CAPÍTULO 46

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—Perdón, mamá. El profesor de Educación Física nos ha castigado porque a un tonto se le ha ocurrido faltarle al respeto y no obedecerle. Nos ha tenido corriendo diez minutos después de que sonara la campana. Si a eso le sumamos el tiempo que tardo en ducharme y volver a la taquilla para coger los libros que me hacen falta...Cada vez me sorprendía más lo perspicaz que era poniendo disculpas. Mamá me miró seria y respondió:

—Ya sabes que no me gusta que uses esos adjetivos. Mi madre tan sutil como siempre calificando a los insultos de adjetivos negativos. Y entonces volví a disculparme asintiendo con la cabeza:
—Perdón, mamá. —Decidí cambiar la conversación aunque no sabía si aquellas palabras iban a ser para bien o para mal. —¿Hay alguna novedad? Ya nos encontrábamos de camino rumbo a casa. Mamá respondió sin apartar la mirada de la carretera.
—Si me preguntas por tu hermano, no, aún no sé nada. Y si lo haces por tu padre, tampoco. Ya sabes que desde que nos divorciamos siempre lo he querido lejos, y cuanto más, mejor. Si quieres noticias de él, tendrás que ir a visitarle. Mamá era tajante en sus convicciones. Sabía que no la haría cambiar de opinión. Si había decidido no interesarse por papá, no lo haría, no importa lo que yo le dijera. Una vez llegamos a casa, mamá fue directamente a cocinar mientras yo subía al cuarto a dejar las cosas. Mi intuición estaba empezando a fallar, creía que tendríamos una comida muda, pero sin embargo, contra todo pronóstico fue de lo más estimulante.

—¿Te vas a presentar al concurso este año? Apenas quedan dos semanas y si lo haces, deberías tomarte tu tiempo para ensayar.
—No lo sé, no creo. —Hice una mueca con la cara acompañando a la negativa.
—Deberías hacerlo. Siempre dices que cantas mal, pero yo te he escuchado hacerlo en la ducha y no es cierto, Ale. Además, en ese concurso califican tres de las cosas que se te dan fenomenal. Con aquella confesión sabía a qué tres cosas se refería: escribir, cantar y tocar el piano. Entonces por último añadió: —El talento se hizo para usarlo, ¿para qué quieres un reloj de sol a la sombra? Y aunque me había convencido con aquella frase de Benjamin Franklin no estaba teniendo en cuenta que cantar y tocar delante de todo el instituto era un reto para mi. Sin embargo, aquellas palabras que dejé salir después eran una de las pocas verdades que mamá escuchaba de mi boca.
—Lo pensaré.

Lo cierto es que el año pasado ni el anterior siquiera me había planteado participar. Y aunque este año dudaba hacerlo, de veras sentí las palabras que le había dicho a mamá. A las dos semanas del día de la moda, en aquel mismo instituto se celebraba el día del talento. O, como se llamaba en realidad: <<Talent's Show.>> <<El espectáculo de los talentos.>> La temática era fácil, no importaba si era gente en solitario o eran bandas, tampoco si eran canciones originales o covers, pero sí o sí tenías que cantar la canción en inglés. Era el único requisito que se pedía. Y aunque yo no lo sabía a ciencia cierta, suponía que se debía a que el artista tendría más posibilidades para proyectarse en el extranjero. Fuera como fuese, sabía que tenía el suficiente nivel de Inglés como para componer una canción y la suficiente habilidad en las manos como para acompañarla de un piano. Pero no estaba segura de hacerlo. En los dos años anteriores tampoco se había presentado Julia, cosa que me resultaba un tanto extraña después de haberla escuchado cantar en aquel aula. ¿Por qué no lo habría hecho? ¿Su padre la tendría a raya? Recordemos que su imperio de la moda necesitaba una heredera y dudaba mucho que su padre hubiera pensado en Stefany para hacerlo cuando saltaba a la vista que Julia era la mejor candidata para el puesto.

—Pero piénsalo, ¿eh? —Insistió mamá. Ella sabía que yo ya estaba plenamente convencida de no subirme a aquel escenario. Ya le había dicho que no creía que lo haría, y ella mejor que nadie sabía que, al igual que ella, era muy difícil hacerme cambiar de opinión.
—Que sí. —Respondí. Y tras haberle hecho saber que consideraría su propuesta, subí a mi cuarto. Pero mientras subía las escaleras se me ocurrió revisar el  cuarto de mi hermano, tal vez hubiera dejado alguna pista de a dónde había ido. Entré sigilosamente mientras mamá seguía abajo, cerré la puerta con más cuidado aún y empecé a registrarlo. Empezando por los cajones de su escritorio, siguiendo por los de sus mesitas y terminando en su armario. Nada. Miré bajo su colchón y no había más que cartas, seguramente, de todas las cosas bonitas que había visto en Alma. Me agaché y miré debajo de la cama, había algún que otro calcetín pero nada más. No había dejado ni una sola pista y, al parecer, tampoco se había llevado equipaje ya que toda su ropa seguía en el armario. Empecé a preocuparme. ¿Y si no se ha ido por propia voluntad? ¿Y si alguien se lo ha llevado? Después me pegué una bofetada mentalmente y me contesté: <<¿Quién querría secuestrar a mi hermano y por qué? >> Y de nuevo volví a responderme: <<Arruinarle la vida a su hija es un buen motivo para secuestrar a alguien. O incluso matarlo.>> Era inevitable no pensar lo peor. Su móvil no daba señal desde el mediodía de ayer, no había dejado ninguna nota, ni le había dicho a nadie donde iba. Aquella situación empezaba a saturarme. No tenía al Doctor Salinas como un sádico secuestrador, y posiblemente ni siquiera supiera que su hija estaba embarazada, pero necesitaba buscarle el sentido a la desaparición de mi hermano y aquello era lo único que se me ocurría. Después caí en cuenta en los padres de Tony, que seguramente también querrían venganza. Y como nadie sabe lo que haría en una circunstancia de semejante calibre, igual habían contratado a un matón para que le pegara otra paliza similar a la que él le pegó a su hijo y lo dejara tirado en alguna cuneta, sin posibilidad de que le atiendan en un hospital e intenten salvar su vida. En vista de que no encontré nada, salí del cuarto, cerré la puerta y me metí al mío. Me encontraba sentada en el escritorio, escribiendo algo cuando mamá tocó a la puerta y entró.

—Ale, tenemos que hablar. —La seriedad en su rostro era bastante notable.
—¿Qué pasa, mamá? —Respondí tranquila, como si no supiera lo que estaba apunto de contarme.
—Los Gómez me han llamado.—Después de oír aquellas palabras aunque me quise remover me contuve para quedarme quieta, entonces mamá prosiguió: —Tony está muy grave en el hospital. Al parecer tu hermano le dio una paliza después del entrenamiento. Y juro que en aquel momento no sabía qué decir, ni cómo actuar. Pero aún así seguí con mi actuación:
—¿Pero se va a recuperar?
—No lo saben. Lo que sí saben es que van a denunciar a Alex y, muy posiblemente, acabe en la cárcel. <<Acabará en prisión si le encontramos.>> —Discurrí. Y tras una breve pausa añadió: ¿¡En qué estaba pensando tu hermano!? ¿¡Es que no ve que se ha arruinado la vida!? —Me reprochaba mientras acompañaba el reproche de gestos con la mano. <<Y eso que aún no sabes que vas a ser abuela.>> No pude evitar sonreír al pensar aquello. Mamá se enfadó más y siguió arremetiendo contra mi: —¿¡Te parece gracioso!? ¿¡Qué es lo que te hace tanta gracia!? De inmediato me puse seria y contesté:
—Nada, mamá, lo siento. —Dije mientras agachaba la cabeza en señal de vergüenza.
—Yo que me desvivo por vosotros...¿y así me lo pagáis? <<¡Pero si yo no he hecho nada!>> —Respondí a sus palabras en mi mente. Nunca la había visto tan enfadada, ni siquiera cuando discutió con papá por su aventura con Lisa. Y después de aquellos reproches, me informó sobre algunos datos de la investigación de los que se había apropiado como abogada. —Voy a ir a la policía a denunciar la desaparición de Alex. Ya han pasado más de veinticuatro horas. ¿Vienes o te quedas? Aquel ofrecimiento a acompañarla no sonó tan amable como acostumbraba, el enfado se notaba hasta en el timbre de la voz.

