Llovía torrencialmente en la capital de Buenos Aires mientras yo me acomodaba bajo el marco de la entrada principal en la Universidad mirando la avenida, había sobrellevado un extenso repaso de álgebra repleto de incógnitas sin solución, por lo menos en este panorama, y de lo único que me encontraba agradecido era de aquel café humeante que había apoyado en el saliente de mármol junto a mi maletín. Las luces del semáforo reflejándose en aquel charco que una vieja con paraguas desparramó sobre el traje de aquel hombre que terminó por insultarla, aquella bocina dedicada para un motociclista que estuvo tan o más entretenido que yo en ese intercambio de palabras, y la ciudad tendiendo al mismo caos que tendía normalmente, e incluso un poco más, porque la lluvia incrementaba todas estas cosas cada vez que aparecía.
Es una peculiar cualidad que tienen ciertas cosas, ésta de revolucionar todo con solo aparecerse, y de pronto me puse a pensar qué era lo que tenía la lluvia que nos hacía sentir tan miserables, y quiero decir que estuve a punto de descifrarlo, y que podría haberlo hecho si no hubiese aparecido justo por detrás de mi oreja izquierda aquella preciosura, probablemente también caída del cielo como aquella lluvia. Vestida con una camisa blanca y una pollera también de un color claro que en este preciso momento no recuerdo, tan desconectada de un clima adentrado en el otoño y los inciertos cambios del tiempo, de unas lluvias matutinas seguidas de soles radiantes y atardeceres inciertos, que no pudo evitar adueñarse de mi atención, y la miré descuidadamente sintiendo algo de lástima a la vez que se me escurría una pequeña entrerisa por mi boca seca de palabras; un sexto sentido, pero lo tomó con humor.
– Ni lo digas, hoy no es mi día. – comentó.
Y claramente no lo era, tampoco era mío, no era de nadie. Aquel día era propio de una vida en este periodo miserable dispuesta a jugar con aquellos que no la hubiesen tenido en cuenta por la mañana.
– ¿No tenés frío? – fue lo único que tendí a decir.
– Un poco, respondió, igual no es tanto drama, allá en frente está el auto.
Y señaló al otro lado de la avenida en donde estaba estacionado un precioso sedán azul de vidrios polarizados donde podría refugiarse sin preocupaciones. Menos de cien metros la separaban de estar acá inciertamente conmigo a estar en la tranquilidad de lo propio, de lo íntimo; y yo que me dedicaba únicamente a dedicarme, decidí dejar de hacerlo por un instante, y por algún motivo que no es preciso detallar me saqué mi campera más preciada y la coloqué por encima de su cabello, dejándola caer casi por completo hasta donde terminaba aquella falda.
– ¿Y ahora el día a quién le pertenece? – le dije, luego, terminé de beber mi café. Tomé mi maletín, la miré a los ojos y le mostré que estaba a punto de ponerse en rojo el semáforo, aquellos zapatos de taco alto nos dificultarían algo el paso, se los señalé también, por algún otro motivo le supliqué que tenga cuidado y en eso se me adelantó, me tomó de una manga y me fue arrastrando entre los charcos, entre las baldosas, entre las viejas de mierda, las bocinas y los paraguas, dos vidas completamente desconocidas habían confluido en un mismo punto del universo a causa de una pollera, una camisa y una avenida, y de pronto pensé que la lluvia de mierda y su miserable sensación también eran partícipe de todo esto, y que si no hubiesen estado, no podría estar hablando en plural y me tendría que conformar con una incluso más miserable primera persona cruzando la senda peatonal para tomar un colectivo. Pero estábamos acá, y a menos de veinte metros del auto sentí ganas de abrazarla sin siquiera saber su nombre, llegamos a la vereda, soltó mi manga, abrió aquel auto desde la puerta del acompañante y en ese preciso instante todo tendió a su todo debido cuando la vi ser recibida por aquel poco caballero que me daba las gracias, en un gesto cómplice, como diciendo: "Gracias, te debo una, campeón", probablemente era su novio, marido, o lo que fuese. Y luego de besarlo, de acomodarse en el asiento, de desprenderse de mi campera completamente mojada, se dignó a dejarla entre mis manos, entre los brazos empapados de aquel que en ese pequeño periodo se creyó algo más que la miseria que toda la vida había sido en la suya. Y al apoyarla, justo cuando pude sentir aquella tela mojada en mis manos mientras la puerta se iba cerrando, fue la lluvia la primera que se detuvo; de pronto, comenzó a volverse de la tierra hacia el cielo y la puerta pudo abrirse otra vez, comencé a verla colgarse de aquella boca en sentido inverso mientras abandonaba la intimidad de aquel auto para agarrarse a mi camisa, y me empujaba, hacia atrás como apurando el paso para que aquel semáforo corte contra el tiempo y vuelva a ponerse amarillento, luego, mientras nuestros pasos a contra reloj se acercaron a la avenida, volvió a enverdarse y nosotros nos fuimos extinguiendo poco a poco mientras yo dejé, poco a poco también, de comprender el confluir de estas dos vidas que iban desconfluyendo si se me permite decir, y el agua subía y ella se desmojaba y yo descaminaba sin siquiera mirar si tropezaría, de alguna forma ya no había tropezado mientras tocábamos el cordón de la vereda nuevamente en donde la vieja chota me miraba volver de alguna fantasía y ella esquivaba un charco en donde podía habérsele hundido uno de sus tacos, para cuando me dejé de dar cuenta, estuve desapoyando mi campera de aquel pelo ahora más seco que cuando en algún momento pensó estar en aquel auto del otro lado de la avenida. En aquel preciso momento, en donde dejé de sentir su presencia y comencé a notarla zumbar en mi oído izquierdo, la lluvia volvió a ser lluvia, mi café volvió a tener su último dejo humeante, la campera volvió a ser mía y yo volví a ser tan miserable mientras notaba nuevamente la escena del hombre, la vieja y la moto. En eso se me acercó, y de pronto me puse a pensar qué era lo que tenía la lluvia que nos hacía sentir tan miserables, y quiero decir que pude descifrarlo mientras bebía aquel último milímetro de mi café y me lanzaba bajo aquellos baldazos de agua fría a cruzar una puta avenida que me separaba del único colectivo que podría dejarme algo más cerca de casa.
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Para Sofía
Puisi¿Quién era Sofía? Esta pregunta costaba responderla, resumir a Sofía a unas pocas líneas sería limitarla tanto; y si tuviese que plasmarla por completo no podría terminar por algunos años, y sería una pérdida de tiempo, Sofía en los años en los que...
