D - 48 (9:00)

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Esa noche, el viento se detuvo repentinamente y se instaló el silencio. Cada año era más omenos lo mismo. Muy pronto, el hielo empezaría a fundirse y el aumento de la temperaturaproduciría una niebla casi permanente que anunciaría la llegada de la primavera y, después, eltan esperado verano.

Las nueve. El segundo domingo de cada mes, todos los in- ternos debían formarse en dosfilas, en una los niños, en otra las niñas, y esperar su turno para entrar en el confesionario. Yallí, debíamos confesar nuestros pecados y rezar para pedir perdón.

¿Perdón de qué?

Pues siempre hay un motivo. 

Y si no, hay que encontrar alguno... 

Al igual que la mayoría de nosotros, yo odiaba entrar en esa caseta de madera paraarrodillarme frente al sacerdote. Detestaba los ojos brillosos de Séguin y su voz pegajosa conla que nos ordenaba recitar múltiples oraciones durante el día; odiaba su frente blanca yhúmeda y sus dedos largos que acariciaban despacio la empuñadura plateada de su célebrebastón. Por eso me sentí aliviado cuando la hermana Clotilde gritó: 

 – ¡Esta vez la confesión de los niños será una semana después de la de las niñas! ¡Niños, alsalón de clase!

– Me habría gustado que fuera lo contrario – me dijo en secreto Lucía que estaba cerca demi lado izquierdo.

No le contesté. De haber podido, habría tomado su lugar ese día, pero ya los otros chicossalían de la habitación y yo debía seguirlos a pesar mío. Mientras me alejaba, vi que ella mirabacon angustia hacia la puerta como si el solo hecho de hacerlo pudiera darle la oportunidad deescapar por ahí.

Como de costumbre, la clase de historia me hizo enojar. Cuando la daba el padre Tremblay meparecía interesante. ¡Pero las clases de la hermana Clotilde parecían tener como objetivodespertar en nosotros un sentimiento de odio hacia nuestros ancestros! Nos atosigaba con lacantaleta de la supuesta violencia de nuestros antepasados, a quienes ella llamaba "lossalvajes", y nos mostraba fotos de víctimas y de sacerdotes degollados o escalpados...

A las diez y media, cuando acabó la clase, me hervía la sangre. Caminé rápidamente por elcorredor que llevaba al refectorio; iba muy irritado. Me urgía que pasara ya la hora de comerpara poder desahogarme en el bosque. Pero me crucé con Lucía. Iba corriendo hacia lasescaleras y ocultaba su cara con un brazo. La detuve y cuando volteó hacia mí, el corazón seme aceleró.

– ¿Qué pasa, Lucía?

Le temblaban los labios, pero no dijo nada.

Angustiado, eché un vistazo alrededor, la jalé hacia un pequeño corredor adyacente. Y ahí,intenté tranquilizarla:

– No tengas miedo... Dime lo que sucede... 

Sin pronunciar palabra, cerró fuertemente los ojos y unos lagrimones corrieron por susmejillas protuberantes y se estrellaron en el piso. Ahí se formó una miríada de puntitos negrosy brillantes. Me arrodillé para estar a su altura, la agarré de los hombros buscando su mirada.

– No tenemos mucho tiempo, ¡dímelo, por favor!

Con la punta de su zapato talló el suelo como para borrar sus lágrimas. Le tembló de nuevoel labio inferior y pude ver que estaba levemente herido.

– ¿Lucia? 

 – QUIERO QUE LO MATES! – soltó finalmente, y sus ojos se llenaron de un oscurocoraje.

– ¿A quién? – le pregunté, sorprendido por su repentina violencia.

– A la Víbora! ¡MÁTALO!

– ¿Por qué?

PORQUE SI

– Espera... No hables tan fuerte.

¡NO ME IMPORTA SI ME OYEN!

– Cálmate... ¡Tienes que explicarme!

Lucía se mordió el labio y lamió la sangre ya coagulada. Hizo un gesto de asco al sentir elsabor metálico y contestó con voz temblorosa por la desesperación:

– Cuando llegué me cortaron el pelo, me aplicaron un producto anti-piojos que me picaba enlos ojos, quemaron las ropas que mi madre me había cosido y me obligaron a poner – me otrasque no tenían alma... Y yo seguí sonriendo.

Al escucharla, recordé ese terrible momento cuando me sentaron en un taburete y lahermana María de las Nieves me cortó el pelo por primera vez. Sin poder hacer nada, vi cómocaían al suelo las largas mechas de mi cabello y a través de mis ojos nublados por las lágrimascreí ver unas sanguijuelas alrededor del taburete...

Arrebatada por la emoción, Lucía empezó a llorar como un bebé. Intenté acariciarle laespalda para calmarla, pero me rechazó con firmeza.

– Me prohibieron hablar en mi lengua, me castigaron cuan- do se me escapaba alguna queotra palabra. ¡Y pusieron un número a todas mis pertenencias: mi ropa, mi cama, mis sábanas,mi pupitre y mi pluma! ¡Incluso mi cuerpo! ¡Pero yo... no dejé de sonreír!

– Lo sé, Lucía.Ella sacudió la cabeza.

– Me dieron una comida inmunda, me separaron de mi familia, me pusieron unas orejas deburro cuando no aprendía rápidamente... y seguí sonriendo.

Por un momento se calló, y después se talló fuertemente los ojos.

– ¡Pero esta vez, ya no puedo más! ¡Quiero que se muera! ¡A cambio te daré la parte de micomida, les robaré galletas a las hermanas para ti, haré lo que quieras!

Una gruesa lágrima se deslizó por su mejilla.Me miraba fijamente con sus grandes ojosnegros, esperando mi respuesta.

– No puedo hacer nada si no me dices qué te hizo, Lucía...

– ¡No, número cinco... jamás te lo diré! ¡Jamás!

¿Número cinco? ¿Acaso nunca le dije mi nombre?

Me sentí agobiado y quise aclarar aquello de inmediato, pero una voz aguda nos interpeló.Erala hermana Clotilde.

– ¿Qué hacen ustedes dos aquí? ¡Sepárense de inmediato y vayan con los demás al refectoriosi no quieren quedarse sin comer!

Lucía me lanzó una última mirada suplicante y, con los hombros encogidos, ambosobedecimos en silencio.

Entramos al refectorio con un enorme peso en el corazón, y nos sentamos cada uno ennuestra mesa. Poco después, Séguin entró y con un solo gesto nos hizo callar. Yo veía cómo semovían sus labios, pero no lo escuchaba. Las palabras de Lucía resonaban dolorosamente en miinterior y no me atrevía a imaginar lo que le había hecho el sacerdote...

Los oídos me zumbaban al tiempo que los cubiertos entrechocaban rítmicamente. Con elestómago hecho nudo, agarré la cuchara para llenarla de aquella papilla blancuzca. Pero almomento de llevarme a la boca la cucharada de engrudo, mi mirada se topó con la de Lucía.Estaba sentada dos mesas después de la mía, su rostro estaba pálido y ella, muy seria, tiesacomo una "i", me miraba fijamente.  

Lagrimas de BosqueDonde viven las historias. Descúbrelo ahora