Se separaron. Ella tomó el camino de la derecha, y él tomó el de la izquierda. Pero olvidaron que el mundo es redondo.
Libro 2 de la saga Imparable | Max Verstappen.
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Abby
Con la llegada del final de la temporada, llegaron las vacaciones. Y con ellas, la esperada ecografía en la que nos dirían el sexo del bebé. Max se había levantado aquella mañana más temprano de lo normal, y era más que obvio que era por los nervios. Apenas era capaz de mantenerse quieto durante más de dos minutos seguidos. Daba vueltas por la casa, murmuraba, hablaba para si mismo y se lamentaba de cada cosa que no le salía bien.
-No encuentro las putas llaves del coche -se quejó llevándose una mano a la cabeza, revolviendo su cabello.
Sonreí mordiéndome el labio inferior para intentar ocultar el gesto, pero en el fondo me hacía gracia verlo tan nervioso. No era algo normal ver a Max así, y saber que se debía a que se moría por saber el sexo del bebé me hacía sentir completamente feliz.
-Están en el mueble de la entrada, Max -respondí al ver que era incapaz de encontrarlas. Me miró con el ceño fruncido y se dirigió al lugar que le había indicado. Efectivamente, estaban allí. -¿Puedes tranquilizarte un poco, por favor? -pedí con un tono de voz divertido cuando vi cómo jugaba con las llaves entre sus manos antes de guardarlas en el bolsillo del pantalón.
-No sé cómo lo haces -dijo sacando la pastilla contra las náuseas y el hierro que tenía que tomar todas las mañanas. Si no fuese por él, estaba segura de que me habría olvidado de tomarlas más de una vez. No pondré el embarazo como excusa; siempre había sido extremadamente olvidadiza.
-¿El qué? -pregunté antes de llevarme las pastillas a la boca y dar un largo trago de agua.
-No sé cómo puedes estar tan tranquila -sonreí inconscientemente, pues para Max era realmente descabellado el hecho de que no me encontrase igual de impaciente que él.
-Pues... porque, después de muchos días, me encuentro bien, no tengo náuseas, no tengo mareos, hace sol, y en tres días nos vamos de vacaciones -le recordé, pues había logrado convencerle de que, si la ginecóloga nos decía que podíamos hacerlo, fuésemos a algún lugar.
Y habíamos escogido Saint Barth. Y lo habíamos hecho principalmente, porque se trataba de una isla en el medio del Caribe; un lugar en el que apenas había gente y nadie podría molestarnos en nuestras últimas vacaciones antes de convertirnos en padres. Aquello era exactamente lo que ambos necesitábamos: pura tranquilidad.
-Max, relájate -pedí al ver que hasta le temblaba el pulso cuando echó un poco de zumo en un vaso.
-Joder, estoy nervioso, ¿vale? -protestó antes de dar un largo trago a la bebida.
-Quién te ha visto y quién te ve, Verstappen. Cuando te conocí eras un maldito capullo...
-¿Y ahora?
-Ahora sigues siendo un maldito capullo que ha madurado ligeramente.