Sansón, Gabriel y yo nos encaminamos hacia el taller de carpintería. El viento cargado de nieve no dejaba de soplar. Los copos se nos estrellaban en las mejillas, la nariz y la espalda como si quisieran tumbarnos en el suelo y disolvernos en el paisaje. Me daba la impresión de que el bosque deseaba estar solo y de que hacía todo lo posible por rechazarnos. De hecho, Bella, la perra husky de Sansón, no estaba con nosotros. Atenta a su instinto, había preferido quedarse bajo techo.
Te entiendo perfectamente, bosque. ¡Si yo pudiera hacerlo, también soplaría viento helado sobre aquellos que me agreden cada día!, pensé mientras sentía cómo me ardían las puntas de los dedos.
– Les advierto: ¡no quiero holgazanes aquí! Con tormenta o sin tormenta, ¡vinimos atrabajar! – anunció nuestro capataz.
Empuñé mi hacha, luchando contra el viento, para hundirla en uno de los troncos marcados con una cruz anaranjada. A pesar de los copos que me impedían ver bien, el golpe fue contundente y preciso.
– ¡Muy bien, Jonás!
La voz ronca de Sansón sonaba a mis espaldas. Él era el único adulto que no nos llamaba por nuestro número. Decía que no lograba memorizar un número por cada uno de nosotros y que, además. Los nombres no eran sólo para los perros.
– ¡En cambio tú, Gabriel, eres un inútil! – agregó dirigiéndose al increpado.
– Es por mi hacha... la hoja no tiene filo...
– ¡Ay pobrecito! ¿No funciona?
– No... Está... No tiene filo – repitió Gabriel.
– ¡Pues intercambiala con la de Jonás!
Con la espalda medio encorvada, Gabriel se me acercó. Yo sabía que él tenía dieciséis años,pero no los aparentaba. Su crecimiento parecía haberse interrumpido en cuanto llegó al internado. Media una cabeza menos que yo y le faltaban algunos kilos. Luego de la muerte de los dos leñadores aprendices, Séguin le había endilgado el trabajo en el bosque, pero la verdades que no era lo suyo... Cuando le pasé mi hacha, entrecerró los ojos y un gesto de disgusto se dibujó en su cara. Tomó la herramienta y se plantó con las piernas un tanto separadas y el torso tan recto como se lo permitía su constitución.
A pesar de sus esfuerzos, su postura seguía siendo torpe y llevaba tres intentos, es decir, al menos dos más de lo que ya exigía el capataz...
– ¡Anda! ¡Dale duro! ¡Tengo más cosas que hacer!
Tembloroso, Gabriel alzó el hacha por encima de su cabeza la estrelló contra el tronco.
¡Clonc!
La corteza no cedió.
Al contrario, la fuerza del choque hizo que él cayera de espaldas. Quedó sentado sobre el suelo, las nalgas en la nieve, la cara roja de vergüenza.
– ¡He visto muchos inútiles! ¡Pero tú te los llevas a todos! – dijo Sansón burlonamente.
Noté que Gabriel tenía los ojos llorosos, y cuando nuestras miradas se cruzaron, desvié la vista para no incomodarlo aún más.
– ¿Sabes algo? Ya me harté... Mejor ve y tráenos café.
Gabriel se dio vuelta con la espalda aún más encorvada; su cara estaba pálida a pesar de su piel bronceada de inuit. Al caminar en dirección a la cabaña del capataz, una ráfaga de viento hizo que se tambaleara.
– ¡Espera! ¡Primero devuélvele su herramienta! – le gritó Sansón, evidentemente enojado.
Gabriel regresó y con paso lento recogió el hacha que estaba al pie del árbol. Me la entregó con un gesto brusco y hiere la mano. Logré evitar la hoja y tomé herramienta. Él infló los cachetes e hizo una mueca. Sus ojos cargados de odio me miraban fijamente. Creí que me iba a decir algo, pero sin decir palabra se dio media vuelta.
Por un momento me quedé viendo su silueta que se alejaba hasta desaparecer entre las borrascas de nieve, y reanudé el trabajo.
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Lagrimas de Bosque
Ficção AdolescenteEsta historia no es mía todos los derechos a su autor en realidad le quiero dar popularidad aquí a la autora Nathalie Bernard la verdad esta historia me encanto bástate espero que les guste. Jonás acaba de cumplir dieciséis años, lo que significa qu...
