El mismo chico que tres noches atrás me miraba reflejado en el espejo del armario de su habitación ha cambiado; no es el mismo que me devuelve la mirada en el espejo de un baño enterrado bajo una sede llena de gente en Seattle. He cambiado. Mis ojos son más intensos, pero todo lo demás está debilitado.
Me quito la camiseta y siento un frío que me hace estremecer. Me apresuro a encender el agua caliente de la bañera y a meterme dentro después de quitarme toda la ropa. Pienso intensamente en todo lo que me está ocurriendo mientras la calidez del agua me da de lleno sobre la herida de la nuca. Cierro los ojos para ver su cara de nuevo.
«¿Qué hago, Mayda? ¿Qué me está pasando?»
Silencio. Todas las respuestas son silencio. Me percato de que el silencio está demasiado sobrevalorado: simboliza la tranquilidad, la serenidad, el orden y la autoridad. Pero cuando se trata de la muerte el silencio significa un vacío que no se puede llenar, ni siquiera con las palabras. Llevo dos años de frustración encima que hacen que el agua cálida del grifo y mis lágrimas se mezclen.
Después de cambiarme y ponerme otra venda en la herida de la nuca (que encuentro en el armario del baño junto a productos sanitarios muy extraños), doy unos golpecitos en la puerta de la habitación de Kyle. Me recibe Ellie con una expresión divertida.
—Vaya, vaya, después dicen que las mujeres tardamos demasiado en arreglarnos. —Me sonríe y añade—: Sal Kyle, vámonos ya. Tengo un hambre... —se toca la barriga exageradamente.
Kyle sale de su habitación y me doy cuenta de que está muy contento.
—Ya ves, hermano, ¿tardáis tanto los humanos en ducharos? —Suelta una carcajada.
—Creía que lo sabías todo sobre mí —respondo dejándome llevar por su repentina comicidad.
—Y es verdad —me garantiza mientras les sigo por esos pasillos enredados—. Ha sido la ducha más larga de tu vida tras aquella que te diste después de volver de una excursión lleno de barro desde los pies hasta la cabeza.
—Tenía siete años y Collin Reed me empujó dentro de ese charco enorme —replico.
—Aún tengo en mente la bronca de tus padres por haber atascado las tuberías. —Kyle se ríe tan fuerte que atrae las miradas curiosas de algunos Guardianes que pasan cerca de nosotros.
Antes de llegar al comedor Kyle me dice en voz baja:
—Solo será un momento; cogemos la comida y nos vamos. No te estreses tanto. Además, pasarás bastante tiempo aquí, por lo que debes empezar a acostumbrarte a estar un poco más... integrado y expuesto.
—No pasa nada. —Ellie me pone la mano en el hombro como gesto tranquilizador—. Y ahora, ¡a por comida!—exclama con tono triunfal y alegre.
Entramos en una sala enorme (más que la biblioteca privada) llena de mesas y sillas bien ordenadas. Está rebosante de gente de todas las edades conversando en voz alta, poniéndose al día de su jornada.
—Mi hermano está súper colado por una chica que es cinco años mayor que él. —Escucho la conversación de un grupo de chicas que están a mis espaldas mientras esperamos en la cola para servirnos—. No me lo explico. Si me pudiera conocer se olvidaría de todas las demás —cuenta acompañada de una risita.
—Pues el mío está con un chico y los demás no le dejan en paz por ser homosexual. Tendré que poner al corriente a Max para que su hermano deje de incitar odio hacia el mío —dice otra seriamente.
—¡Kyle! —Un chico alto, con el pelo oscuro y los ojos marrones se nos acerca y abraza a Kyle alegremente. Mi hermano le devuelve el abrazo con menos emoción, dándole palmaditas en la espalda—. ¿Cómo estás? ¿Qué andas haciendo? Como has estado tan ocupado últimamente...
—Muy bien —comenta Kyle sonriéndole—, aquí, sigo trabajando. Hace mucho que no nos vemos... ¿Qué tal vas tú, Dylan?
—Pues la verdad es que no muy bien. La noche que saliste hubo un pequeño ataque de los Omisos en la sede y mi hermano fue levemente afectado. —Dylan asiente un par de veces y añade alegremente—: Pero, bueno, se ha podido arreglar y todo está otra vez dentro de la normalidad.
—Sí, me puse al corriente de ese ataque. Spencer asistirá al juicio la semana que viene —afirma Kyle.
Yo me sorprendo y miro a Kyle con cara de «¿Por qué no me lo has mencionado?». Él capta el mensaje y pone los ojos en blanco. Dylan no se percata porque empieza a entablar conversación con Ellie a medida que avanzamos.
Cuando ya estamos sirviéndonos en bandejas comida para llevar (hamburguesas recién hechas, una bebida caliente y fruta), Dylan vuelve a dialogar con Kyle.
—Por cierto, ¿qué ha pasado con tu hermano? He oído no sé qué sobre que estaba por aquí —dice Dylan.
Kyle se toma unos segundos para responder forzadamente:
—Pues... está por aquí, sí.
—¿En serio? Vaya, me gustaría conocerlo. Nunca he visto a un humano en persona.
—Ya, son seres... interesantes. —Kyle hace una mueca de afirmación fingida.
—¿No deberías estar con él? No sé, no es por entrometerme, pero te va mucho eso de trabajar intensamente y no me parece normal en ti que lo dejes en cualquier sitio. Se podría perder, se podría escapar...
—Ya. Es que está literalmente por aquí. —Hace señas hacia mí.
Dylan me mira con atención durante unos instantes. Posteriormente grita:
—¡Anda! ¡No me había fijado en ti!
Dicho eso, las voces de fondo se apagan y todas las miradas se centran en nosotros. Vuelvo a escuchar esos murmullos de «el humano» o «es él», pero esta vez más fuertes y generalizados.
Ellie, que encabeza nuestro grupo, me coge por el hombro con una mano (en la otra sujeta su bandeja con comida) y me empuja hacia delante, en dirección a las puertas. Camina rápido y yo sigo su ritmo con mi bandeja en las manos, ignorando cientos de miradas curiosas que me persiguen mientras cruzo rápidamente la sala.
—¡Gracias, Dylan! —grita Kyle, aunque no le hace falta porque el silencio es sepulcral.
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Flashbacks
General FictionNoah Cheryba, un adolescente residente en la ciudad de Seattle, despierta la madrugada del segundo aniversario de la muerte por suicido de la chica que le gustaba, Mayda Gimpel, a causa de un sueño relacionado con ella. Resulta que ese momento es el...
