CAPÍTULO XXXVI

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36. De vuelta.

BRIDGET

El móvil vibró en el bolsillo de mis vaqueros y lo saqué curiosa. Era Aaron. Mis labios se curvaron en una pequeña sonrisa y mi estómago se contrajo. Acepté la llamada y me llevé el teléfono al oído mientras devolvía la vista al frente para vigilar a Mateo.

—Hola.

—¿Dónde estás?

Puse los ojos en blanco. Siempre hacía eso.

—El día que me respondas con un "buenos días Bridget, ¿qué tal estás?" se acabará el mundo.

—Prefiero no perder el tiempo y que me lo digas en persona. ¿Estás libre?

Se me paró el corazón un momento. Eso significaba que estaba en España. Cada vez que me preguntaba dónde me encontraba era para venir al lugar. Disimula tu emoción, Bridget. Carraspeé y traté de actuar normal.

—No, pero lo estaré dentro de poco —respondí pensando en cómo debía llevar a Mateo a casa de sus abuelos para comer— . Aún así puedes venir, estoy en el parque. Te mando la dirección.

—Enseguida estoy allí.

Bloqueé la pantalla justo cuando mi caramelito llegó corriendo hasta el banco donde me encontraba a la sombra. Sería imposible aguantar el calor de otra forma. Sus rizos se movían por todas partes a medida que se acercaba, hasta que al final se detuvo frente a mí.

—Tengo un regalo —dijo sonriente.

—¿Para mí? —pregunté fingiendo sorpresa. Él asintió con la cabeza.

—Cierra los ojos y pon las manos hacia arriba —pidió.

Le hice caso sin protestar, solo esperaba que no fuera un gusanillo lleno de tierra como ocurrió el año pasado. Noté como algo muy ligero se posaba en mis palmas y abrí los ojos curiosa. Era una margarita.

—¡Oh, qué bonita! Muchas gracias cariño. Ven que la tita te de un beso —abrí los brazos para él y enseguida se acomodó entre ellos. Deposité un sonoro beso en su mejilla antes de separarme—. Y toma, bebe un poco de agua antes de volver a jugar.

Mateo agarró la botella con sus manitas y bebió tal y como yo le había dicho. Era un niño de lo más obediente, nunca daba problemas. Susana había hecho un trabajo increíble, la gente que decía que las madres solteras no serían capaces de criar a sus hijos estaban muy equivocados. Mi sobrinito corrió de vuelta a los columpios y yo observé la bonita flor. Cuando Mateo creciera volvería locas a todas las chicas si tenía detalles así con ellas. Además de porque sería guapísimo, claro está. Me puse la margarita en el pelo, tras la oreja, y seguí pendiente de que mi niño no se fuera a hacer daño.

Había otros pequeños pululando por el parque, pero muchas de sus madres hablaban entre ellas y tan solo les miraban de vez en cuando para comprobar que sus hijos seguían ahí. Eran las típicas que de tanto venir se habían hecho amigas. Yo nunca me acerqué a ellas, porque solían mirarme con compasión, como si Mateo fuera mi hijo y yo hubiera cometido un error tan joven que me había fastidiado la vida. Mateo nunca sería un estorbo, ni para Susana, ni para mí. A mí me encantaba cuidar de ese niño, era mil veces más educado que los de las arpías esas.

AARON ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora