Colin y Gwendolyn solo tiene una cosa en común: el amor al arte. Él, bajista de una banda en ascenso. Ella, pastelera en un negocio que va ganando renombre. Pese a su éxito personal, la vida no siempre les sonríe.
Gwen tiene mala suerte en el amor.
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GWEN
He fantaseado durante mis horas de trabajo cómo sería dormir en la cama de Colin y despertar entre sus brazos, en su cómoda cama y con una sonrisa tonta en mis labios. Lo he fantaseado tanto que en este momento no puedo creer que sea mi realidad. En verdad estoy en su habitación usando su camiseta como pijama y respirando el mismo aire que él, sus brazos me rodean y mi oreja se encuentra contra su pecho por lo que puedo escuchar el tranquilo latido de su corazón.
Ambos estamos despiertos, lo sé porque su respiración es más rápida que hace unos minutos y también porque acaricia con tranquilidad mi brazo desnudo. No hablamos, casi como si temiéramos romper el momento, como si soltar una palabra fuera sinónimo de romper la magia. ¿Y cómo podría si ahora somos más que amigos y hemos pasado una noche maravillosa?
—Buenos días, Col —susurro armándole de valor para salir de nuestra burbuja de ensueño—. ¿Qué tal dormiste?
Echo mi cabeza para atrás y encuentro que está sonriéndome con esa dulzura que lo caracteriza, pero además luce caliente porque su cabello está despeinado, sus ojos entrecerrados y está semidesnudo. Es mi novio, menuda suerte.
—Buenos días, Gwen. Maravillosamente. ¿Y tú?
—Estupendo.
Pese a que odio los besos matutinos, no puedo evitar estirarme hasta alcanzar sus labios. Es solo un pico, un roce rápido y que dura poco, aun así, es todo lo que necesito para estar sonriendo como idiota si es que no lo estaba haciendo ya.
—¿Quieres desayunar? —le pregunto.
—Siempre quiero desayunar.
—Entonces creo que es hora de levantarnos. ¿Qué dices? ¿Yo preparo el desayuno y tú ordenas la habitación?
—Me parece un trato justo.
Es su turno de besarme y adoro tanto este momento que no quiero separarme de él por nada en el mundo. Sin embargo, lo hago, me alejo de sus brazos y de la calidez de su cuerpo, me siento sobre la cama y estiro mis músculos porque estoy tan contracturada como cuando iba al gimnasio.