Epílogo (Parte 1)

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     Fueron muchos los contratiempos que dificultaron el encuentro de los amigos Albert, Silvio Marcelo, y el resto, pero después de los últimos eventos y tras la muerte del viejo Louis Anglas y la reciente desaparición de Leticia, según se sabía por las cámaras de seguridad de una calle concurrida. Habían reiniciado sus actividades con normalidad.

     Las cosas en la oficina del bufete habían vuelto a la habitual calma de siempre, y Albert nuevamente había regresado demandante y no tan gruñón como de costumbre. La razón tenía nombre y apellido: Ellen Borgoña. Albert tenía prohibido gritar a sus empleados, Ellen le había puesto a la comunicativa Berthita el encargo de avisarle si eso volvía a ocurrir.

     — Buen día Leyla, algún encargo o pendiente para el día de hoy.

     — No señor, todo la correspondencia para el día de hoy ya se encuentra sobre su escritorio, como a usted le gusta. Al medio día tiene una cita con dos empresarios para que usted revise un problema de una auditoría, tiene tres nuevos juicios para esta semana y ya archivé el del último caso que me pasó el doctor Prescott.

     — ¿Silvio ya llegó por aquí? 

     —Sí señor, lo hizo desde muy temprano, y en este momento lo puede ubicar en su oficina. 

     —¡Eso no lo puedo creer, hasta que al fin aprendió a madrugar!. Y... baje esas hojitas de la pantalla que se ven estúpidas, dan aspecto de oficina de un preescolar, de lo colorida que se ve esa pantalla del ordenador.

     —...

     —Llame al gerente de relaciones humanas del edificio INCOT asociados, para esta tarde. Que no se le olvide antes de las dos, sino agéndelo para mañana. Llame al conservatorio y dígales que necesito que reciban un par de cajas a las 10am en punto y que tengan afinado los instrumentos que llegarán para la tarde. No me pase llamadas, no quiero interrupciones de ningún tipo. Bueno si, sólo si llama mi mujer. —Manifestaba Albert dando zancadas hacia el interior de su oficina, no sin antes arrancar los post-it del ordenador de Leyla, estrujarlos y arrojarlos al tacho. Dejando con la boca abierta a Leyla.

     —¿Cómo estás linda?, ¿ya recoge esas babas? No ves que ese tipo nunca te pelara los dientes, ni nada, él sólo tiene ojos para su mujercita. —Comenta Bertha con sarcasmo.

     —Y quién te ha dicho que esté interesada en el doctor Contreras, lo que estoy es admirada de su cambio. Ya decía yo que lo que este tipo necesitaba era una mujer que lo ponga en orden y le bajara esas rayitas de glamour y malas pulgas que se cargaba, aunque creo que si le decimos a su mujercita que se pasee por aquí de cuando en cuando, podríamos tener al jefe más mansito. Porque aun sigue intenso. Ya me estropeo las notitas que tenía como ayuda memoria.

     —jajajajajajaja y después dicen que las mujeres son el sexo débil.  —Comenta Bertha.

     —¡Claro que son el sexo débil, pero de los hombres! —dijo Mario, ingresando con expedientes en mano que traía del archivo para las chicas.

     —<<Berthita podrías mandarme en breve los contratos que te envíe para que los firmara Contreras, los necesito para ya>>. —Decía a través del intercomunicador Silvio.

     —Leyla, ¿le dijiste al papiriqui que te firme la carpeta que te di temprano?. —Indicaba Bertha después de recibir la orden de Silvio a través del ordenador.

     —No, se me olvidó, es que cuando ese hombre cruza esa puerta no sé ni que decir y se me olvida todo o casi todo de puros nervios, es que es muy intenso.

     —Bueno ve y dile que te los firme. Y asunto solucionado.

     —No, ¡estás loca! y arriesgarme a que me lance a la calle. ¡Ni hablar! Ve tú, además eres la protegida de su mujer. Yo no pienso arriesgarme.

A FAVOR DEL AMORHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora