Sobre la incoherencia en los amores, Sofía.

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 Había despertado repentinamente en aquella mañana soleada después de tanto calvario, recuerdo que me despertó una enfermera, me acarició pacíficamente y luego me dijo: todo ya está bien, y de a poco, entre las luces de la ventana que comenzaban a mezclarse con el sol de enero pude empezar a creerle; me sonrió, acarició mis mejillas mientras el mundo volvió a parecerme algo ajeno, una fuerza enorme en mi pecho, sentí nuevamente aquel caer desde un precipicio.

 Me levanté al atardecer, me dolía la cabeza de una forma bestial, y si no hubiese sido por aquella ventana, me habría aferrado nuevamente a la caída. Pero no lo hice, no, aquella niña danzaba con su cometa, bailaba en la blanca arena sobre la costa del río, de pronto rió, y aquel cometa comenzó a caérsele encima. Sus manos delicadas hicieron contacto mientras llevó su nariz hasta la tela que supo conocer al cielo, inhaló de una forma exageradamente bella, volvió a abrir los ojos después de haberlos cerrado por un tiempo. Volteó, y en aquella ventana encontró la mirada de un joven atento, algo sorprendido, por volver a ver tanta vida en medio de aquel sentimiento de muerte. Se avergonzó un poco, corrió con la cabeza a gachas en dirección al centro de la aldea, y fue hasta ahí donde me permitió seguirla mi precaria visión; volví a caer, pero ahora, desde algo más cerca del suelo.

 Me levanté en la noche, en medio de un cantar incesante de la tribu, todos y cada uno de aquellos seres estaban rodeando al fogón, nuevamente una ventana, unas guitarras y los suficientes tambores. ¿Y ahora quién estaría para decirme, que todo estaba bien? Pensé por un segundo, sonreí por lo bajo, mágicamente, aquella situación no precisaba aclaraciones, me entretuve precariamente viendo aquellas llamas danzar, cuando un pequeño ruido captó mi atención desde el borde de la cama. Era la niña, igual de bella que antes, pero ahora, algo menos asustada. Le abrí mis brazos sin fuerzas, la invité a mi ventana (ahora era mía realmente), y fue así como pasé la noche más hermosa de mi vida mirando a una tribu enamorada de la vida, de un simple fuego, de un agua danzante de fondo y una galaxia, que tibiamente, se acomodaba entre medio de mi pecho y un poco fríamente por encima de mi falda.

 La tercera tarde después de haber despertado, hice a aquel precioso cielo naranja testigo del momento en el cual me enteré que aquella niña no hablaba, que jamás lo había hecho, y que probablemente jamás lo haría. Y de pronto me sentí algo dolido por una causa que me costó explicar a través de este texto, yo, estando perdido en medio de una jungla que alguna vez me había maravillado, me preocupaba inútilmente en la poca credibilidad que tendría un artículo que explicase mi despertar en una tribu soñada jamás descubierta. ¿Acaso aquello podría considerarse más que un delirio de narrativa? Y la pena en realidad fue un pequeño reflejo de aquello que sentía por mí, nuevamente la niña me devolvió a la vida al tararearle (pero cómo es que lo hacía) a una flor que precisaba algo de abrigo, o por lo menos eso creí, mientras aquella niña le pegaba uno de sus pétalos marchitos a aquella flor preciosa por encima de sus hojas algo pisoteadas.

 A la séptima semana de haber convivido en medio de la tribu me sentí algo solitario, la tribu era solitaria, aquel centenar de personas vivían únicamente para cumplir un rol, una función; aquellos cazaban mientras los otros tejían, unos levantaban las casas y otros armaban guitarras, unos lavaban las ropas mientras otros prendían los fuegos; vivir delimitadamente dentro de un círculo que desde afuera se veía tan perfecto; solitario era acaso ser una pieza que no encajaba en medio de tal bello reloj, no podía entenderlo, la niña no tenía función alguna. Ella danzaba, bailaba, reía cada tanto de una forma tan peculiar, luego arrastraba su cometa cerca del río, cerca de aquellas puertas que nunca cruzaba por alguna razón que pretendí entender. Y aquello no era así por su temprana edad, la aldea rebozaba de niños que cumplían todas las mismas tareas que adultos y ancianos, pero la niña debía pertenecer a algo, aquella única no estaba excluida.

 Dediqué mi octava semana a intentar resolver mi acertijo, su función, a qué región del reloj pertenecía. Hubo una peculiaridad mientras yo me dedicaba a anotar sus pasos, todos aquellos que la veían terminaban riendo, y por dentro, me convencí de que tendrían las mismas preguntas que yo me había hecho, pero también tenían respuestas, porque jamás la cuestionaban. Denoté algo en la mañana del martes, dos niños estaban jugando, jugando en vez de traer agua; no fueron más de cinco minutos cuando la madraza los agarró, los regañó delicadamente y volvió a enseñarles el camino. El reloj precisaba a todas y cada una de las piezas; su condición, pensé, pero luego terminé por notar que el impedimento del habla no sería inconveniente alguno para un noventa por ciento de las tareas que proponía aquella aldea, la niña era especial, lo sentí a cada noche que vino a la cabaña, venía por mi ventana, por mis cuentos, venía por compañía o por sentirse no tan sola mientras yo tampoco pertenecía. ¿Acaso era eso? ¿Ella habría aparecido de la nada algún preciado día? Fue mi hipótesis durante algunos días hasta aquel en que la vi salir de la casa principal, aquella hija danzante era no menos que la hija del cacique, ¿y era esa la causa? Terminé por tacharla al conocer a sus siete hermanos, y nada menos que trece hermanas que dormían con ella cada noche cuando me abandonaba, cuando me saludaba tímidamente y se iba saltando cerca del fuego.

 La mañana en que crucé las puertas, aquella en la cual el río no me pareció tan profundo y para nada peligroso, había dejado mis ropas y comencé a alejarme, no tanto, no quería perderme si es que había pasado apenas un corto tiempo en el cual ya no me consideré perdido, y en mi ignorancia, en el desconocimiento, un hilo de verdín bajo mis pies me volvió inestable, aquella roca tan alta, y en un instante de descuidos, caí de cabeza.

 Algún tiempo incierto después pude recobrar la conciencia, la vi sentada a mi lado con el cometa entre sus manos, tímida, me observaba y se iba.

 Un tiempo incontable después, seguía viéndola aparecer sentada a mi lado, a veces del otro lado del río, me miraba, me observaba curiosamente, y mis fuerzas jamás eran las suficientes para solicitar por su ayuda.

 Un tiempo eterno después, dejé de intentarlo, dejé de abrir los ojos, ya no me preocupó ver si volvía o no a sentarse en aquel otro lado o en aquel banquito que la dejaba tan cerca de mí en los días. Ya no la esperé más, y al pasar de un tiempo no pude reabrir los ojos.

 Había despertado repentinamente en aquella mañana soleada después de tanto calvario, recuerdo que me despertó una enfermera, me acarició pacíficamente y luego me dijo: todo ya está bien, y de a poco, entre las luces de la ventana que comenzaban a mezclarse con el sol de enero pude empezar a creerle;

Para SofíaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora