Una historia que nunca cuento, Sofía.

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 En una catástrofe, en un caos irreversible, adentrado en el desierto sobrevivía aquel hombre de cual quiero contarte. Tormentas diarias, días abrasadores, noches en las que se precisaban brazos debido a las bajas temperaturas; la humanidad en un derrape total, en una falta completa de motivos para subsistir. Pero aquel vivía, la pregunta entonces era ¿cómo lo hacía?

 El día de las mil horas: Un despertar sin esperanzas, un río casi seco a cinco kilómetros de distancia, unas precarias casitas bajo las rocas del norte, recorrer el camino mientras se estiraban los músculos entumecidos por la frialdad de aquellos sueños. No se podía evitar aquel rito, las rocas eran la única protección contra el día. Un rito, Sofía, una caminata que habría que repetir incontables veces, porque uno en el desierto, vive más por el agua que por la vida, o eso creen algunos. Hay gente que juega loterías cada día, habrá quien le deposita a aquello su razón de vivir, pero cabe aclarar, Sofía, que aquellas no son más que elecciones. Nada se puede comparar a una caminata desgastante en pleno rezo, una lotería real, podía o no haber agua en el oasis; y a pesar de que solía haber, un arroyo seco significaba una caminata de veintitrés kilómetros hacia el oeste. Y eso era vivir. Con el agua, con el agua para unos veinte que se dedicaban no más que a cuidar agua, a protegerse, a creer que un día el sol no quemaría, que el suelo volvería a nacer. Vivir por una única vida, ése era el motivo por si te preguntabas, diecinueve de aquellos hombres vivían la vida únicamente por saber que aquella era la única asegurada. ¿Y acaso estaba bien? Diecinueve de aquellos hombres lo creían, pero había uno que supo encontrar otro motivo, pero antes, dejame hablarte de otra cosa.

 La noche de la esperanza: Se dice que al hombre en terapia intensiva (a aquel que no está muerto definitivamente, pero sí lo suficiente como para hablar o moverse) uno puede sentársele al lado, sentarse y hablar con él. Nunca supe muy bien si aquello no es más que un consuelo para los que esperan por su regreso, o si realmente, aquello es un motivo certero para que aquel hombre no abandone su lucha. Una conversación sin retorno, una forma de contar sin saber si los mensajes llegan a destino, imaginando, que si llegaran a hacerlo, aquel destino tendría algo más que agua en el desierto. Y aquello, aquella duda, caía cada noche cuando el mundo apagaba la única luz que quedaba en aquel periodo carente de tecnología. Y con la noche, la oscuridad; dejame decirte que la oscuridad, es incluso peor que la noche más helada. El hombre del que te cuento, solía vivir en mansiones, en departamentos lujosos cada vez que viajaba, aquel hombre sabía de heladas más que muchos hombres, pero una helada no es tan helada en la noche como lo es en lo oscuro. Cuando se apagaba la luz, cuando no era certero estar vivo, cuando no se sabía si habría chance de despertar, aquel hombre querido encontró un motivo cuando las estrellas fueron las que se le sentaron al lado; pero no le dijeron nada, Sofía, a veces el mensaje no es más que saber que alguien te está esperando.

 No caminaba por caminar, caminaba única y exclusivamente por una flor, por un curioso tallo con pétalos blancos que se encontraban en la orilla, la lotería no era el agua ni los más de veinte kilómetros, la lotería era que a aquella, no le faltase nada. Cada mañana, cada vez que llegaba y la veía bajo la sombra del árbol muerto, sentía la mano que lo agarraba por las noches, sentía la paz en el calor, la llama en el frío; cada vez que caminaba pensando en el quizás, en si estaría o no la flor, enloquecía poco a poco esforzando su cuerpo a límites impensados, a desgastes incurables, y eso hacen las flores. Cada noche también, pensaba en miles de textos que probablemente le hubiese dedicado si todavía existiesen las lapiceras, en la noche (ahora noche y no en lo oscuro), había escrito mil trilogías a raíz de aquel tallo de diez centímetros; el antes, el tallo en sí, el agujero que quedaría después. Y en cada mañana también, aquellas trilogías, novelas, cuentos y cartas, se esfumaban con los primeros rayos, ¿no te parece un desperdicio increíble de literatura?

 Pero aquel hombre no lo sentía así, aquel hombre había vivido toda su vida de aquella forma; y raramente aquel, podría tranquilamente haberme sido contemporáneo. Hay, habrá, hubo, una historia que nunca contamos, habla también de flores o tallos, habla de caminatas desgastantes entre ciudades o departamentos, habla de jóvenes de adultos y manos, de esperanzas, oscuridades y noches. De música melancólica, de un violín arranca corazones en la estación Acassuso, de novelas, trilogías, cuentos e historias que escribimos una y mil veces en todos aquellos momentos que recordamos que aquella flor existe, existió, y va a existir; sin dejar el lado el masoquismo, hablamos de aquella flor, incluso cuando ya se secó el río, y nos vamos caminando veinte kilómetros pensando encontrarla. Hablamos de la flor entre jardines repletos de ellas, creyendo bien que podríamos diferenciarla, hablamos de las flores en medio del desierto cuando nos golpeamos la cara por andar pensando cómo es que estará, en el centro a las tres de la tarde, cuando nos toca bocina aquel auto y nos insulta por querer cruzar la avenida, sin siquiera, haber visto el color del semáforo. Pero no todos escriben, no Sofía, y muchos duermen tapados hasta el cuello desechando las historias cada mañana cuando el sol entra por la ventana, ¿pero esto no era la civilización? ¿y los que escriben? Me pregunté esto tantas veces, cuando siento la mano, cuando no la siento hace mucho también, ¿dónde quedan las historias para quien se supone que puede contarlas? En el tacho de basura repleto, noté, pero siempre me queda una duda.

 ¿Acaso eso es la mayor expresión del poco valor a uno mismo, o es realmente un motivo para seguir viviendo? ¿Es mérito, o realmente el desierto que generamos en nuestro interior? ¿Sirve o no la flor?

 Y mi consuelo, ahora sí hablando de consuelos, es haber encontrado una flor entre tantos que cuidan agua, y seguir creyendo, que quizás, en algún otro río me está esperando.

Para SofíaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora