Colin y Gwendolyn solo tiene una cosa en común: el amor al arte. Él, bajista de una banda en ascenso. Ella, pastelera en un negocio que va ganando renombre. Pese a su éxito personal, la vida no siempre les sonríe.
Gwen tiene mala suerte en el amor.
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GWEN
Lo incierto nunca ha sido para mí. Soy una controladora, por eso me gusta tanto la pastelería porque todo tiene que ser perfecto y seguir un orden para que el resultado final valga la pena. Se necesita disciplina, atención al detalle y una buena dosis de paciencia. Lo último no es del todo mi fuerte, pero con los años he aprendido a tener un poquito más.
Ahora, la paciencia se ha ido de mi cuerpo, así como la pastelería y el control. No he abandonado mi profesión por completo, sigo creando en la cocina de mi novio y haciendo unos pocos pedidos, mayormente sencillos, aprovechando el tiempo libre y el espacio. Me ayuda a tranquilizar mis nervios y a concentrarme en lo positivo, como que pronto volveré a tener mi negocio funcionando y que la inauguración de la segunda cafetería está cerca.
Aun así, no puedo decir que esté siendo yo al cien por ciento. Estar sola en casa de Colin se siente extraño. El espacio es demencialmente grande y el silencio puede llegar a ser tan profundo que me cala hasta los huesos; me hace pensar y eso es lo que quiero evitar a toda costa.
Pensar significa recordar. Recordar es sinónimo de que el terror me vuelva a invadir y, al final, termino pasando la noche en vela porque todo sonido me produce ansiedad.
La psicóloga a la que estoy yendo me ha dicho que el primer paso es aceptar lo que siento y es difícil cuando los sentimientos son tantos, se superponen y quieren reclamar su lugar. Confusión. Tristeza. Miedo. Enojo. Odio. Añoranza. Y detrás de todo ello, esperanza. Tengo que aferrarme a este último, lo sé y es lo que intento hacer cada mañana al despertar y cada noche que paso con la mirada fija en el techo.
—¿A qué hora tienes tu vuelo, cariño?
Pestañeo para salir de mis pensamientos y me concentro una vez más en la imagen de mi novio que ocupa toda la pantalla de mi laptop. Está en la habitación de un hotel y esta noche tienen un concierto. Quedan pocos para que la gire termine y si fuera una mejor novia, una que pudiera concentrarse en algo más que la incertidumbre, estaría contando los días hasta su vuelta. Ni siquiera sé en qué ciudad está hoy y eso me hace sentir peor.
—Al mediodía —respondo e intento esbozar una sonrisa—. Mis padres no saben que voy a ir y creo que eso es algo bueno, ¿sabes?