13. Ahora jugaremos con mis reglas.
BRIDGET
Esa noche no dormí demasiado bien, desperté muy temprano y me dediqué a ver la televisión para matar el tiempo. Pasé los canales sin encontrar nada que me gustara, hasta que me topé con un programa del corazón cuando estaba a punto de apagar la tele. Estaban hablando de la herencia de los famosos, en concreto de la de una cantante bastante conocida española.
—Y ahora María, vamos con lo que más le interesa a los espectadores, ¿no es así?
—Por supuesto —respondió la presentadora—. El Imperio Wallace, del que no se para de hablar desde que abrieron la sede. Y no es para menos teniendo en cuenta al encargado de inaugurarla.
Inmediatamente agarré el mando y subí el volumen. Me senté con las piernas cruzadas sobre el colchón y presté atención.
—Así es, María, y es que Aaron Wallace despierta interés allá por donde pasa. Vamos, yo creo que todas nos hemos enamorado de él —bromeó la chica que aparecía en un recuadro dentro de la pantalla.
—Yo sí, desde luego —respondió la presentadora—. ¿De cuánto dinero estaríamos hablando en este caso?
—Pues mira, según los expertos a los que hemos consultado el conjunto de sus acciones y posesiones ascienden a la enorme cifra de 248.743 millones de euros.
¿Cuántos millones de euros? Por todos los Santos, necesitaba pedir una cita con William Wallace y que me contara cuál había sido el secreto de semejante éxito.
—Madre mía, menuda barbaridad —exclamó la presentadora—. Es una de las empresas más importantes a nivel mundial ¿verdad?
—En efecto —confirmó la muchacha.
—¿Y el heredero de semejante fortuna está soltero?
Volví a presionar la tecla del volumen y me incliné hacia delante.
—Pues sí, María. Por lo menos no se ha confirmado todavía que el joven Wallace tenga ninguna pareja oficial. Aunque se le ha visto con varias mujeres, ninguna de ellas ha logrado cautivarle.
—Bueno, esperemos poder dar pronto la noticia de un enamoramiento.
Empezaron a hablar de otras cosas y acabé por apagar la televisión, ya no me interesaba. Me duché y vestí para ir a la empresa, hoy era el último día que ponía un pie allí. Al día siguiente salía mi vuelo y por fin regresaba a Málaga. Aunque echaría de menos Madrid. Apliqué un poco de corrector bajo mis ojos para ocultar los rastros del cansancio y cacao en mis labios.
Salí al pasillo y bajé a desayunar. Me lavé los dientes y esperé por Aaron cerca de la puerta de la entrada. Venía con uno de sus típicos trajes elegantes y caros, con la camisa blanca impoluta y una corbata roja que resaltaba sus ojos como esmeraldas.
—Buenos días —lo saludé acompañado de una pequeña sonrisa.
—¿Lista para tu último día? —se interesó. Me abrió la puerta y juntos nos encaminamos hacia donde Timothée nos esperaba con el coche.
—Supongo —me encogí de hombros y tomé asiento en la parte trasera del coche—. Hola Tim, ¿qué tal?
—De maravilla señorita, ¿cómo se encuentra usted hoy? —respondió mirándome a través del retrovisor.
—Muy bien también, gracias.
Abroché el cinturón y me dediqué a repiquetear con mis dedos sobre las rodillas durante gran parte del trayecto hasta que mi móvil vibró en el bolsillo de la chaqueta. Lo saqué curiosa por saber quién era y fruncí el ceño al ver que se trataba de Patricia, mi amiga de la universidad. Apreté el botón verde y me llevé el auricular a la oreja.
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AARON ©
RomanceBridget es alegría, entusiasmo y corazón. Aaron, egocentrismo y chulería. Tan sólo basta una mirada a través de la barra para que dos mundos completamente distintos se unan. ¿Pero cómo reacciona un hombre acostumbrado a tenerlo todo al rechazo? ¿...
