Un cuarto de hora después, hemos subido una docena de tramos de escaleras y nos hallamos en el sexto piso.
—Sigo sin ver la necesidad de hacer esto —murmura Sophia—, se supone que estoy desconectando. Lo último que me apetece hacer es subir por las escaleras de un rascacielos de casi trescientos metros de altura —se queja.
—Uno, ha sido decisión tuya venir aquí; dos, tú estás en mejor forma que yo, ¿no?; y, tres, todo esfuerzo tiene su recompensa —explico aparentando naturalidad y fluidez, aunque mi cuerpo empiece a replicar que deje de subir escalones.
—¡He pagado quince dólares para poder entrar a este sitio!
—No me refiero a ese tipo de esfuerzo —concreto mientras tiro de ella para que me siga el ritmo—. Ya verás cómo te sentirás cuando lo hayas logrado. —Me lanza una mirada de pocos amigos—. Y —añado, aunque no estoy seguro de poder reunir el valor suficiente para acabar la oración—, si lo consigues, esta tarde te llevaré a un sitio al que me gustaba ir a menudo para estar tranquilo un rato.
Sí, finalmente he podido.
Espero su reacción pacientemente. Está un escalón por debajo de mí y para en seco cuando parece que ha procesado totalmente la información.
Sonríe con los ojos iluminados y deja ir:
—¿Estás invitándome a una cita?
Suspiro. La señalo.
—A este paso, no.
Entonces me adelanta más rápido de lo que habría podido anticipar. Sube dos tramos más y tengo que alzar la vista para ver sus manos agarradas a la barandilla. Escucho el sonido de sus pasos, pero este es interrumpido porque dice a voz en grito:
—¡Nos vemos en la planta 73, Noah!
—Ni lo sueñes, espérame. ¡Como se te ocurra hacer trampas yendo hacia un ascensor o algo por el estilo, despídete de cualquier cita! —exclamo subiendo velozmente hasta que solo me saca un tramo de ventaja.
Mira hacia atrás y, al verme, sonríe de esa manera que hace que no pueda negarle nada.
—¡Te juro que no jugaré sucio! —Echa a correr de nuevo y vuelve a sacarme ventaja, pero ahora mucho más que antes.
—¿Quién ha dicho que pueda fiarme de ti, controladora de mentes? —Cada vez se aleja más y una de sus manos agarrada en la barandilla se va haciendo más pequeña y difícil de ver—. ¡No hace ni cinco minutos te quejabas de que ya estabas cansada y ahora empiezas a subir escaleras como si fuera el fin del mundo! ¿No habrás estado fingiendo? —la acuso.
—¡Todo es fruto de la motivación! —oigo que exclama.
A lo largo de casi cuarenta y cinco minutos, me dedico a convencerme a mí mismo de que tengo que continuar subiendo las condenadas escaleras aunque me vaya la vida en ello. Mis pensamientos también se preguntan hasta dónde habrá llegado Sophia.
Durante ese periodo de tiempo, tan solo me distraigo cuando veo el logo de Starbucks en la planta número 40 y, de vez en cuando, cuando alguien se cruza conmigo bajando las escaleras (porque nadie las usa si se trata de subir).
Finalmente, llego reventado a la azotea. Mis pies están destrozados y mis rodillas doloridas agradecen que pueda caminar sobre terreno plano de nuevo. Hay varios turistas apoyados y agrupados en la cornisa con cara de sorprendidos.
Localizo a Sophia en una esquina, pero esta no se percata de mi presencia porque está de espaldas a mí. Voy hacia donde se encuentra y, por un instante, cuando me pongo a su lado, se asusta.
ESTÁS LEYENDO
Flashbacks
Fiction généraleNoah Cheryba, un adolescente residente en la ciudad de Seattle, despierta la madrugada del segundo aniversario de la muerte por suicido de la chica que le gustaba, Mayda Gimpel, a causa de un sueño relacionado con ella. Resulta que ese momento es el...
