XLIL.

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Max

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Max

Vi cómo Abby cerraba su ordenador portátil realmente cansada y, a la vez, extremadamente desanimada. Era ya el tercer día de juicio y, tras muchas negociaciones y justificaciones debido a su estado, por fin le concedieron la oportunidad de continuar desde nuestra casa en Mónaco.

-¿Cómo estás? -pregunté llevándole un taza de chocolate caliente, dejándola encima de la mesa de su despacho.

-Cansada de todo esto -respondió con una pequeña sonrisa al ver la taza. Pasé una mano por su cabello, peinándolo ligeramente antes de dejar un beso sobre su cabeza. -No puedo creer que todavía sigamos con este puto juicio cuando es más que evidente todo lo que ha hecho Ethan.

Suspiré, porque sabía que no había nada que yo pudiese hacer para que se sintiese mejor. Lo único que necesitaba Abby en aquel momento era que terminase aquella tortura del juicio. Nada más.

-No voy a sentirme segura hasta que esté en la cárcel, Max. Si descubrió mi dirección de Inglaterra, también puede hacer lo mismo con esta casa. Y si nos encuentra...

-Abby, para -pedí al ver que, poco a poco, su respiración comenzaba a ser cada vez más agitada. -Estás a salvo aquí. No puede hacerte nada...

Esta vez fue ella la que suspiró. Había pasado días intentando convencerla de que todo iría bien, que no había nada que Ethan pudiese hacerle. Y, aún así, a diario se despertaba en medio de la noche, a veces gritando, con la respiración agitada y, bastante a menudo, llorando. Las pesadillas habían vuelto y abrazarla en medio de la noche mientras ella lloraba desconsolada se había convertido en una rutina.

Pero era una rutina que me estaba matando poco a poco. Ver a Abby tan vulnerable de nuevo cuando ya se había recuperado, me estaba matando lentamente. Creí en algún momento que jamás la volvería a ver así, y allí estábamos de nuevo. Ella destrozada y yo consolándola. Y era desolador.

-¿Estás bien? -pregunté alarmado al ver cómo llevaba rápidamente una mano a la barriga, abriendo sus ojos de par en par.

-Dame la mano -pidió, y yo obedecí de inmediato. Una pequeña sonrisa se formó en su rostro cuando tomó mi mano y la llevó también a su vientre no sin antes levantar la camiseta que llevaba puesta ese día.

-¿Qué pasa? -pregunté desesperándome, agachándome para estar a su altura.

-Espera... -pidió con un tono suave, algo que me tranquilizó rápidamente.

Esperé unos segundos, frunciendo el ceño, porque no entendía qué estaba pasando. Los últimos días había estado en alerta constante debido a su estado de nerviosismo y las pesadillas.

En el mismo momento en el que estaba abriendo la boca para pedirle por favor que me dijese qué estaba pasando, lo noté. Fue un pequeño movimiento, un golpe prácticamente imperceptible que me cortó la respiración. Sonreí como un idiota, levantando la mirada para encontrarme con los ojos de Abby, cargados de emoción y, por fin, de alegría. Sentí que se me saldría el corazón del pecho de lo rápido que latía, lleno de amor.

Incontrolable | Max Verstappen +18 (Imparable Libro 2)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora