Nunca supe si fue un delirio de calores, la tarde en la que lo conocí. Yo vivía entre realidades y fantasías pero jamás me definía en entender una por completo; hasta que apareció. Y los médanos irradiaban hartos de fuego, la arena se desplazaba siempre nómade y sedentaria a la vez, siempre estando y a la vez yéndose como todos nosotros en esta vida, por eso me sentí en calma. Repito que no sé si fue un delirio de calores, pero aquella tarde un genio se presentó. Y a pesar de sentirme un poco agolpado y sorprendido quiero contarles sobre la atípica experiencia, en la cual, el genio era exactamente como yo, aunque unos cuantos años más joven. De cabello corto, sin barba, una versión mía en niño que inesperadamente me ofrecía un deseo.
Hay reglas, siempre las hay. Dijo, hay reglas y son muy claras, no importa quién soy ni cómo llegué, no me interesa quién sos ni cómo llegaste, no puedo cumplir deseos tangibles, no te puedo llevar a lo material. Y a la vez, no puedo cumplir utopías como volverte feliz en un instante. La cantidad no es problema, el vencimiento tampoco, sólo te pido que no tardes mucho, de noche hace frío.
Supe que no era él cuando terminó su relato, supe que jamás lo había sido, y a su vez, que él jamás llegaría a serme. En primer término, supe que no fui el por las acotaciones reglamentistas; incluso con la inagotable cantidad de bienes que un deseo podría conseguirme, nunca rozaría siquiera la felicidad. Había llegado a un estado de la vida en el cual derramaría mis lágrimas sobre mansiones y autos deportivos, sobre mármoles y obras de arte invaluables. La cantidad era otro problema, la tentativa a la ambición, y la espera como remate final, una forma de apurarme para no entrar en todo esto. Pero si él no fue ni es, ni va a poder ser yo por qué me estaría salvando. Me pasé aquella tarde noche en el ocaso intentando develar todo, llegar a un algo, y entre que lo miraba y me indecidía sólo soñaba con entenderlo, sólo quería irrumpir la regla, sólo quería la prohibición. Y la felicidad se me fue del foco en ese instante, no me detuve en lo material, pero entendí sobre lo indebido.
Cayó la noche y aquel niño con mi aparieciencia volvió a apurarme. Yo sentí una angustia en el pecho, yo sentí morir mi corazón, yo entendí qué debía y no hacer. Y mientras aquellos ojos miraban rompí en llanto.
Quiero el olvido. Comenté. Quiero poder olvidar.
Soltó una pequeña mueca, miró con amor al cielo y esperó a que se apague el día. Luego levantó sus manos, chasqueó sus dedos, y junto con la arena que seguía escurriendo él se esfumó.
Dudé de sus capacidades por algunas horas, dudé de todo, de él, también de mí, ya entendiéndonos diferentes. Y de pronto, algo frenó, la angustia se encarnó en el pecho, llevé mis manos hasta donde cubría mi piel al corazón, un último latido, un punto final. Una gota de sangre que se escurrió por mi labio. Caí de espaldas, la arena nunca se detuvo, me fue envolviendo, me fue besando, me fue agarrando y tapando en su juego.
Y fue ahí, recién ahí por primera vez en aquella primera noche, que ya no tuve frío, que en ese instante entendí, que sí lo había tenido, y que a la vez, jamás volvería a tenerlo; aquel genio me había mentido, y de mi boca, ya no se desprendía la sangre sino más bien la risa; aquel genio había mentido, lo había hecho en verdad.
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Para Sofía
Poesia¿Quién era Sofía? Esta pregunta costaba responderla, resumir a Sofía a unas pocas líneas sería limitarla tanto; y si tuviese que plasmarla por completo no podría terminar por algunos años, y sería una pérdida de tiempo, Sofía en los años en los que...
