Tenía frío, algo de hambre, y la suficiente irritación como para resignar nuevamente mi existencia al teléfono celular que tenía ya en mi mano. Había entrado la bicicleta, la había apoyado sutilmente en el cuartito anterior al living y me dirigía a paso lento en dirección de la cocina, cuando en ese preciso instante el timbre de la puerta principal irrumpió mi caminata. Era muy temprano para recibir visitas, el clima no era agradable, las condiciones habían resumido aquel sonar a una extraña casualidad o a un acontecimiento fuera de lo común, y ahí, del otro lado de la rendija por la cual asomé mi cabeza, emergió un hombre pelado con ojos azules, que sin saberlo, estaba ahí para cambiar mi vida (por lo menos, por un instante, como una cachetada repentina en el momento exacto). Me acerqué, lo miré, no lo reconocí. Se presentó y dijo ser un vecino, lo único que precisaba era hablar con la dueña de la casa que en aquel preciso instante se encontraba en el baño; y ahí denoto el primer algo, algo se me acercó al oído y me dijo que lo haga pasar a la casa, que no desconfíe, él por algo estaba ahí. Y a pesar de no ser recomendable dejar entrar a desconocidos al living de una casa, me encontré unos segundos más tarde parado a su lado mirando algo en sus ojos mientras el hombre esperaba un poco por delante del sillón. Y los ojos siempre dicen cosas, aquellos decían, no preguntes nada, escuchá por favor. Aquella mañana la dueña salió del baño, le informé que tenía una visita, casi no lo reconoció (pero aquellos ojos también me decían que no debía temerle, no tenía que dudar de aquel señor).
- Soy Augusto, dijo, el vecino de acá al lado.
Y aquella fue la presentación, de pronto bajé mi cabeza y supe desintegrarme en aquel medio entre dos que precisaban hablar del todo, en frente de mi nada, de mi irritación por un pelo indomable lleno de rulos, por un golpe en mi rodilla, por una mala nota en inglés. Aquellos dos se miraron en la compresión de la ausencia, en la falta parcial y casi total de una vida que arrasó sin pisar el freno. Augusto no había hablado demasiado, pero denoto acá con suficiencia algunas frases de lo que dijo, "estuve cinco meses en el psiquiatra, mi hijo se suicidó, ¿lo sabías no?" (miraba a la dueña de la casa que recibía la información con la carga de la suya, entre dos que conocieron la nada más pura podían comunicarse tan crudamente, pero yo no supe jamás de qué trataban todas esas cosas, y el dolor y la frialdad de aquellas palabras comenzaron a recaer en mis brazos como recostándose dulcemente).
- Sí, lo sabía. - comentó (y yo sabía lo qué había del otro lado del charco, ahora habiendo escuchado a Augusto comprendí por qué precisó haber cruzado la medianera, por qué abandonó por un rato a su perro y vino hasta acá en una mañana tan fría de invierno, también comprendí, que a Augusto no le preocupaba para nada el invierno, incluso antes de haberme enterado que era oriundo de la Patagonia Argentina)
- Tenés que intentar olvidar eso - agregó aquella dueña (y cómo olvidar aquello que se nos fue en aquella porción ya inexistente de vida, el olvido no es solución, sería incluso el total homicidio del resto de la existencia, pero yo no sabía eso, yo seguía sintiendo a aquellos dos (por ahora uno) que hablaban entre tinieblas)
- No, no tengo que olvidarlo, tengo que recordar todo lo que vivió, ¿sabés una cosa? Vivió poco, pero era un pibe feliz, lo poco que duró, fue feliz (justo cuando aquel último trazo de la felicidad retratada se escurría por aquellos labios algo viejos mi mano recorrió un camino muy corto hasta mi pelo, e intentó, casi contra la moralidad, acomodarlo prolijamente hacia un costado, en un periodo que inició en la inocencia y termino en una vergüenza estremecedora)
- Y tu marido - mencionó Augusto -, ¿hace cuánto fue?
- En diciembre, el Cáncer lo agarró y lo internamos al poco tiempo.
- Era un hombre audaz, es decir, hablábamos varias veces y no tenía ningún problema. ¿Cuántos años tenía? - Iba a cumplir ochenta y cinco (y la frase pausó mi mundo, qué sería el infierno, pensé, luego continuó cruelmente mientras yo me deshacía), con sesenta y un años de casados.
Unos días atrás había escuchado una noticia, que situaba a La Vía Láctea, nuestra galaxia, en un posible extremo casi cayendo lentamente en medio del vacío. Las galaxias se acumulan juntas unas y otras formando estructuras más grandes, como son los cúmulos, y nosotros, de pronto pasamos posiblemente a ser una minúscula porción de alguno de ellos en el límite de un vacío terminable en algún punto del universo. Y eso, de alguna forma, hizo que me sintiera más solo de lo que me había sentido toda mi vida. Y me imaginé, lentamente sentado en aquella última porción de aquel algo por sobre ese límite exacto, mirando hacia la nada, hacia una nada tan eterna como la pérdida de una porción de vida a manos del destino. ¿Qué hacer, para dónde ir? De pronto, en medio de la charla de aquellos dos, en medio de aquel vacío en un cúmulo finito, mi vida tambaleó por algo que no le era propio, y sintió, un vacío que de alguna forma aquellos dos ya habían sentido. Una melodía melancólica, aquellos dos se despedían y yo me acostaba en un asteroide, dispuesto, a saludar también a aquel hombre que pasaría a contarme que no le molestaba el frío, que era oriundo de la Patagonia, y mientras caminábamos hasta la puerta, mientras giraba la llave no dejé jamás de mirar el horizonte, escuchaba cada tanto un susurro, me cubría del frío, imaginaba lo que aquellos debían de imaginar cada día cuando las luces se apagan tanto. Augusto me saludó, me contó sobre su perro nuevamente, me habló de algunos de sus otros hijos. Después, volteó lentamente, tan lento como cada uno de sus movimientos, y lo vi irse de espaldas, siempre desde mi extremo, desde mi asteroide, lo vi irse hasta que agaché la vista por un instante, y de pronto, aun siendo vecino no pude divisarlo más. Primero tuve miedo, después, desconcierto; pero al cabo de un rato lo comprendí, que yo seguía mirando al lado del horizonte en el cual mi asteroide sería el extremo del cúmulo, y aquella gente, aquella que ya conocía a la nada caminaba hacia el otro lado nuevamente, como si hubiesen vuelto a nacer, y es que siendo el extremo entre la nada y un cúmulo, con solo voltear la cabeza lejos de nuestro norte veremos nuevamente el inicio de un millar de galaxias.
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Para Sofía
Poesia¿Quién era Sofía? Esta pregunta costaba responderla, resumir a Sofía a unas pocas líneas sería limitarla tanto; y si tuviese que plasmarla por completo no podría terminar por algunos años, y sería una pérdida de tiempo, Sofía en los años en los que...
