RECUERDO FELIZ

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Mamá y yo montamos y desmontamos sin cesar nuestro campamento. Según la estación del año, nos refugiamos bajo un wigwam o una carpa más ligera.

Pero nuestro verdadero hogar es el bosque.

Por la noche, después de cenar y guardar todo, nos quedamos un momento afuera. Escuchamos el viento entre los árboles, los últimos cantos de los pájaros, y observamos cómo el cielo va cambiando del rojo al negro pasando por una cantidad de tonalidades color naranja. Al caer la noche, la bóveda celeste se cubre de una multitud de puntos brillantes. Algunos en grupos, otros aislados. Observamos en silencio la Vía Láctea y mi madre me cuenta sobre lo que ve.

– Allá arriba está Kitski Manitu, el Gran Espíritu. Él es el soplo de vida y penetra en todos lados bajo su forma de viento – me dice ella.

– ¿Y dónde está el dios de los cristianos?

Me cuesta trabajo comprender que no todos tenemos el mismo dios y mi madre intenta tranquilizarme sobre ese punto.

– Creo que el dios cristiano y Kitski Manitu son uno. Es sólo que les damos nombres distintos – me dice.

– ¿Y cómo hago para hablar con el Gran Espíritu?

– Di tu plegaria a un pájaro y él volará hasta dónde esté él...

Las riquezas más grandes no nos pertenecen, pero siempre están a nuestro alcance. 

Lagrimas de BosqueHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora