Se separaron. Ella tomó el camino de la derecha, y él tomó el de la izquierda. Pero olvidaron que el mundo es redondo.
Libro 2 de la saga Imparable | Max Verstappen.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Estos últimos meses me he dado cuenta de cuántas personas han leído esta historia, así que quería daros las gracias a todos aquellos que me habéis apoyado tanto. Y he pensado también que quería darle un mejor final a la historia de Max y Abby, así que allá vamos 🧡
-----------------------------------------
Cancún, México
Abby
-¡Buenos días, mamá! -la voz de Max me despertó de mi sueño, y lo hice con una enorme sonrisa.
Abrí los ojos poco a poco, y entre sus brazos traía a Maddie. Tenía ya tres años, y estaba preciosa. Llevaba puesto su bañador favorito; uno de unicornios que Christian y Geri le habían regalado.
Maddie había resultado ser la copia exacta de su padre, aunque en los últimos meses su cabello había empezado a tomar un color rojizo parecido al mío. Y no era en lo único que nos parecíamos. Nuestros carácteres habían resultado ser bastante similares. No había en ella nada de la impaciencia o el temperamento de Max. Era una niña realmente tranquila.
-Dale los buenos días a mamá y a Liam -susurró Max a nuestra hija, dejándola sobre la cama para que pudiese gatear hasta donde yo estaba acostada.
E hizo lo que hacía todas las mañanas desde que supo que tendría un hermanito pequeño: dejó un beso sobre mi barriga, aquella que apenas sobresalía. Sonreí, completamente hipnotizada ante aquella imagen. Ver a Maddie feliz, a pesar del desconcierto inicial al no entender cómo podía haber un bebé en mi barriga, era algo que me hacía sonreír cada mañana.
-¿Cómo te encuentras, cariño? -preguntó Max acercándose a mi, reclinándose ligeramente sobre la cama para dejar un beso sobre mis labios.
Jamás me cansaría de aquella sensación, de cómo sus labios rozaban los míos cada mañana para darme los buenos días.
-Genial. Este niño se está portando bien conmigo -susurré cuando Maddie bajó de la cama y salió correteando de la habitación. -¿Cómo estás tú?
Hacía apenas tres días que Max se había retirado. Había sido en Red Bull y, probablemente, antes de lo esperado para los fans. Había conquistado seis mundiales y, a pesar de que el coche de ese año había sido uno de los mejores, Max había tomado aquella decisión a principios de temporada. Lo tenía muy claro.
Cada vez echaba más de menos estar en casa, conmigo y con Maddie. Cada carrera, cada semana que tenía que marcharse, cada despedida, era cada vez un poco más difícil. Y, con la noticia de la llegada de Liam, todo se precipitó. Decidió que era suficiente, que ya no tenía la misma pasión ni las mismas ganas de seguir ganando. Tan solo quería estar en casa. Esa casa que compró a mis espaldas, como sorpresa de final de carrera.
Y allí estábamos, en nuestro nuevo hogar en Cancún. Me lo había prometido en aquel viaje que habíamos hecho todos juntos. Había dicho que, si me gustaba, podríamos tener una casa en aquel lugar. Y así lo había hecho.
Era una casa realmente grande, de esas en las que te pierdes los primeros días porque no sabes ni dónde estás. Pero, a pesar del enorme tamaño, no se sentía sin vida. Sentía que era nuestro hogar. Era acogedora aún cuando la mayoría de muebles no habían ni llegado. Más adelante me di cuenta de que se sentía un hogar porque nosotros estábamos allí, juntos. No necesitábamos nada más si nos teníamos los unos a los otros.
-Estoy bien. En casa -respondió Max posando su mano sobre mi vientre.
-Lo echarás de menos en cuanto empiece la nueva temporada. Lo sabes, ¿verdad?
-Cuando empiece la nueva temporada estarás a pocos días de dar a luz. Dudo mucho que esté preocupado por la Fórmula 1 -bromeó acostándose a mi lado cuando Maddie volvió a entrar en la habitación, esta vez con su koala de peluche que Daniel le había regalado en nuestro último viaje a Australia.
-No tienes porqué preocuparte por mi, Max. Este embarazo es diferente. Estoy bien.
Lo dije para tranquilizarle, pero también porque era verdad. No me encontraba mal, no tenía náuseas, no tenía dolores, dormía horas y horas... Todo estaba bien, aunque Max siguiese preocupado por nuestra experiencia con Maddie.
-Daniel y Heidi llegarán en un par de horas -dijo Max tomando a nuestra hija en brazos, ayudándola a subir a la cama.
-¡Oli! -exclamó ella sonriente, feliz porque sabía que venía su mejor amigo. Se habían convertido en inseparables, y la verdad era que no me extrañaba. Se habían criado prácticamente juntos, compartiendo tanto tiempo como si fuesen hasta hermanos.
-Esta niña está obsesionada... -susurró Max mientras Maddie jugaba con su peluche, completamente ajena a nuestra conversación.
-Es el destino... -bromeé, pues el mayor miedo de Max era que, algún día, cuando Maddie y Oliver fuesen mayores, terminasen siendo algo más que amigos. Según él, bastante tenía con aguantar a un Ricciardo.
-Mi niña estará soltera toda la vida...
-Claro que sí, mi amor. Claro que sí.
♕
-¿Ves? Son inseparables... -bromeé, aunque era totalmente cierto.
Oliver y Maddie corrían en el jardín trasero de la casa. Nos habíamos quedado con el pequeño para que Daniel y Heidi pudiesen tener una cita como dios manda después de meses y meses sin poder estar a solas.
Max y yo lo teníamos más fácil, sobre todo cuando estábamos en Inglaterra. Christian y Geri se morían por quedarse con Maddie siempre que estábamos de visita, así que para nosotros era más fácil tener un rato a solas.
-Lo que me faltaba ya; aguantar a otro Ricciardo... -dijo pasando un brazo por encima de mis hombros.
Estábamos sentados en las escaleras que daban acceso al jardín trasero de la casa, viendo cómo los niños correteaban con la puesta de sol de fondo. No se me ocurría un plan mejor que aquel.
-¿Te das cuenta de que en unos meses estaremos así? Seremos cuatro en casa -susurró antes de dejar un beso sobre mi cabeza.
-Será una casa de locos, Max. Espero que estés preparado -reí de tan solo imaginar cómo sería volver a pasar por todo el proceso, el despertar cada dos horas para darle de comer a Liam, al cansancio, a cambiar pañales... Y, por más difícil que pudiese parecer, me moría porque sucediese.
-Pero ahora seremos dos hombres contra dos mujeres en casa. Ya no estaré solo -rio dejando otro beso sobre mi cabeza. -¿Te das cuenta de que, hace cuatro años, nos dimos cuenta aquí, en Cancún, de que queríamos algo más? Cuando pensamos que podías estar embarazada, no sentí miedo.
-Yo estaba histérica -reí apoyando la cabeza en su hombro.
-Yo me dI cuenta de lo enamorado que estaba de ti y de las ganas que tenía de formar una familia contigo.
Nuestras miradas se encontraron, y ese azul tan claro y a la vez tan profundo de sus ojos me llenó el alma. Siempre me había fascinado la manera en la que me miraba, con tanta intensidad, como si pudiese ser la última vez.
Sin darme más tiempo a reaccionar, su boca se encontró con la mía de una forma suave pero arrebatadora. Siempre era así cuando nos besábamos, de forma intensa a la vez que pausada. Era como si nos rehusásemos a separarnos.
-Me muero por pasar el resto de mi vida a tu lado, Abby.
-Por más vértigo -dije levantando mi copa, aquella en la que tan solo había agua y que estaba apoyada en uno de los escalones del jardín.
-Por más calma -dijo él chocando nuestras copas, besándome tan solo un segundo después.
Y es que en aquello se había convertido nuestra vida: en una mezcla perfecta entre vértigo y calma, con un toque de aroma a lavanda.