—No, voy a ir a visitar a papá. —Mentí.
—Bueno, entonces me voy. —Y se fue sin cerrar la puerta como solía hacer. Al cabo de quince minutos, escuché cerrarse la puerta principal. Entonces me alisté y me fui. Y aunque estaba lejos, empecé a caminar rumbo a la casa de Julia. Al cabo de veinticinco minutos caminando sin parar, por fin avistaba su casa a lo lejos. Se notaba que aquella casa apartada rodeada de muros no era la casa de cualquiera. Ésta vez no me hizo falta llamar al timbre, ya sabía por dónde ir. Así que rodeé la casa y llegué a la puerta por donde Julia me había sacado la otra noche. Una vez dentro y vigilando que no me viera nadie, caminé un poco más y me escondí dentro de unos setos altos. La ventana de la habitación de Julia estaba justo arriba. Necesitaba hacerme de alguna piedrecita o algún objeto similar para tirárselo al cristal de la ventana. Así que miré al suelo pero en aquel jardín no había ni rastro de piedras, ni de ningún objeto parecido. Lo que sí que había era una manguera. Entonces me puse a cavilar. <<Abrir el grifo llamaría mucho la atención. Descartado. ¿Y si la elevó tirándola al aire? Si no está atenta a la ventana probablemente ni la vea. Descartado. >> Y después de segundos de romperme la cabeza, di con la idea. Desenrosqué la boquilla y fue eso mismo lo que tiré a la ventana, tratando de no hacer mucha fuerza para no romper el cristal. Y tras unos segundos escuché cómo se abría la ventana y yo, por miedo a que me pillaran seguía en los setos pero mirando hacia arriba. Primero Julia miró hacia el frente y después hacia abajo.

—Te voy a tener que enseñar a usar una manguera. Las piezas se ponen, no se quitan. —Se burló mientras acomodaba la cabeza en la palma de sus manos a la par que sus brazos estaban doblados con los codos posados en el marco de ésta.
Entonces me moví para recoger aquella boquilla, la introduje en la manguera, corrí para abrir el grifo, corrí de nuevo antes de que saliera el agua por la manguera y la agarré. La elevé con mi brazo derecho extendido por encima mío a la altura del cuello, y mientras el agua corría de manera suave por mi cuerpo, me tocaba el cuello de manera provocativa con la mano libre. Y aquella blusa blanca mojada empezó a transparentar mi ropa interior. En ese momento tiré la manguera, y seguí tocándome el cuerpo. Y ver la cara de Julia era un deleite.

—¿Por qué me haces esto? Aunque sabía a que se refería, le contesté con mi habitual astucia.
—Para demostrarte que sí sé usar una manguera. —Sonreí satisfactoriamente.
—Está bien, tú ganas, pero ahora tienes que irte. —Después de pronunciar aquellas palabras, Julia se giró rápidamente, como si alguien hubiese entrado en su habitación. Al cabo de dos minutos, cerró la ventana y sin decir absolutamente nada se fue. Y como yo no tenía nada que hacer allí, hice lo mismo.

Fuera de lugar Donde viven las historias. Descúbrelo ahora