La paradoja del relojero, Sofía.

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 Golpea la puerta en una tarde lluviosa, un hombre encapuchado que se dejó ver entre la pequeña ventana de vidrio que daba al frente de la cabaña; descolocado, incierto y algo temeroso, este curioso viejo no pudo contenerse y se dispuso a abrirle, es entonces, cuando cinematográficamente un relámpago destella por detrás y ennegrece la presencia, la cual, al cabo de aquel detalle se termina contrastando en una cara pálida y ahora algo mojada que no presentaba miedo alguno. En su mano derecha, una caja, en la otra una campera desgarrada de un cuero viejo, vestido de una túnica negra impermeable que terminaba en una capucha que ahora colgaba de sus hombros, un gesto amigable, solicitó pasar, y mi amigo que sólo entendía de relojes no tuvo más remedio que ceder ante lo que la vida le había presentado.

La lluvia caía violentamente, cada tanto el cielo volvía a teñirse, volvía a tronar, pero dentro de aquella cabaña donde el viejo trabajaba se respiraba otro aire, uno muy distinto en el cual el viejo lo estudiaba y el joven incierto se presentaba, tan plácidamente como si ambos se hubiesen conocido de toda la vida.

Al cabo de unos momentos, el joven asiente con la mirada como si le indicase el momento en el cual el viejo debía pausar su interés, para luego, dejarlo fluir más plenamente. Colocó la caja que traía en su mano por sobre el centro de la mesa, tomó una llave de su bolsillo, la incrustó en la cerradura y con los ojos le solicitó al viejo que la abra. Éste, desbordado ya por su pasión, no tuvo cautela alguna y rápidamente giró aquella pequeña llave, la cerradura crujió, la caja se destrabó en un pequeño click que un silencio oportuno dejó escuchar. Se miraron nuevamente, y al instante, las manos blancas e impecables del viejo se acercaron a la madera, antigua y a la vez reluciente, que denotaba en sí un trabajo artesanal muy cuidado. Por dentro, una felpa rojiza resguardaba un pequeño papelito que se acomodaba prolijamente sobre un reloj plateado, una pequeña tarjeta de presentación que hizo saltar de un golpe al viejo. En ella, escrito su nombre como autoría, como si fuese una presentación a un reloj que él hubiese creado. Fue en aquel instante que el viejo relojero sacó de su campera, un reloj idéntico al que el joven había dejado en aquella caja sobre la mesa, a diferencia que, el reloj último que el viejo había sacado de su campera no funcionaba correctamente. El joven agarró la tarjeta, la tiró sobre la mesa, tomó después el reloj de la caja y le dio cuerda, de él se desprendió un plano estelar, una imagen vívida se marcó en el aire armando galaxias y planetas que rotaban de la misma forma que lo hacían los reales, y dentro de aquel espectáculo, ambos dos se miraban ahora de la misma manera e intercambio que al comienzo de mi relato.

El joven apretó un botón, el reloj cerró aquel universo. El viejo agarró el reloj que él había tomado, apretó el mismo botón en la parte superior del artilugio, y una desencajada forma del cosmos sin sentido alguno comenzó a envolverlos violentamente, de pronto se entre mezcló con la tormenta y los relámpagos inundaron aquella cabaña que se ennegrecía y alumbraba entre estrellas que morían, hasta que una de ellas, una de las más lejanas por suerte, colapsó en aquel instante y empujó a ambos dos a cada uno para un lado de la sala. El joven golpeó la puerta, se paró rápidamente, la abrió y echó a correr bajo la lluvia. El viejo volvió a la mesa, tomó el segundo reloj, el de la caja de madera mientras miraba a la lejanía a aquel joven correr, tomó una de sus herramientas y comenzó a desarmarlo, y como una revelación, al quitar la tapa inferior y ver el mecanismo, entendió qué era lo que producía aquel colapso en su prototipo.

No podía arreglarlo en ese instante, incluso le tomaría miles y miles de días, pero aquel joven con su regalo, que era a su vez curiosamente autoría del viejo, le había solucionado un problema que aquel relojero intentaba comprender hacía una docena de años. Miró la tapa superior del reloj que dejó el joven, curiosamente, estaba firmado en una fecha que no había sucedido, ni estaba sucediendo, sino que sucedería, nada menos que doce años después en la misma fecha del año que era aquel día.

Sofía, un relojero había gastado doce años de su vida en crear un reloj maravilloso, llegó un joven con una versión futura de aquel reloj ya completo, era el mismo, no podía confundirse, y aquella versión completa y tan compleja fue la que simplificó tanto las cosas para aquel viejo, que increíblemente doce años después de aquel día, tuvo listo su maravilloso reloj.

Pero lo que yo me pregunto, más importante incluso que las simples preguntas de qué había sucedido, quién sería el joven, o quién sería el viejo; yo terminé por preguntarme quién había construido aquel reloj.

Si el viejo jamás tuvo la visión correcta con el correr del tiempo como para poder armarlo, y a su vez, un joven desconocido le trajo una versión única del mundo en la que el viejo ya lo había terminado, e innegablemente lo había hecho él. Fue entonces que aquel día doce años después, un hombre adulto entró a la tienda, y pagó por aquel reloj, nada menos que ciento cincuenta mil dólares, como si nada, y se lo llevó.

La pregunta pesó más entonces, Sofía, ¿quién construyó y cuándo aquel preciado reloj? Si la revelación le llegó al viejo cuando vio a su reloj terminado, y a razón de aquello, fue que terminó de construir futuramente aquel reloj.

Para SofíaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora