ACERCA DEL BOSQUE

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A lo largo de ocho mil años el bosque ha presenciado un sinnúmero de cacerías. Lobos que desgarran la piel delgada de una cierva joven para devorar luego sus entrañas; un mapache que decora a una liebre; un puma que se lanza sobre un castor y entierra sus restos para cuando falte el alimento; una serpiente que engulle a un ratón de campo... Cantidad de animales que se han devorado unos a otros con el único fin de subsistir. Y el bosque, a menudo, ha absorbido aquella sangre con sus raíces.

Junto con toda esa fauna, subrepticiamente habían llegado unos hombres de piel y cabello oscuros, y poco a poco se habían acoplado con el entorno y se habían fundido con él para poder establecerse allí. Ellos también habían cazado al caribú, habían pescado en los ríos, habían recolectado bayas y plantas para curarse. Esos hombres creían que al comer la carne de los animales adquirían sus características. Por lo tanto, se las arreglaban para no hacer sufrir al animal cuando lo mataban y no olvidaban darle las gracias por los órganos y la carne obtenidos, pues no desperdiciaban nada del cuerpo sin vida; lo usaban todo.

Así, este bosque había sido testigo de muchas cacerías, pero rara vez había presenciado una tan terrible como la que hicieron cuatro cazadores blancos en aquel invierno. 

Cuando descubrieron las huellas del animal, un alce joven de gran tamaño, mandaron a sus perros tras él, y ellos se dividieron en dos grupos: los hermanos gemelos eran los que acechaban y estaban encargados de derribar al animal, mientras que el jefe y su ayudante se habían instalado, con sus rifles cargados detrás de unos abetos en paciente espera de que llegara aquél. Para camuflarse, habían tenido la precaución de cubrirse de lodo. De esta manera, el animal no podría percibir su olor y no podría escapar. Los hombres, inmóviles, temblaban de impaciencia. No se cansaban nunca de matar. La caza formaba parte de su vida cotidiana, pero esto no impedía que al hacerlo experimentaran una sensación de poder casi divino...

Los ladridos se acercaron, y fue como si la carrera desaforada de los perros alterara el clima: el viento sopló repentina- mente e hizo temblar el follaje. El animal dejó de comer hierba, alzó de repente la cabeza, atento al ruido. Con su largo hocico peludo husmeó el aire ansiosamente y de inmediato echo a correr. La jauría le pisaba los talones, pero él tenía una ventaja: su constitución y sus patas largas le permitían correr más rápido que ellos. La adrenalina que corría por sus venas aceleró el ritmo de sus grandes patas y también su ritmo cardiaco.

Correr. Correr hasta que el peligro desaparezca.

Salió el disparo y él no lo sintió en seguida, pero sus patas traseras se doblaron. Después, por más intentos que hizo, no pudo levantarse. Ya los cuatro perros husky lo tenían rodeado, con los hocicos espumeantes y poseídos de una rabia sin control. El alce hizo un último intento por levantarse, pero su cuerpo cayó pesadamente sobre el suelo congelado y su instinto le dijo que, desafortunadamente, el fin se acercaba. A través de su visión borrosa distinguió al cardenal que se había posado justo arriba de él, en la punta de un pino. Su canto resonaba como una alarma: "¡Huye! ¡Huye!", pero era demasiado tarde.

Los cazadores ya estaban ante él. 

– Le doy el tiro de gracia? – preguntó el ayudante, apuntando con el rifle a la cabeza del animal.

El jefe sacudió la cabeza.Se agachó lentamente y fijó sus ojos negros en los ojos enloquecidos de la bestia. Sin dejar de mirarlo, pronunció estas palabras:

– Hay que hacerlo sufrir un poco más, te recuerdo que el padre Séguin prefiere la carne dura... 

Una borrasca de viento recorrió el bosque, semejante a un largo lamento. 

Lagrimas de BosqueDonde viven las historias. Descúbrelo ahora