Es la trinchera, es el refugio, es donde ella puede saltar y corretear los parques sin siquiera reposarse momentáneamente en los peligros; el hábitat de ella, son nuestros sueños, son aquellos vaivenes nuestros de entre noches dolidas inadmisibles, inadmitibles, in proponiéndose antes qu-el admitir; noches que nos unen en un recuerdo fantasía donde ella nos baila y nos brinda aquella falta del temer. Y lo que somos, fuimos o seremos no habita, allá no se conoce el tiempo, en este tipo de refugio sólo se guarda la entrega, la incondición nuestra a sernos siempre fieles allá donde se cierran los ojos.
Una trinchera precisa guerras, precisa un caos al cual responder, una trinchera necesita bombardeos y ella también los precisaba, es por eso que nuestro desistir era evidente e inevitable. Llamo ella a la esencia, a lo que nosotros fuimos tácitamente al existir, a lo que éramos del otro lado de las charlas, de los conflictos, a lo que éramos rodeándonos y sabiendo aquellos pasares únicos en la existencia. Llamo Sofía a la cura, y a la trinchera su hábitat; a la trinchera su ser, su esencia, y sino qué era aquello que nos desplazaba del mundo entre semana, entre mundo, entre vida, qué era eso sino un agujero entre balaceras y vinos picados.
El anonimato, entrar al hábitat no tiene huella, no tiene pasaportes o visas, entrar al hábitat tiene únicamente carácter de salvación, es por eso que se nos es tan recurrente, es por eso que nos sentimos cómodos en aquel pozo en el que nos sabemos invisibles, e irónicamente acompañados, templados en la temperatura y el pulso justos, adecuados, como si el pozo nos uniese y a la vez levantase paredes cada vez más altas entre nosotros, cada vez más altas y a la vez carentes de aquello que se precisaba para alejarnos, para desentendernos.
La eternidad, podremos, iremos, viajaremos incansablemente a este punto, a éste en el cual nos hallaremos en lo oculto, en las sombras, una vez creado un hábitat como el de Sofía se vuelve imborrable, inolvidable, y a su vez, proporcionalmente doloroso, una seguridad que nos mata, que nos abruma y destroza cuando nos cuesta encontrarla, cuando la vemos a medias, dolida y recurriendo todo el tiempo hasta ella misma con el único fin de querernos; ser el centro del hábitat es inmensamente denso, pesado y tenebroso, la prosa Sofía cura y desgarra, arranca y sutura a la vez en una sanación demencial.
La demencia necesaria, el hábitat poesía cuesta vida, cuesta tiempo, cuesta arrancadas de noches y corazones, cuesta juramentos y apuestas insensatas, cuesta arriesgos y dolores predecibles, cuesta abandonar la cordura. Cualquier cuerdo no querrá refugio, querrá vida, por eso destrozamos lo convencional, volviendo así nuestra convención un apartado del universo, un lugar intransferible e inalcanzable, un lugar especial que sólo posee tres habitantes, y que dos, dejaron de ir hace un tiempo. Porque vos no quisiste jamás estar dentro, yo no quise jamás admitir que te incluía, y Sofía, nosotros siendo nosotros, es el único recuerdo, el único plano conocido de esta peculiar región.
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Para Sofía
Poesia¿Quién era Sofía? Esta pregunta costaba responderla, resumir a Sofía a unas pocas líneas sería limitarla tanto; y si tuviese que plasmarla por completo no podría terminar por algunos años, y sería una pérdida de tiempo, Sofía en los años en los que...
