El tiempo ha pasado demasiado rápido y de pronto solo quedan unos días para mi cumpleaños.
Aunque todo el Castillo se muestra feliz por el acontecimiento, yo no lo estoy. Porque no quiero hacer lo que se supone es mi deber como Princesa.
Me levanto de la cama y me tomo mi tiempo para asistir al desayuno, intentando hacer todo lo más despacio que puedo. Pero cuando miro el reloj de la mesita de noche compruebo que solo he tardado diez minutos más de lo normal.
Suspiro y me cambio para ir al comedor.
—Al fin apareces— dice mi padre al verme, con un humor más simpático del habitual; frunzo el ceño mientras me siento— Ha habido un cambio de planes respecto a presentarte en sociedad.
Se hace silencio y, por una vez, mi sonrisa hacia él no es fingida.
—¿Eso significa que ya no tendré que asistir a eso bailes ni conocer a ningún Príncipe?— pregunto llena de esperanza.
Pero ésta se marchita con su contestación.
—No tendrás que asistir a esos bailes porque vendrán todos a tu fiesta de cumpleaños. Así celebraremos ambos eventos a la vez.
El tenedor cae de golpe sobre el plato. Miro a mi madre, pero permanece en silencio; como siempre en éstas situaciones, es mi padre quien manda.
Sigue hablando, pero ya no le prestó atención. Mi mente está ocupada pensando en cuán estúpidos son cada uno de los protocolos que, como herederas al trono, tenemos que seguir sin rechistar.
—No voy a hacerlo— me escucho decir completamente sería—. No voy a conocer a ninguno de esos Príncipes y mucho menos a casarme con uno de ellos. Puedo reinar yo sola.
Aunque le sostengo la mirada, sé que sabe que por dentro tengo miedo de su reacción.
—No estoy diciendo que debas casarte para poder gobernar— dice muy despacio, como si se lo estuviese explicando a una niña pequeña— Sólo que necesitamos las alianzas de algún otro reino para poder sacar adelante al nuestro.
Levanto una ceja, sorprendida.
—Si te preocupases una mínima parte por tus súbditos que por tu poder, no sería necesaria ninguna alianza— contesto antes de levantarme y abandonar la habitación.
Camino a paso rápido hacia la cocina y, una vez en ella, empiezo a buscar ingredientes con los que preparar algo de comer para la gente del pueblo.
Casi dos horas después, pido a dos doncellas que me ayuden a llevar las cestas con comida al carruaje.
—¿Está segura de ésto, Alteza?— pregunta una de ellas cuando estoy a punto de subir—. Sabe que si su padre se entera las consecuencias serán terribles.
Me giro hacia ella e intento tranquilizarla mostrando mi mayor sonrisa, pero sin evitar recordar la última vez que desobedecí a mi padre y algunas doncellas me ayudaron a ello porque se lo pedí: yo solo estuve sin poder salir, pero ellas recibieron miles de latigazos por parte del mayordomo y estuvieron casi un mes sin comer ni beber, haciendo de todos modos sus tareas diarias. Fue ahí cuando hice el trato con mi madre de que podía ir al pueblo, siempre y cuando fuera acompañada por los guardias.
Pero ésta vez, si hablo con ellos, avisarán a mi padre y las chicas volverán a sufrir por mi culpa; así que debo mantenerlo en secreto por obligación.
—Tranquila— digo envolviendo una de sus manos con las mías—. No permitiré que os haga daño a ninguna de las dos.
Ésta asiente, no muy convencida, antes de hacerle una seña al cochero para decirle que ya podemos partir.
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Once upon a Princess (Reales I)
De Todo*Historia sin corregir* Érase una vez una Princesa... Que luchaba para que las cosas fueran bien.