Era su letra, la que toda la vida había resaltado. Un papelito, de no más de diez, o quince centímetros, era ella, ella en verdad (suspiró bruscamente).
"Equipotencialidad", decía. Con aquella sutil manera de condecorar a las letras "A", de acomodar a la "C", y casi denigrar a la "N". Pero no estaba, de alguna forma, Sofía, no había llegado. En la ansiedad, en la casi falsa ilusión de verla entrar por una ventana, mi amigo continuó dando vueltas y vueltas en aquel almacén hasta que la noche y la luna, escurriéndose por entre las maderas, se adueñaron de todo. ¿En qué había fallado?, se preguntó, ¿por qué nunca llegó?
Una mano lo tomó por detrás, sutilmente, él sintió un escalofrío, luego volteó, y como si recién amaneciera ella se presentó ante sus ojos. Una sonrisa, delicadamente acotada, una sonrisa que entre los límites que la misma tenía denotaba todo lo que hubiese querido decir (que nunca dijo). La madera crujía, albergándolos en un esfuerzo digno de admiración para no dejarlos caer al agua, ni al agua ni a aquella barcaza que les pasaba justo por debajo, casi al mismo tiempo en el que él la abrazaba, la abrazaba y le susurraba eternidades para calmarla, para que se olvidé de miedos sinsentidos como perder un trabajo, un amor, o alguna muerte...
Una gota cayó justo en su nariz, había comenzado a llover, la ventana seguía abierta y Sofía no aparecía. Comenzó a preguntarse, ¿cuándo la había visto por última vez? Había sido, seguramente, en aquel café de Alvear donde solían desperdiciar sus vidas hablando de cuántas calorías tendría un pan de canela, o cuánto cambiaba una persona al dejar de azucarar un café. Si sólo pudiese haber cambiado las cosas, se dijo, si sólo pudiese haber elegido otro rumbo, insistió. Debía contarle a Sofía, que hoy sería, probablemente, su última noche en libertad, y quizás también, la última noche que ella disfrutaría con él sin juzgarlo, por lo menos en esta vida, por lo menos en esta tierra.. Volvió a cerrar los ojos, volvió a hundirse en la esperanza.
Hay un efecto secundario, le dijo el viejo, hay un efecto secundario incluso más efectivo y poderoso que el principal, insistió; pero lo único que preocupaba a mi querido amigo, era librarse del caos, volver a la paz, dejar en el camino todos esos errores que hoy le pisaban los talones. El viejo dejó aquel encendedor en sus manos, lo miró a los ojos, y dijo: "Lo siento, lo siento mucho por vos"....
Volvió a despertarse, volvió a pararse, miró nuevamente la ventana y comenzó a temer realmente por Sofía. Él se había entregado, se había hecho cargo de la muerte, de aquel disparo, de aquel error; y ella, ella no lo sabía. Por un momento pensó, si esto, ¿no era morir también? Si Sofía hubiese muerto, o incluso él, ¿qué pasaría cada miércoles por la tarde en la mesa cuarta de aquel café en Alvear?, ¿se encontraría vacía? ¿Medio llena? ¿Decidirían retirarla del servicio en nuestro honor? Daba igual las probabilidades, habría una mesa distinta, una mesa dolida, una historia ausente. Y con él preso, ¿acaso no sería lo mismo? ¿Sofía visitaría aquella mesa de nuevo? ¿La abandonaría, iría sola, o incluso podría volver acompañada? Mi amigo había pedido un último deseo a aquellos tipos, que lo dejen despedirse, que lo dejen verla, y entonces, sólo entonces, no opondría resistencia alguna. Faltaban seis horas para que vuelvan por él, y ella, no aparecía.
Cargó el arma, apuntó entre sus ojos, disparó sin piedad. Mi amigo actuó decididamente, con cordura, habló con elocuencia y dijo aquellas aberrantes palabras que fueron tan o más crueles que el acto en sí; tocó su bolsillo, todavía estaba aquel encendedor que le había dado el viejo, "cura cualquier cosa utilizando un principio simple, es equipotencial, va a reemplazar el mismo funcionamiento del universo", resonó en su cabeza aquella voz. Pero mi amigo estuvo decidido, su trabajo había terminado, y tan sólo le quedaba una despedida.
De pequeño, en el patio de su casa jugando con su hermana; tuvo que tomar una gran decisión, ¿debía cubrirla o acusarla por haber roto aquella estatua? Y mi fiel amigo la cubrió, incluso sabiendo la paliza que le esperaba, los moretones, la nariz hinchada y llena de sangre por haber roto el objeto más valioso del museo, por haber dejado a su tío sin trabajo, por no haberle dado el ejemplo a su hermana.
Volvió a aparecerse el almacén, miró el reloj, faltaban cuatro horas. Tocó algo en su bolsillo que le molestaba, seguía teniendo el arma, ya no tenía balas (quitó el cargador para corroborarlo), no tenía balas, ya no. Una lágrima cayó por su mejilla, miró nuevamente al cielo, buscó el encendedor, quería ver el regalo del viejo por última vez, revisó sus bolsillos, su mochila, su chaqueta, pero raramente, aquel pedazo de chatarra no se encontraba. Y Sofía, tampoco.
"¿Qué puedo llegar a perder?", le preguntó al viejo en su cabeza mientras desenfundaba el arma, "lo que más quieras en el mundo", le respondió mientras su tío comenzaba a pegarle. Dirigió el cañón a la mujer, "lo que más quieras en el mundo", volvió a escuchar, su nariz comenzaba a quebrarse. Disparó, tomó el encendedor, cayó al piso inconsciente. "Lo que más quieras en el mundo"; "no me mates, por favor, tengo dos hijas"; "no servís para nada, sos insignificante, no sos más que mierda". El disparo; la mujer muerta; un niño destrozado en el piso.
Faltaba una hora, y Sofía nunca llegó. Pensó que ya no tendría tiempo en justificarse, en explicar su vida pasada, en decir que había llegado por inconsciencia, por una infancia de mierda, por una sociedad que le dio la espalda. Y sólo quiso protegerla, entonces exclamó.
- "Sofía, me gustaría gastar las últimas palabras en amarte, en decirte que me hice cargo de mis errores, que ya no tendría chance de volver a cometerlos."
(45 minutos) Y pediría perdón, por supuesto que él lo haría, pero pedir perdón no tendría efecto ante semejante conflicto, pedir perdón no lo alejaría de aquel viejo, no evitaría la muerte, no arreglaría aquella estatua. 30 minutos. Y si pudiese ahora no haberte conocido, pensó, quizás hubiese sido mejor dejarte pasar, no hacerte partícipe de todo esto. 15 minutos. Te amo con locura, gritó, te amo más que a nada en el mundo, Sofía. Y justo en aquel instante, se hicieron las seis de la mañana, nadie llegó al almacén, nadie lo había encontrado, no había pasado absolutamente nada. Creyó, ingenuamente, que tan sólo se habían demorado. Decidió dormirse. Esperar su juicio final en armonía.
Se levantó con el calor del mediodía, se dispuso a salir, buscó su revólver por todos lados, ya no se encontraba. Buscó la mochila, estaba vacía, miró la ventana, seguía cerrada. Se desesperó, intentó salir, la puerta seguía sellada desde adentro, nadie habría podido entrar por otro lugar que no fuese aquella ventana por donde nadie había llegado. Avanzó algunos pasos sin comprender nada, sintió un crujido, miró bajo su zapato. Un encendedor roto, utilizado, ya sin resina, y ahora, partido en dos. Su cara de asombro, de no comprensión, miró nuevamente al piso, otra vez aquel papel que había encontrado la noche anterior, lo tomó con cuidado, algo embarrado, algo maltrecho. Era su letra, la que toda la vida había resaltado. Un papelito, de no más de diez, o quince centímetros, era ella, ella en verdad. "Estás perdonado, no digas nada."
Se le cayó de la mano y se desintegró en aquel instante (junto con la estatua, con la muerte, con los errores, y con Sofía).
*La Equipotencialidad es una característica de los sistemas que permite a sus elementos asumir las funciones de las partes extintas. Asociada a la frase "el pasado no existe, y el futuro es incierto", define que un mismo comienzo puede llevar a resultados diferentes, que al extinguirse un componente, otro puede tomar su lugar.*
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Para Sofía
Poésie¿Quién era Sofía? Esta pregunta costaba responderla, resumir a Sofía a unas pocas líneas sería limitarla tanto; y si tuviese que plasmarla por completo no podría terminar por algunos años, y sería una pérdida de tiempo, Sofía en los años en los que...
