Después de ver un mensaje en su teléfono, empezó a relatarle a Sofía.
De pronto, como si nada, vas a notar (vos sola, aclaró) que sus manos se mueven en un orden diferente, ya no tambalean ansiosas, se quedan quietas, apegadas, como quejándose de algo. Mirá cómo baja la vista, busca algo perdido, algo ausente. Se acomoda el pelo, un indicio, habla despacio, otro; escribe de forma entrecortada, toma sus pausas (vive más conscientemente sus tiempos). El idioma es una gran carencia, So (cúan emotivo para aquella boca era no decirle Sofía), cuando quieras comunicarte profundamente vas a precisar algo más que las palabras o acciones que emitas, pero aquello no es tuyo, aquello es el receptor. Sólo quiero que sepas, todos nos volvemos receptores en algún instante. Emisor, mensaje, receptor; la cadena corta que fuiste aprendiendo con el tiempo, el diario, la radio, internet. Pero qué pasa cuando necesitamos que nos interpreten, cuando ya no podemos decir. Cientos de veces me susurraste cosas que tuve que descifrar, y me cuesta, a veces me cuesta entenderte.
Luego, llamó al silencio y se quedó cabizbajo frente a ella que al otro lado de la mesa esperaba el comienzo de algo, probablemente, de una historia; y en ese preciso momento se llamó a la cadena (pequeña receptora de su corazón).
Me acuerdo que cuando los observé en aquel momento sentí en el aire un ambiente melancólico entre aquellos dos como nunca había sentido. Sofía jugó con su pelo, él intentaba explicarle (sabiendo al intento como querer vencerse, sabiendo al intento como insistencia, intento como afrontar al dolor), buscaba congregar en algún punto de sus capacidades algo que pudiese acercar a Sofía para mostrarle lo que en realidad estaba queriendo decir (la ausencia del decir dice muchas cosas entre dos que mueren por decirse). Pediré perdón por mi atrevimiento, pero tuve que intervenir un poco, nuevamente me adueñé de la vida y me dispuse a contarte, Sofía, pero esta vez, sobre él.
Hice caer un diario de la biblioteca, Sofía se asustó un poco, giró rápidamente y cuando vio aquel diario desparramado se acercó lentamente. Él, ni siquiera lo había escuchado.
La mano Sofía y su firmeza, sus dedos preciosos, y dentro de aquel diario dejé mi intervención.
- Sobre la incomprensión (curiosamente, no decía para Sofía, pero ella, se dispuso a leerlo sin siquiera dudarlo).
Tambalea, entre la certeza y mis sueños, a veces me llama, me habla con aquella voz tan diferente. Su voz papel, cuando la leo, su voz distorsión, cuando la escucho, su voz real, cuando la vivo. Se acerca corcoveando como un perro a su dueño, me ilusiona, hace que me crea lo suficientemente cercano en su vida. Pero en un suspiro, en lo que yo cierro los ojos para llegar al parpadeo, se retira bruscamente.
La mano ella; determinada por un tacto tibio, suave, tacto gravedad (te ata al suelo).
La mano anti-ella; una mano que mira de lejos, que no tiene temperatura (o que jamás pude medirla), tacto incierto, tacto magnetismo entre polos iguales (me genera carencia en todo lo que yo hago, me repele, me repelo).
De pronto, aquel papel se fue de la mano de Sofía tan violentamente como aquella mano se iba de su vida.
- Perdoname, pero no quiero que lo leas. - Dijo con el papel que ahora habitaba en su mano.
- Perdón. - Dijo Sofía tenuemente.
La melancolía me había apresado, algo se sentía flotando y él terminó por no emitir palabra alguna. Se alejó, con aquel papel en la mano, con una historia (porque no sería más que eso en aquel pasaje donde estaba ausente de sí) que alguna vez había pensando en dedicarle. Las historias a Sofía tardaban meses en lograrse, lo había visto escribir reiteradas veces en cientos y cientos de papeles a cada día que pasaba, días, meses, años; pero desde hace unas cuantas semanas, él no tenía nada más que contar, o eso, fue lo que utilizó de excusa.
Sobre la comprensión, Sofía, y ahora más que nunca, al principio le había creído aquella mentira, me había desencantado en aquella confesión de un alma vacía, de un alma que a su fin se había contentado, una que supo decirte, todo lo que alguna vez quiso o pensó que habías precisado. Sobre la comprensión, Sofía (pero esta vez, la hizo para nosotros, para vos, para mí también), aquellas manos tenían trilogías para escribirte, pero alguien, alguien te había reclamado. Y yo te miraba y te susurraba estas cosas desde algún lado, desde la almohada que habías apretado en tu cintura, desde los libros apilados, y te susurraba, sin cesar, para que veas más allá de las cosas; el tren estaba llegando, pero aquella, no era la estación.
- Vení, So. - te dijo casi sin que puedas escucharlo. Y vos te levantaste, dejando el almohadón de lado y te arrodillaste justo por delante de sus piernas. Soñabas escucharla, soñabas entenderla, porque más que escucharlas te gustaba entender lo que estabas viviendo, mientras él, esperó que te acomodes.
- Quiere que vuelvas - dijo -, y no supo agregar nada más.
Sofía se levantó, Sofía se fue, Sofía lloró y se refugió en algún recóndito lugar del patio. Y él se perdió en la carencia de él mismo, (en la inacción, en el no correr detrás de ella) que fue incluso más recóndito que el refugio de Sofía.
Se entrecortó el aire, el sueño, se despertó transpirado, irritado, con frío y decadencia. Se destapó rápidamente y corrió hasta la cama de al lado. Sofía dormida profundamente, respiró algo más tranquilo, secó su frente, volvió a recostarse. Sobre la comprensión, pensó, a diferencia que ahora, quien debía comprenderse era él mismo, no debía hacerlo nadie más.
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Para Sofía
Poetry¿Quién era Sofía? Esta pregunta costaba responderla, resumir a Sofía a unas pocas líneas sería limitarla tanto; y si tuviese que plasmarla por completo no podría terminar por algunos años, y sería una pérdida de tiempo, Sofía en los años en los que...
