Se separaron. Ella tomó el camino de la derecha, y él tomó el de la izquierda. Pero olvidaron que el mundo es redondo.
Libro 2 de la saga Imparable | Max Verstappen.
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Abby
-Joder, me encanta esto -susurré casi en un gemido, sentada sobre la cama mientras las manos de Max masajeaban mi espalda. Aquella situación se había vuelto una tradición cada noche antes de irnos a dormir. Y no podía gustarme más.
-Ahora ya se te nota la barriga desde atrás -dijo acariciando mi cintura a medida que sus manos iban bajando lentamente.
Tenía razón. Había crecido tanto que ya era prácticamente imposible evitar que se notase. Pero era normal. Eran seis meses de embarazo, y ya se había vuelto una costumbre sentir a Maddie todo el rato. Las manos de Max siempre se quedaban sobre mi barriga hasta que sus párpados se cerraban, presos del sueño.
-¿Te ha gustado el masaje? -preguntó después de dejar un beso sobre mi hombro desnudo, tumbándose boca arriba en la cama para que yo pudiese ponerme la camiseta blanca del pijama.
-Me ha encantado, como todas las noches -respondí tumbándome a su lado.
-¿Crees que se moverá? -preguntó Max levantando ligeramente la camiseta para poder tocar la piel de mi barriga. Sonreí embobada con aquel gesto; como siempre que lo hacía. Verlo tan dedicado a nosotras me llenaba de orgullo.
-Igual si tomo algo con azúcar... -siempre sucedía así. Cuando comía algo que tuviese bastante azúcar, Maddie comenzaba a moverse como una loca. Max entendió el mensaje en una milésima de segundo, y se levantó de la cama prácticamente corriendo, en busca de algo que pudiese comer.
Volvió rápidamente con algunas gominolas cubiertas de azúcar, aquellas que a mi tanto me gustaban y, por lo que parecía, a Maddie también, pues fue tan solo cuestión de minutos lo que tardó en empezar a moverse dentro de la barriga. Reí cuando lo hizo, dando una gran patada que se reflejó en mi vientre y que hizo que Max abriese los ojos enormemente por la sorpresa.
-Se va a parecer a su padre, eso está claro -bromeé devolviéndole la bolsa de gominolas pues sino estaba segura de acabaría comiéndolas todas. Esos últimos días estaban teniendo que controlarme al máximo, pues mi ansia por la comida había llegado a unos niveles estratosféricos.
-¿Insinúas algo? -preguntó con una sonrisa graciosa y sus cejas enarcadas.
-¿Yo? Para nada... Solo que los Verstappen tenéis cierta tendencia hacia la agresividad...
-¿Te recuerdo cómo me tratabas cuando empezamos a trabajar juntos?
-Mejor no -contesté arrancándole una carcajada. Sus manos pasaron de acariciar mi barriga a envolver mi cuerpo en un abrazo.
Apoyé mi cabeza en su pecho, escuchando los latidos de su corazón y relajándome poco a poco hasta que mis párpados se fueron cerrando lentamente. Sus labios se posaron sobre mi cabeza mientras peinaba mi cabello con sus propias manos. Me quedé dormida en sus brazos sin poder remediarlo, y con una sonrisa dibujada en mis labios