Eran las dos cuarenta de la tarde cuando, con el viento en contra, acomodaba los troncos en el remolque y reconocí sus aullidos. La mula empezó a rebuznar y Bella, que andaba por ahí, se me acercó gimoteando. ¡Se escuchaba como si fuera una jauría infernal! Y, sin embargo, sólo se trataba de cuatro cazadores acompañados de sus cuatro perros que enseñaban los dientes y respondían a los dulces nombres de Tornado, Tormenta, Taiga y Tifus. Al recordar a este último, sentí la necesidad de sobarme la marca que había en mi mano a causa de sus mordidas...
– ¿Los escuchas? ¡Ya vienen! – me gritó Sansón nada contento.
– ¿Y por qué tan pronto? – le pregunté y sentí una tensión en la nuca y en la espalda.
– Quién sabe... En todo caso, de haber sabido que vendrían hoy ¡le habría ordenado a Gabriel que de inmediato reparara la idiotez que hizo! Se van a enojar cuando vean lo imbécil causó... – predijo Sansón.
¿Enojarse? ¡Se van a poner locos de rabia!
Cuando llegué al taller, comprendí por qué Gabriel se resistía a venir. Estaba avergonzado de su fracaso y de una forma u otra había obtenido un permiso excepcional para ir solo al taller, al amanecer. Se había empecinado con un árbol menos grueso que el del día anterior. Por desgracia, se encontraba demasiado cerca de la cabaña de los cazadores. Peor aún, Gabriel había calculado mal su golpe y éste, al caer, había desprendido buena parte del techo. En cuanto escuchó el estruendo, Sansón había acudido, pero ya era demasiado tarde: el mal estaba hecho...
– Este imbécil. ¡Mejor se hubiera quedado aplastado ahí debajo!
Apenas si escuché la voz de Sansón. Estaba concentrado en la tormenta humana que se aproximaba a nosotros, a toda velocidad.
– No tengo ganas de denunciarlo – continuó diciendo Sansón – Pero como bien sabes, Jonás,para estos tipos es necesario un culpable, siempre.
Para aminorar la angustia que me invadía, me dispuse a contar los leños. Sabía que cabían exactamente ciento veinticinco en el remolque. Lo cual quería decir que me quedaban treinta y dos por cargar y que de seguro no terminaría a tiempo para no encontrarme con los cazadores...
A las tres de la tarde apareció la jauría. Los dos grupos de arrastre levantaban una nube de polvo al pasar. Los perros iban a toda velocidad y cuando los conductores frenaron los grandes trineos, derraparon y se detuvieron en seco cerca de la cabaña dañada. Algunos de los perros cayeron al chocar entre ellos, y hubo un concierto de quejidos que duró unos segundos. Tifus y Tornado, los dos guías, fueron los primeros en levantarse. Nos dirigieron unas miradas malévolas y comenzaron a gruñir y a babear. Preferí concentrarme en los rasgos angulosos de sus amos: Moras, los dos gemelos, Cilas y Colas, a quienes siempre confundía, y el jefe, Gordias.
Odio a ese tipo.
Esto era lo que pensaba siempre que lo veía llegar y también cuando se marchaba. Era un tipo fornido, con ojos semejantes a los de un oso, brillantes como dos canicas, y una barba tupida y cubierta de escarcha. Gordias siempre me había parecido in humano. Cuando se bajó del trineo pude ver que en la parte trasera yacía el cadáver de un alce joven. Por como estaban dispuestas sus patas, en ángulos extraños, pude adivinar qué tanto lo habían maltratado... Estaba echado sobre un costado en la lona bajo la cual, seguramente, había más animales muer tos, y se notaba que lo habían amarrado de cualquier manera.
– ¿Qué es todo este desastre? – lanzó Gordias en un tono de voz grave.
– Sólo es un chico nuevo que no sabe cortar árboles... ¡Mira! ¡Justo aquí está! – le contestó Sansón señalando a Gabriel, que nos traía un buen litro de café hirviente.
Al ver a los cazadores, el pobre chico se puso lívido e intentó darse la vuelta.
– ¡No tan rápido, salvaje! ¿Tú hiciste eso? – gruñó Gordias. Gabriel se detuvo en seco, luego se dio la vuelta lentamente, con la espalda y los hombros encogidos.
– Eh... no lo hice a propósito – dijo espontáneamente y pensó que quizá eso sería suficiente.
De inmediato Gordias empezó a reír, pero fue una risa breve e irónica. Mantuvo la boca abierta por un momento, mostrando su dentadura en estado lamentable, y le lanzó una mirada colérica.
– "No lo hice a propósito!" – dijo imitándolo con voz quejumbrosa.Se acercó a Gabriel y lo pescó del cuello. Al ver esto, sus compañeros se rieron.
– ¡Me vas a arreglar esto y rápido! ¡O si no, le ordeno a mi perro que te arranque las tripas!La cara de Gabriel se tornó lívida. Aterrado, encogió aún más los hombros como para esconderla cabeza...
– ¡Te apuras! ¡Porque ni de broma dormiremos hoy con los curas! ¡Allí dentro apesta a muerto!
El cazador sacó de su grueso abrigo de pelaje negro una cantimplora metálica, la abrió y se la llevó a los labios. Tomó un trago de un brebaje amarillo que le escurrió por la barba. Con la mano medio temblorosa les pasó a sus compañeros la cantimplora antes de volver a dirigirse al pobre de Gabriel.
– ¿Me escuchaste, come bannock?
Y como Gabriel lo único que hacía era asentir con la cabeza, Gordias se acercó y le plantó un fuerte bofetón.
– ¡No escuché tu respuesta!
– Si, señor – dijo Gabriel sobándose la mejilla adolorida.
– "¡Sí, señor!" – lo imitó él de nuevo con la boca torcida – A tu edad, ¿sabes lo que yo hacía?
– No, señor.
– ¡Mataba mi primer oso!
Gabriel miró con azoro el abrigo de pieles del cazador.
– Y tú, idiota, ¿has matado algo?
– ...
– ¡Espera, espera! ¡No digas! ¡Yo sé! Mataste un ratón que corría debajo de tu cama – dijo riendo Moras en tanto Gordias carraspeaba y lanzaba un gran escupitajo directo al abrigo de Gabriel.
Sí, esos tipos eran tan rabiosos como sus perros. Gozaban haciendo sufrir, ya fuera a hombres o a bestias, y nosotros, los "salvajes", éramos sus víctimas favoritas...
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Lagrimas de Bosque
Fiksi RemajaEsta historia no es mía todos los derechos a su autor en realidad le quiero dar popularidad aquí a la autora Nathalie Bernard la verdad esta historia me encanto bástate espero que les guste. Jonás acaba de cumplir dieciséis años, lo que significa qu...
