Colin y Gwendolyn solo tiene una cosa en común: el amor al arte. Él, bajista de una banda en ascenso. Ella, pastelera en un negocio que va ganando renombre. Pese a su éxito personal, la vida no siempre les sonríe.
Gwen tiene mala suerte en el amor.
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COLIN
Gwendolyn me odia.
Sus ojos cafés almendrados me observan sin rastro de emoción, su ceño está fruncido y sus mejillas sonrojadas. No dice nada y yo tampoco, tan solo la miro intentando descifrar por qué he sido tan estúpido con ella en los últimos días. Prácticamente la acosé hasta obtener su número y luego no hice nada. No le envié un mensaje, no la llamé, no la seguí en redes, ni siquiera le envié una señal de humo. Soy un cobarde con todas las letras y aun así creo que he hecho lo correcto al acercarme esta mañana.
Harley no tuvo que decir mucho para tenerme corriendo hacia el elevador en un intento desesperado de encontrarme con ella. Quiero pedirle disculpas, ver si tengo alguna oportunidad, tantear el terreno o algo; a pesar de mi motivación, todavía no digo nada.
—Gwen.
—Colin.
—¿Cómo estás?
Su mirada confirma lo que ya sé: soy un idiota.
—Bien, gracias por preguntar —suelta con duda y su mirada vuelve al frente, a la salida—. ¿Y tú?
—También. —Me aclaro la garganta con la finalidad de tragarme las dudas y el miedo—. Espero no estar molestándote, solo quería hablar contigo. Cuando Lee me dijo que estabas en el edificio, supe que tenía que verte.
—¿Y eso por qué?
Su ceño fruncido se alisa y me hace creer que me queda una valiosa última oportunidad.
—Quiero disculparme contigo.
—¿Por qué precisamente? ¿Por asustarme recién? Casi te golpeo, ¿sabes? No soy buena manejando el miedo y sé que la violencia no es la solución, pero es un reflejo.
—Lo lamento —digo con rapidez—. Debería haber sido más ruidoso.
—Es bueno ser silencioso. —Mis ojos no pueden hacerse a la idea de que me está sonriendo, pero así es, sus comisuras se han elevado y me enseña sus dientes en un gesto tierno y amable—. ¿Por qué querías disculparte entonces?