Es temprano, tal vez las cinco de la mañana. Voy solo al bosque para poner unas trampas. Esos momentos de soledad me hacen feliz. Mi nariz se abre y respiro los perfumes orgánicos del humus, los olores metálicos del agua, y los aromas dulces y azucarados de las bayas maduras. De cuando en cuando me quedo quieto para escuchar los ruidos del ambiente: el pico de un pájaro carpintero que golpea un tronco, el grito agudo y repetitivo de un halcón, una liebre que huye o el zumbido de una abeja.
Hace calor. Me dirijo al manantial para refrescarme y entonces, la descubro... Está lavando su larga cabellera, tan negra y azulada como el plumaje de un cuervo. Cuando me ve llegar no se perturba. Sólo me mira con sus bellos ojos oscuros. En ese momento me siento torpe, no le dirijo la palabra y simplemente me quedo ahí plantado.
Petrificado.
Finalmente, ella me pregunta:
– ¿Quién eres?
– Jo... Jonás.
– Me llamo Estela.
Mientras veo en detalle sus labios brillantes y sus pómulos salientes, repito para mí ese nombre lleno de promesas.
– Nunca te había visto, Jonás... ¿No vives en la reserva?
– Eh, no... Vivo... en otra parte – le contesto con una voz apenas audible.
– ¿Ah, sí?-dice con asombro.
En seguida nota mi recelo, ríe y mete la cabeza en el agua clara.
Como yo, Estela tenía diez años.
Como yo, los bosques eran su refugio.
Nuestro encuentro era evidente.
El siguiente mes lo pasamos juntos: cazamos, nos bañamos en el agua fresca y comimos arándanos dulces a puños, antes de los osos los descubrieran. Reímos y reímos, y más de una vez que dormimos bajo las estrellas, llenos de felicidad, leyendo el cie- lo como si en él contempláramos el mapa de nuestras almas. Durante esas noches felices, rodeados de silencio, a ratos yo retenía la respiración para escuchar el ritmo lento de la suya. Varias noches me mantuve despierto, espiando las sombras, atento a las estelas fulgurantes de las estrellas fugaces, como si algo me dijera que eso no iba a durar mucho... y que debía aprovecharlo al máximo...
Muchas veces, al amanecer, los ojos me picaban; en cuanto los frotaba la niebla se despejaba. El cielo se enrojecía hacia el este y explotaba en una gama de tintes rosados. Estela abría los ojos, se estiraba, feliz, y apretaba su cuerpo tibio contra el mío antes de levantarse de un salto para regresar a la reserva.
Habría deseado que esos momentos duraran por siempre.
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Lagrimas de Bosque
Ficção AdolescenteEsta historia no es mía todos los derechos a su autor en realidad le quiero dar popularidad aquí a la autora Nathalie Bernard la verdad esta historia me encanto bástate espero que les guste. Jonás acaba de cumplir dieciséis años, lo que significa qu...
