30. Imprevistos desagradables.
BRIDGET
Quería vomitar.
La reunión con con William, el padre de Aaron, había ido bien. Supongo que el hecho de que viera que había ayudado de manera indirecta a la empresa apaciguó su posible molestia por mi retraso. Aún así, y después de salir de su despacho, tenía un fuerte nudo en el estómago que me dificultaba respirar con normalidad.
Apoyé las manos temblorosas en el lavamanos y observé mi reflejo en el espejo. Ya no era esa chica en su último año de instituto a la que asaltaron, pero todavía seguía manteniendo ciertas secuelas. Ahora, a cada situación de estrés moderado mi cuerpo reaccionaba de una manera totalmente exagerada.
El psicólogo dijo que era porque, inconscientemente, mi cerebro aún rememoraba aquel trágico suceso. Sus manos deslizándose sin cuidado ninguno por mi cuerpo, rompiendo parte de mi camiseta y provocándome algunos moretones por la fuerza con la que clavaba sus dedos en mi carne. Él verbalizando en voz alta todas las cosas que le gustaría hacer conmigo para cobrarse el dinero que no me pudo robar.
—Bridget me estoy empezando a preocupar de que no salgas —advirtió Aaron desde el otro lado de la puerta. Quiso venir a preguntarme cómo había ido, pero yo le dije que necesitaba un momento y me metí de cabeza en el baño—. Enserio, me importa bien poco entrar en el aseo de mujeres.
Abrí la puerta antes de que su paciencia se agotara e hiciera justo lo que había amenazado con realizar. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo en busca de algún desperfecto o daño que no encontró. Por ello, tenía un semblante ceñudo.
—Estoy bien —me adelanté a su pregunta—. ¿Qué nos toca hacer ahora?
Mi pregunta consiguió hacer que se olvidara del tema, lo que me provocó un gran alivio. No quería tener que ponerme a dar explicaciones, mucho menos contar algo que me afectaba tanto.
—A mí mucho trabajo —informó—. Pero tú tienes el resto del día libre. Creo que a Brooke le gustaría verte, puedo buscar a un chofer o podrías esperar a que terminase y...
—Me quedo contigo —aseguré—. Puedo intentar ayudarte, así acabarías antes. Prometo irme si resulto ser un cero a la izquierda.
Levanté el meñique para sellar mi palabra, pero él parecía muy perdido mientras observaba mi dedito.
—¿Pinky promise? —probé a decir, por si aquello le daba alguna pista.
Por su expresión diría que no.
—¿En serio? ¿No sabes lo que es? —bufé decepcionada.
—¿Debería saberlo?
—¡Sí! Es una manera de sellar una promesa. Y pase lo que pase no puede romperse —expliqué. Aaron permaneció mirando mi dedo que aún seguía en el aire—. Ahora se supone que tú entrelazas tu meñique con el mío para sellar la promesa.
Finalmente pareció captarlo, aunque no lo veía muy convencido.
—¿Estás segura de que no te acabas de inventar eso? —inquirió camino a su despacho.
—Claro que no, si tú no tienes cultura general no es mi problema.
Me encogí de hombros con una pequeña sonrisa y me adentré en el despacho. Él permaneció a mi espalda, cerrando la puerta. Su espacio de trabajo era un lugar amplio, con mucha iluminación natural y una gran estantería de libros. ¿Serían todos de finanzas?
—De acuerdo, ¿quién fue el fundador de la bolsa? —preguntó, llegando a mi lado. Giré sobre mis talones para encararle, era un mal perdedor.
—Esa es una pregunta trampa, no la fundó nadie como tal —repuse.
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AARON ©
RomansaBridget es alegría, entusiasmo y corazón. Aaron, egocentrismo y chulería. Tan sólo basta una mirada a través de la barra para que dos mundos completamente distintos se unan. ¿Pero cómo reacciona un hombre acostumbrado a tenerlo todo al rechazo? ¿...
