CAPÍTULO XXXIV

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34. Tres días.

BRIDGET

Me di la vuelta en el colchón ya que la luz matutina me molestaba. ¿Por qué los estadounidenses no tenían persianas? Retiré las sábanas que tenía enredadas en las piernas y estiré la mano para encontrar el colchón vacío. Solté un suspiro antes de abrir un poco los ojos, sabía que no debía acostumbrarme a despertar con Aaron al lado.

Me senté en el colchón, tratando de olvidarme de la decepción que acaba de llevarme mientras me frotaba los ojos. Ni siquiera sé por qué pensaba que a partir de el día anterior sería diferente.

MIAU.

Giré el cuello ante el maullido tan agudo que me perforó los tímpanos. Vale, estaba exagerando, pero es que acababa de levantarme y todavía no me había despertado del todo. Me froté los ojos de nuevo para comprobar que no me estaba imaginando a la bola de pelo naranja que había a mis pies.

—¡Ron! —exclamé emocionada y me lancé a cogerlo entre mis brazos. Le pegué a mi pecho mientras le abrazaba y le daba besitos en la cabeza—. Qué bien hueles, ya no estás lleno de mugre, ¿eh?

Miau.

—¿Aaron sabe que estás en su cama? —le pregunté a pesar de que no me respondería—. Porque déjame decirte pequeño amigo bigotudo, que no creo que le haga ninguna gracia.

Con cuidado le dejé en el suelo y entré al baño a asearme un poco. ¿Cómo habría logrado subirse a la cama? La bola de pelo naranja se lazó contra mis pies y se dedicó a jugar con su cola en el suelo mientras esperaba a que yo volviera a moverme. Me siguió hasta la cocina, donde vi un cuenco con agua y otro con comida.

Busqué a Aaron con la mirada, no estaba en la cocina, por lo que me asomé al salón. Le divisé haciéndose el nudo de la corbata frente a un espejo. Debió notar mi presencia porque levantó la vista, encontrándose con la mía a través del reflejo. Se dio la vuelta en el mismo momento en el que yo eché a correr hacia él. Cuando llegué a su altura, salté sobre su atlético cuerpo y me enganché como un koala.

—Gracias, gracias, gracias —dije apresuradamente mientras depositaba rápidos besos en su mejilla.

—¿Qué he hecho? —preguntó confuso, posando sus manos en mi cuerpo—. Lo haré más a menudo si vas a darme este agradecimiento.

—¿Por qué no me despertaste para ir a buscar a Ron? —quise saber, alejándome unos centímetros para admirar sus preciosos ojos verdes.

—Porque cuando me llamaron parecía que tú estabas en un coma —respondió divertido y me dejó en el suelo.

—¿Cuánto te han costado los cuencos? Oh, ¡y el arenero! Tendrá que tener uno.

—Bridget...

—No —le corté—. Me dijiste que yo me podía encargar de esto. Dime una cifra o me invento yo una.

—De verdad, ya te dije que...

—Te he dicho que no, ¿qué no entiendes? No voy a dejar que asumas los gastos de mí mascota solo porque tienes dinero.

—¿Te recuerdo que está a mi nombre? En teoría, es mascota. —Sonrió de manera traviesa.

—Eso es solo teoría, tú lo has dicho. En cuanto me lo pueda llevar lo haré. Que el nombre principal sea el tuyo es solo temporal.

—¿Y si ahora quiero quedármelo?

—Pues lo secuestro. Y a ti te denuncio por... por sustracción de gatos pelirrojos.

AARON ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora