Cómo el día y la noche. Cómo la vida y la muerte. El paso por este planeta es tan breve como efímero. Cómo el resplandor de una estrella fugaz que brilla por unos instantes en el cielo de la noche. Cómo la gota de rocío que se desvanece en la mañana. El tiempo se escapa por las rendijas de la eternidad. Por eso no importa tanto cuanto se viva, sino como se viva. Es la intensidad de un instante lo que nunca perece. Detener las oleadas de pensamiento para sentir el océano de paz que se extiende sereno en el alma. Cuando las aguas turbulentas se calman, se tornan translúcidas y eclosiona lo mejor de nosotros. Ni con todo el dinero del mundo se puede comprar la paz interior. De que sirve correr de un lado para otro, si la felicidad no se encuentra en ninguna parte, salvo en la conciencia del que ama de verdad. Para que anclarse en recuerdos del pasado y para que planificar un futuro impredecible. Todo pasa en un momento y luego no sabemos dónde vamos, aunque tengamos alguna intuición. Por eso ahora es siempre y siempre es ahora. Aprovechemos la ocasión.
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