Esa mañana, durante toda la clase de francés que nos dio la hermana María de las Nieves,aunque mi cuerpo estuvo allí presente, la mayor parte del tiempo mi espíritu viajó al verano aquel, cuando yo aún vivía con mi madre. En mi recuerdo, todas nuestras actividades eran maravillosas.
Estamos navegando para dirigirnos más abajo, hacia el sur. Me acomodo en la parte delantera de la canoa, mamá va detrás y, sin decir palabra, juntos remamos. Nuestros movimientos son lentos y los remos se sumergen en el agua a un mismo ritmo. Por ambos lados de nuestra embarcación, el paisaje des- fila en silencio, majestuoso como en el comienzo de los tiempos. Los pinos, los abetos, los cedros y los abedules murmuran con el viento y en sus ramas se refugian una multitud de aves. Las aletas de mi nariz tiemblan al percibir con placer los olores resinosos del bosque.
Soy feliz y aún no lo sé.
– ¿Qué ves, Jonás? – me pregunta mi madre.
– Veo el cielo y, más abajo, los árboles y los pájaros.
– Dime sus nombres.Le recito los que sé y de esa manera mi madre "me toma la lección".
Nuestro manual es la naturaleza y, como tal, no tiene un número de páginas definido. Las clases cambian día con día y cada una me resulta útil al instante.
– Allá hay un abedul
– Y qué puedes hacer con él?
– Con su savia, puedo preparar un jarabe y disolverlo en agua caliente para obtener un té con sabor a bosque.
– Muy bien. ¿Y este otro? – me pregunta ella.
– En primavera, podemos comer sus brotes.
– ¿Y en invierno?
– ¡Hacemos una infusión con sus hojas!
Ante mi entusiasmo, mi madre ríe, y su risa, aguda y clara, llena todo el cielo.
Encallamos nuestra canoa en una ribera dorada y después metemos los pies en la arena húmeda. Me refresco con el agua y los granos pequeños me masajean las plantas de los pies, se meten entre mis dedos. Disfruto cada una de esas sensaciones
– Busca los agujeros pequeños en la arena– me dice mi madre.
Y así comienza el juego. Pronto localizo las huellas del mapache junto a las conchas vacías de los mejillones. Y al escarbar en los agujeros que el animal aún no ha visitado, hallamos nuestro alimento.Es momento de hacer un alto en la orilla.
Cuando terminamos de comer, mi madre canta, y su voz se mezcla armónicamente con los suspiros del viento...
– ¡Número cinco! ¡Al pizarrón!
Volví de inmediato a la realidad gris del salón de clases. Con los ojos bien abiertos, miraba a la hermana María de las Nieves como si la viera por vez primera. La cofia blanca que rodeaba su rostro pálido y aquellos hábitos pesados la hacían ver como una extraña ave nocturna.
– ¡Número cinco! – insistió.
Y por un minuto me dio la impresión de que ella croaba.
– Voy, hermana.
Había escuchado la lección sólo en parte, pero yo era bueno en francés y completé las terminaciones de los verbos sin dificultad.
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Lagrimas de Bosque
Teen FictionEsta historia no es mía todos los derechos a su autor en realidad le quiero dar popularidad aquí a la autora Nathalie Bernard la verdad esta historia me encanto bástate espero que les guste. Jonás acaba de cumplir dieciséis años, lo que significa qu...
