Colin y Gwendolyn solo tiene una cosa en común: el amor al arte. Él, bajista de una banda en ascenso. Ella, pastelera en un negocio que va ganando renombre. Pese a su éxito personal, la vida no siempre les sonríe.
Gwen tiene mala suerte en el amor.
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COLIN
Los hombres lloran.
Los hombres sienten.
Y los hombres también necesitan expresar sus emociones.
Que Gwen haya entendido eso, que me haya consolado cuando todo el peso de lo que sucedió y lo que está sucediendo fue demasiado significó el mundo para mí. Me abrazó hasta que dejé de llorar como un niño pequeño. Me besó cuando logré tranquilizar mi mente y luego encontró una manera de distraerme con su parloteo incesante.
Si escuchó que le dije que la amaba, no entró en pánico. Si no lo escuchó, creo que es mejor porque quiero que el recuerdo de la confesión sea más dulce, con menos lágrimas y sin tanto drama. Aunque, casi siempre, los planes no salen según lo esperado.
Sé que lo que siento por ella es real, que encuentro paz a su lado y que disfruto cada momento compartido.
Ahora, en la terraza del departamento y con la ciudad a nuestros pies, no puedo dejar de mirarla. Es una mujer increíble. Me encantaría que pudiera verse a través de mis ojos y así nunca dudaría de ella. Vería cuánto la quiero, cuánto significa para mí, cuánto valoro su compañía y opinión. Vería que no soy más que un idiota enamorado que no puede creer que tiene a su lado a semejante mujer.
—¿Crees que, si tiro una moneda desde aquí y golpea a alguien, podría causarle la muerte?
—Tienes una clase de pensamientos extraños —contesto con diversión, sin poder apartar la mirada de ella.
—Es una pregunta válida. Estamos muy alto. ¿Unos cincuenta metros?
—Te diría que lo intentáramos para comprobar tu teoría, pero no quiero ser el responsable de una posible muerte.
—No importa. —Se encoge de hombros y vuelve a recostarse a mi lado en la mullida manta que hemos llevado al exterior—. Seguro en «Cazadores de mitos» tienen la respuesta y no tendremos que asesinar a nadie para saber que yo tenía razón.
—Estás muy convencida. Al parecer debajo de toda esa belleza y dulzura, hay una asesina —la molesto.
—Ya sabes lo que dicen, las que lucen tranquilas son las peores. —Sus hermosos ojos almendrados se encuentran con los míos y sonríe—. Soy una maldita dulzura.