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Por lo general las reuniones urgentes se hacían en el refectorio o en la capilla, pero en esta ocasión, la hermana María de las Nieves nos llevó al exterior, cerca de las tumbas congeladas.

Las otras dos hermanas y el sacerdote se encontraban ahí, frente a nosotros.

– ¿Están todos aquí?-preguntó la Víbora.

La hermana María de las Nieves lo confirmó. El padre Séguin hizo una pausa y en seguidaretomó la palabra, exaltado:

- ¡Vean bien, hijos míos! Esto es lo que les sucede a los imprudentes que intentan escapar de nuestra casa...

El padre y las hermanas se hicieron a un lado y un murmullo de horror recorrió la asamblea.Los más pequeños irrumpieron en llanto. Yo había llegado al final, y con los codos me abrípaso para ver qué ocurría.


Los tres niños encogidos en el suelo, temblorosos. Sus manos y pies congelados. Las caras hinchadas.


– Estos imbéciles se salvan de una epidemia de gripa y justo después, ¿qué es lo que hacen?¡Se escapan en plena tormenta... sin tomar en cuenta que aquí tienen techo y comida! ¿Ustedescreen que eso es ser inteligentes? – preguntó Séguin, quien no parecía preocupado porlibrarlos de su sufrimiento.


– ¡NO! – contestaron los internos en coro.

Para dar tiempo a que sus palabras penetraran en las mentes de todos, el sacerdote se calló

un instante. El viento que soplaba, helado, parecía incitarnos a despertar, a rebelarnos, pero nonos movíamos... Sacudiendo la cabeza con aire grave, Séguin añadió:


– ¡De no ser porque los cazadores los encontraron, se habrían muerto! ¡Ya les hemosrepetido que aquí estamos lejos de todo! ¡Bien saben que no hay NINGUNAOPORTUNIDAD de escapar!, ¿no es cierto?


– ¡Sí, padre! ¡Ninguna oportunidad!


Yo por mi parte, movía los labios haciendo como que respondía a sus preguntas, pero noemitía ningún sonido. Cerca de mí, Lucía abrazaba a su hermanito. Vi que por la rabia letemblaban los brazos. Y de pronto, estalló:


– ¡Es una tortura! ¡Llévenlos adentro y atiéndanlos!


Todos voltearon a verla, estupefactos. Orgullosa y muy erguida, miraba fijamente a laVíbora con el mismo odio que antes había manifestado en el dormitorio y que ya no pudocontener. El sacerdote apretó los labios y le lanzó una mirada tan malévola que la obligó abajar la vista. Sentí que el corazón se me helaba cuando vi que en los finos labios de Séguin sedibujaba una leve sonrisa...

Lagrimas de BosqueDonde viven las historias. Descúbrelo ahora