el trigo, regar, probar, insistir, luego los procesos posteriores a base de maquinaria insuficiente, de mano de obra humana, y los mejores panes que la humanidad pudo haber conocido. Al poco tiempo, ya no daban a basto. Pero un hombre de la aldea quiso superar sus límites, y ahí, justo ahí, sitúo por primera vez al fuego. Se levantó una mañana de otoño en donde los pastizales se encontraban secos, y con algo de esfuerzo y unas piedras, comenzó a despejar el campo.

– Deseaba desembocadamente intervenir en la historia de Sofía, mi boca se abría, lo intentaba, pero algo desde muy dentro mío terminaba por cerrarla en un placer inigualable, de pronto, dejé de consultarme el para qué servía la vida y volví a cerrar los ojos para escucharla como si realmente fuese la primera vez.

– El humano insaciable, che, ¿cómo paramos el fuego? Y aquel hombre intentó con algo de agua, de arena, haciendo viento con unos telares denotando la falta de ideas. Cuánta inocencia en aquel hombre y sus deseos, cuán poco imaginaba el hombre que en este futuro donde yo vivo los incendios siguen siendo caprichosos. Lo único cierto fue un bosque quemado, un incendio sin control, y una aldea que no podía ya aceptar dentro al ambicioso panadero.

 La aldea pasó hambre por un tiempo, aquel quemar no sólo despejó el campo, también arrasó cultivos, valles enteros y casas, trajo un humo espeso que volvió gran parte de aquel particular mundo irrespirable. Y el caos, el desconcierto, cuando un hábito se ve irrumpido de forma tan abrupta se descontrola todo a su alrededor, la aldea alguna vez perfecta no soñó más con los panes, no quiso realzar las casas, y se acostumbró a un aire ya no tan puro. ¿En medio del desequilibrio es decente volver a habituarse? Y aquella aldea, me estaba diciendo que era el único camino.

 Una señora, amiga de la infancia del panadero, salió aquella tarde en la que aquel hombre se iba de casa, se sentó a mirarlo desde una esquina. Desde que aquel hombre se levantó hasta que abandonó por completo lo que supo toda la vida ser su casa, aquella mirada estuvo acusando una culpa, una devolución melancólica, aquel hombre se iba, aquella vieja miraba. Pero justo en la entrada, en donde iniciaba aquel confín del mundo, el hombre escuchó un susurro. Se dio vuelta y la vieja dijo: "Es preferible tener mil bosques quemados, a una aldea sin ambiciones; cuando estés solo y lejos de casa, tomate un respiro y recordá, que los bosques renacen del suelo por más que tarden mil años." Casualmente la vieja tuvo razón, y fue algún lustro después que la aldea rebozaba de panes, masas y otras delicias, que los campos renacieron en mucho menos tiempo de lo pensado y las nubes y polvo se fueron borrando casi sin dejar huellas, por lo menos, no de las visibles; y aquel panadero, aquel apareció colgado de un árbol.

 Quisiera tenerlo hoy acá con nosotros, y que vea, un incendio delimitado entre todas estas piedras y ramas, quisiera decirle que los incendios son caprichosos, pero que de alguna forma terminamos por controlarlos; y por suerte, por alguna inexplicable razón, con la ambición no pasa lo mismo. Pero hay otro punto también, la percepción. Aquel hombre conoció únicamente un fuego descontrolado, desbocado e interminable. Y acaso qué mierda es el fuego terminaría por preguntarme, probablemente si no lo hubiésemos controlado ni siquiera sabría de él, o quizás peor aún, no dudaría en temerle a cada instante.

¿Estaba predestinado que para que el fuego no me mate tuvo que terminar con otras vidas? Sin incendio no hay control, sin control no hubiese habido fogones, y quizás habría todavía valles y aldeas donde imaginasen formas de utilizarlo, o algún que otro mecanismo donde cocinar el pan que un pequeño horno de leña.

¿Un pequeño horno de leña?

 Y ahí estuvo siempre el punto clave para toda la comprensión, el horno de leña era ya un fuego controlado, ¿entonces que fue lo que sucedió? El hombre sucedió, el hombre y un poco también de la vida.

 Aquella tarde existió algo tan particular como la historia en sí, aquella misma tarde entendí por qué le escribía tantas cosas a Sofía, ya que claramente, Sofía no las necesitaba. Y me quedé en medio de aquellas chispas y silencios, aquellos vacíos y pensares revolviendo entre posibles causas que desembocaban en mi fuego algo extinto y dolido, Sofía, no las necesitaba.

 Tengo que admitir que estuve muy cerca de rendirme, justo acá, en la vigésima sexta historia que retraté para contarle, y si no fuese que al cabo de un tiempo, de nuevamente haber dejado su guitarra y finalizado su historia, si no fuese porque vino a sentarse a mi lado justo en aquel confín de mi mundo que comenzaba a desmoronarse, este pequeño retrato de su obra hubiese sido el último de la mía. Pero Sofía, a pesar de no precisar mis historias, Sofía guardaba algo más. Y en aquel abismo se apegó a mi lado y dijo:

– Necesito escuchar ahora otra de las tuyas. – me miró entre sonrisas de ensueño que me costaba admirar en ese estado.

 Y por dentro supe que me mentía, que Sofía no las necesitaba y que jamás las había precisado. Bajé mi cabeza, me ahogué ahora en mi propio silencio, y de pronto, como un incendio brotándome desde adentro alcé la vista para mirarla, y la hundí nuevamente entre mis brazos.

 Era cierto que Sofía jamás preciso de mis historias, como también lo era, que estuvo todas y cada una de las veces total y hermosamente dispuesta a escucharlas. Y ahora me ahogué en una inexplicable melancolía y un amor sin freno. La abracé nuevamente y comencé a relatarle.

– Ésta se llama: "Sobre tres formas del sufrimiento...."

– Para Sofía. – dijo en aquel instante.

– Para Sofía. – terminé por comentar.

Para SofíaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora