El cólera en tiempo de amores - 1

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0.1

 Y esto de obligarme a querer(-te), che, esto de obligarme reiteradas veces a viajar hacia tu estación donde te supe siempre esperando (aunque nunca supe por qué lo hacías).

¿Por qué siempre voy? ¿Por qué siempre me espera? Y me paso de viaje en viaje, de bar en bar, de tarde en noche proyectando mil cosas que Victoria sabe imposibles, que San Isidro me amarga a lluvias entre adoquines y escaleras, que Buenos Aires me pisa con su enormidad y me desarma en un instante. Pero yo sigo viajando, quizás porque verte me recuerda el camino, quizás porque creo que el camino es verte, o quizás, más que nada, porque al final de esa estación en donde te sé paciente veo a Sofía, siempre parada ahí detrás. Siempre oculta donde vos no llegás a verla.

¿Por qué siempre viene? ¿Por qué siempre espero? Y ahora no hablo de mí, terminé por convencerme que ahora te la pasás esperando justo por aquellos lugares donde yo suelo viajar, quizás para desconcertar a Victoria, quizás porque amaste siempre San Isidro, quizás porque Buenos Aires se te vuelve amplia e insegura; o quizás, más que nada, porque al principio de esa estación en donde te sabés espera ves a Sofía, siempre bajando ahí en el vagón que queda a mi espalda. Siempre oculta donde no llego a verla.

 Siempre un paso atrás de mi espalda; siempre uno delante en mi vida.

#

 1.1

 Parecía que Buenos Aires nos definía nuevamente, ahora era su lado, y la plaza bailaba sin banderas, sin apoyo, con odio y dolor ajeno. Nunca vas a ser bandera, nunca vas a ser canción, <pensé>. Y su lado y mi lado de una política demoledora se habían definido claramente. Que podíamos conciliar un pacto en cualquier momento era verdad, pero el pacto no era armonía, y la tensión se adueñaba del aire cada vez que nos mirábamos a los ojos, cada vez que de nuestra boca salía algo que pudiese reflejar aquella idea tan propia en nuestro mundo particular. De tu lado de la grieta los palos golpeaban porque no dolían, nadie merece un palazo desde mi insensata postura, y los palos ahora nos llovían a nosotros implícitamente, y a veces dejábamos de dirigirnos la palabra. Éramos sanos, éramos decentes. 

 Nos habíamos encontrado el día del conflicto cúlmine, aquel que nuestras bocas prevenían sin peso alguno hasta que nos vimos separados por unas dos vallas de hierro blanco, y unas cuantas hileras de policías, y te miré entre todos esos cascos, entre todos esos ojos cubiertos por bandanas, trapos, o escudos; te miré entre los botellazos, entre mi ropa tomada a la fuerza, entre el gas que emergía en el aire y aquella balacera que caía de tu lado de la grieta, de tu lado Argentina, de tu lado impuesto. Y a pesar de la distancia que para este entonces era irreducible, hubiese querido vender todos mis ideales a un preso irrisorio, sólo para que no me estén llevando a la fuerza, sólo para agarrarte mientras caías en medio de la tormenta. Un último disparo, un último gemido, te vi caer sin alma, vi desarmar tu cuerpo. Y mi grito se fue apagando en el vacío de una plaza repleta de un millar de personas, cada una en su lado, intentando tirar al otro a la fuerza. No sé a cuál pude caer, lo único que supe entonces, es que todos habíamos caído hace rato.

1.2

- La puta madre. - dijo -
- ¿Qué pasa che? - se escuchó del otro lado del laboratorio.
- No conectan estas porquerías, la puta madre, siempre lo mismo.
- A ver, dejame revisar.

Y se acercó al centro del salón donde los micro chips y las antenas se desparramaban en una mesa sin razón alguna, y a pesar de los intentos e insistencias de aquel jóven nada era prometedor. Llegó, le dio una palmada de apoyo, le dijo que vaya a buscar un mate, algunos biscochos y un asiento donde pudiese descansar. Él miró a su compañero con agradecimiento, también con algo de ira, pero aquella primera parte pudo más y comenzó a retirarse en búsqueda de la calma.

- Son una porquería, no sé por qué insisten con estas mierdas. Están a cincuenta centímetros y no se encuentran, no hacen una simple conexión, no te pido que me transfieras datos enormes a velocidades desorbitantes. Pido una puta conexión. - siguió indignado.

- Tranquilo che, -dijo el compañero- ya está, mirá -agregó- mientras las luces azules comenzaban a titilar por primera vez en aquella sala.

Volteó rápidamente, se quedó helado en el preciso instante donde llegó a verlas, luego se acercó, las miró detenidamente, las analizó, las computó, las movió, giró y contempló insistiendo en búsqueda de algo que pudiese comprender. A veces es el ángulo de visión, pensó, recordó la escena de una película donde el artista se colgaba cabeza abajo para componer la sinfonía; pero a veces eran las manos, él jamás podría componer una sonata.

-¿Qué hiciste para que arranque?- se dignó a preguntarle.
- La frecuencia, che. Jamás iban a encontrarse si las hacés trabajar en planos distintos.

-se iluminaron sus ojos-

La antena derecha trabajaba en frecuencias altas, la izquierda en bajas. Y a pesar de que otro tipo de éstas podían encontrarse, éste tipo de antenas precisaban un rango único.
-se le iluminaron más-
Lo miró, gracias, le dijo, lo abrazó y ahora él fue quien le dio una palmada a su amigo.

<Trabajar en otras frecuencias, soltó una mueca risueña; era tan simple que no llegaba a los ojos. Y nos veíamos y eramos calma-caos, ni calma, ni caos, la calma-caos era la interferencia, era el sobre giro y la falta de, por eso no podíamos jamás llegar a algo. Y habrá pensado en su locura el compañero mientras lo vio acariciar a las antenas,
yotravezlafecuencia
El estaba acariciando alguna otra cosa, en algún otro plano y aprendió algo más sobre las conexiones, se dio cuenta de tantas cosas que ahora creyó a sus utópicas conexiones algo menos distantes.>

- ¿Cómo va eso? - irrumpió el viejo mientras entraba a la sala donde aquellos dos descansaban, el jóven en mitad de su divague giró en aquel momento, le sonrió en los ojos, agarró el destornillador y se acercó a buscar la carcasa.

- Diez puntos che, diez puntos, jefe. - y comenzó a testear la transferencia.

 

Para SofíaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora