LVI.

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Max

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Max

-Tranquilízate de una vez, joder -exigió Christian mientras el ascensor comenzaba a ascender.

Por fin estaba de vuelta en casa y, en apenas unos segundos, vería a Abby de nuevo. Y me moría de ganas, pero también de miedo. Las fotos de aquella noche habían corrido como la puta pólvora, incluida una que me habían tomado mientras la rubia exuberante me hablaba al oído.

-Me va a mandar a la mierda, Christian... -susurré observando los pisos en la pantalla del ascensor. Tan solo quedaban cuatro hasta llegar a nuestra planta y ya sentía mis piernas temblar.

-Tiene toda la pinta, la verdad... -dirigí mi vista hacia él, que levantó los hombros en señal de resignación. Pero tenía razón. Me iba a mandar a la mierda en el mismo instante en el que abriese la puerta de casa. De hecho, no descartaba que me tirase a la cabeza lo primero que encontrase.

-¡Pero si me dijiste que Abby me entendería!

-Tenías una carrera por delante, pero ahora puedo ser completamente sincero: te va a cortar las pelotas...

Con la mano temblorosa, tomé la llave de casa en cuanto se abrió el ascensor y, después de varios intentos por meterla en el cerrojo, la abrí. Mi sorpresa fue cuando encontré a Abby en la cocina, de pie, bebiendo un vaso de agua. Se suponía que debía estar acostada, no andando por la casa.

-Estás en pie -fue lo primero que se me escapó, con la voz temblorosa.

Su mirada se clavó en la mía, y fue tan fría como el mismísimo hielo. Me dolió. Esperaba un grito, un reproche... pero que no me hablase y simplemente me dedicase aquella mirada cargada de dolor, me dolió en el puto alma.

Ni siquiera dijo una palabra. Apartó la mirada, que se dirigió al suelo mientras una de sus manos fue a parar a la barriga. En esas dos semanas había crecido tanto que la camiseta blanca que llevaba puesta, a pesar de ser holgada, se levantaba ligeramente hacia arriba. Y no era para menos; estaba embarazada de ocho meses. La ropa se le había quedado pequeña y había empezado a robarme la mía. Tanto era así, que también había tomado los pantalones de chándal grises que llevaba puestos.

-La doctora Brown le ha dicho que ya puede levantarse -respondió Geri al ver que mi pelirroja se negaba a contestar.

De nuevo, volvió a caer un silencio incómodo que tan solo se rompió cuando Christian carraspeó para que su mujer se acercase a él para darle un abrazo después de tantos días separados el uno del otro. Y así se suponía que debíamos estar Abby y yo pero, en cambio, nos encontrábamos mirándonos el uno al otro; sin ningún signo de una muestra de cariño.

-¿Cómo estás, cariño? -preguntó Christian dirigiéndose a Abby, la cual le dedicó una mirada rápida para volver a dirigirla al suelo. Miré al inglés, que tan solo suspiró. -Creo que es mejor que os dejemos a solas...

Incontrolable | Max Verstappen +18 (Imparable Libro 2)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora