Irónico e ilógico amor.

29 4 3
                                        

 Es irónico escribir de amores, El amor, como una ironía, no puede ser plasmado fielmente. Te invito un trago, ahora estás conmigo sentada, o sentado, en un bar. Nos miramos a los ojos justo antes de comentarte por qué estás acá conmigo, y en eso, te paso un papel y una lapicera por arriba de la mesa, te vuelvo a mirar y te pido: 

- Escribí sobre el amor. 

- Sí, es fácil escribir sobre el amor, me respondiste, pero para comentarles a todos los que están afuera de nuestro juego tengo que agregar algunas cosas. 

 Primero, me quiero detener en el "Sí", justo en aquel comienzo de tu frase donde penetraste mis ojos violentamente, aquella afirmación fue la negación más grande que escuché en mucho tiempo, luego los retiraste con la misma violencia a la vez que dejabas caer una risa, "es fácil escribir sobre el amor" terminaste por acotar alejando el papelito y la lapicera de tus manos. El sí teñido de negaciones, la facilidad que ocultaba tu propia incapacidad, aquel incierto desarmar y armar de las cosas, aquello, justo eso es la ironía. Ahora con el papel en mis manos nuevamente vuelvo a centrarme en nuestra charla. Acerco mi silla un poco más a la mesa, acomodo mi saco y estiro mis mangas para decirte. 

 - Si yo quisiera escribir tu respuesta, de la ironía hablo, me sería tan o más difícil que a vos hablar del amor. Y probablemente aun cuando lo haya terminado, seguiría creyendo que no pude lograr nada. Quiero que lo intentes, hagamos la prueba. Me mirás con incertidumbre, te agarra algo de sed, llamás al camarero para pedirle alguna bebida, me ofrecés una, te la acepto con gusto y detallo que me gustaría un Café Irlandés, te sorprendés por mi manía de tomar whisky a las nueve de la mañana y vas liberando al camarero luego de haberle solicitado un café cortado. Cuando notás que se fue, volvés a poner los ojos en mí como esperando una pauta, y para no fallarte (porque jamás quisiera hacerlo) comienzo a dejarte una. 

 - Primero, necesitás una situación, necesitás volver hasta algún punto de la vida en donde hayas sentido lo suficiente como para hoy estar necesitando escribirlo. Es y va a ser siempre más fácil escribir sobre algo real. Cuando lo tengas, avisame. Te veo revolear los ojos incansablemente recorriendo los posibles rincones y hemisferios de tu cerebro que trabaja a velocidades desconocidas, me gustaría retratarte, filmarte, fotografiarte tantas veces como creo necesario para que te veas en cada reacción. Habrás sonreído, casi llorado, te habrás disgustado y vuelto a enamorar tantas veces en esos pocos segundos que es y va a ser complicado para mí poder contarte, pero justo en un punto, en uno en particular tus ojos dejaron de dar tantas vueltas, ya no precisaron divagar tanto. Y fue ahí que tuve que intervenir. 

- Ahí, justo ese recuerdo quiero. 

 Pero no, no digas nada, vos lo vas a escribir para vos, esto no es para mí. Y te fue un alivio saber que yo no iba a enterarme de esas cosas y que tampoco iba a terminar por plasmarlas en este relato, acá, en el bar, con la lapicera ya en tu mano y unas ganas galopantes de entender por qué te traje, ya tenías tu recuerdo, latente, vívido, palpitante entre unas manos que ahora comenzaban a temblar sabiéndose incapaces de contar todas estas cosas. Y empezaste, luego de que te insistí, empezaste violentamente a rayar la hoja haciendo tal presión que comencé a ver cómo marcabas la mesa, tu sangre hervía, o hierve cada vez que veo que todavía estás acá, tus labios entre abiertos mordiéndose a cada rato, un pulso firme, caótico, unas gotas de sudor comenzando a recorrer tu frente, tu sien, para luego ir cayendo poco a poco en la hoja mientras precisabas naturalmente evitarlo. Hay una secuencia antes del colapso, antes de que llegue el "no puedo", hay un desembocar giratorio en la incapacidad en el cual los recuerdos nos van abrumando, nos van superando, nos van agolpando de una manera tan cruel que termina por convencernos de todo aquello que sabía que irías a convencerte... 

 - No puedo. - Exclamaste, el momento llegó. No sólo tu saturación, sino también mi intervenir. 

- Sí podés, pero primero dejá que te cuente una cosa. Hasta este punto, hasta el día de hoy, cada minuto que pasó, cada año, mes, día, cada instante tan pequeño como una gota de rocío fue acercándote a la muerte. Vos, yo, nuestro camarero, o cualquiera en este bar, nos estamos muriendo. Es lógico que lo sabés, todos lo sabemos aunque preferimos no pensarlo tanto. Tenemos un ciclo, una etiqueta, un fin, y aunque pareciera no preocuparnos siempre que revolvemos mucho olemos a muerte en el fondo. ¿Me entendés? - te pregunto, y me afirmás con la cabeza en un gesto muy resignado.

 - Eso es la lógica, insisto, pero esta puta mierda del amor no la respeta. Lo ilógico es saber, que estamos viviendo y muriendo a la vez, tu relato pareciera nutrirse de saber que estás muriendo, pero recapacitá, estás en la vida, cada segundo, cada minuto, año, mes, lustro, década e instante, a cada momento estás viviendo, estás dejando de plantear la única existencia de un desemboque en la muerte para caminar un camino incierto repleto de vida. La lógica es un poco depresiva, la falta de ella nos hace vivir un poco más, por lo menos, en estos casos. Y fue así como reescribiste probablemente la misma mierda que no dejaste que lea, aunque ahora, el pulso fue tan suave como una caricia a aquellos días, ahora las lágrimas no pesaban tanto, dejaste de marcar la mesa y te dedicaste a un agradecimiento. Pasaste de un puto relato del existencialismo a un retrato irónico de un amor, que hace un rato te había vuelto un muerto, que ahora, te renacía. Y justo ahí, en ese punto (porque me encanta marcarlos casi tanto como a todas las putas mesas de este bar) entendiste por qué mierda habíamos venido esta mañana, e irónicamente, fue a partir de ese instante comenzaste a vivirla de nuevo ya sin siquiera cuestionarte qué es lo que hacías en esta mesa.

Para SofíaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora