Un hombre muy versado es aquel que es muy instruído en varias materias o muchos conocimientos, así es Albert, un hombre bastante alto. ¿Cuánto? 1.97cm. Todo un hombre de letras y artes que vivía holgadamente en una rutina constante, intentando escr...
He dicho ya que mis emociones, cuando son muy violentas, se desvanecen por sí solas. Al cabo de un momento reparé en que tenía frío y en que estaba mojada. A mi alrededor se formaban pequeños charcos de agua en la loceta de la cocina. Me moví casi maquinalmente, entré la barra del establecimiento por el pasillo, me bebí un trago de aguardiente a hurtadillas y luego fui a mudarme de ropa.
Cuando lo hice subí al despacho sin saber a ciencia cierta para qué. Bueno si sabía. Temprano llegó un papacito y quería verle otra vez.
La ventana del despacho del viejo da a las puertas del salón de apuestas. Y creo que allí las cortinas podrían cambiarse. Sí,¡ buen pretexto!
El pasadizo estaba oscuro, y toda la estancia, en contraste con el pasaje que encuadraba la ventana, parecía impenetrable tenebroso. Me paré en el umbral. Frente a mi pude ver por la ventana, del despacho del viejo, esa espalda ancha.
No comprendía muy bien de lo que hablaban. Además ignoraba que relación tenía este muñeco con ese viejo decrépito. Su hijo? Nah. No se le parece. Y si salió a la madre. Mmmn... Lo dudo. Quien se metería con este viejo oloroso de sarrosos dientes. A lo mejor es un proveedor. Si eso debe ser.
Estimulada por la intensa curiosidad volví una silla hacia la ventana del despacho y procedí a bajar las cortinas.
De pronto salió el adonis de ojos negros y cabello corto.
—Señorita. —Dijo atrayendo mi atención. —Me despido. ¿Ud. Trabaja aquí siempre en este horario?
—Sí —Sonreí. Bueno creo que ya debes irte dije. —soltando un suspiro.
—Nos volveremos a ver? —Me dio una tierna y triste sonrisa.
—No lo sé, pero sabes donde encontrarme - conteste jocosa.
—Sí, que pregunta la mía. —Colocó los ojos en blanco y contestó burlón.
Me di la vuelta y baje de la silla llevándose las cortinas por las escaleras. Se me hizo muy divertido conversar con él. Pero creo que este día es uno de los que difícilmente se va a volver a repetir, ya que este tipo se irá quién sabe a donde.
— ... Ladee la cabeza y miré hacía abajo. Ya había puesto un pie en el primer escalón de la escalera para bajar. Cuando sentí que me sujetaban de la cintura por la espalda.
—TE VI. Ni lo niegues.
—...
—Suelteme! Ud. Ni tiene derecho a tocarme. Viejo estúpido!.
—Bien que te gusta que te toquen así. Zorra.
— Con un pisotón pude zafarme del agarre del viejo y corrí escaleras hacia abajo.
- Wou! Eres toda una fierecilla!. Pero ya caerás. Todas caen.
—Qué se habrá creído el viejo ese! Ah. Pero me va a conocer.
...
—Como sea este sera el último día que soporto al sádico pervertido. Ahre! Lo que no sabe ese vejete es que tengo las tetas bien puestas.
—Con quién hablas Elena? Pregunta muy curiosa, Erika, la chica de la limpieza. —Ya te vas?
—Pues si. Ya es mi hora de salida. Y lo mejor mañana es día de pago. Chau Erika nos vemos mañana. Ah, y un favor deja esto en el cesto. Esta para lavarse
Ellen empieza a pensar en la grabadora que siempre tiene en su bolso. Enciende su grabadora, se coloca los audífonos y empieza a reproducirse el programa de la mañana, ese en el que Max Weber en doble V jota K hablaba de las chicas que leen y las que no; <<"Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela. Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta. Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmoy la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe.
Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.
No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.
Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiado. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca. Encuentra una chica . Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas.
Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos. ¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la saga Crepúsculo".>>
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.