Tal y como lo había previsto, Sansón vino por nosotros al amanecer para llevarnos a la cabaña. Estaba de mal humor y nos recibió en el portal sin siquiera darnos los buenos días. En cuanto a Gabriel, la cosa iba peor. Me lanzaba unas miradas de odio como si yo fuera responsable de todos sus problemas. De hecho, yo era el único que se alegraba de nuestra situación. Para empezar, no tomaríamos una sola clase en todo el día. Además, estaríamos todo el tiempo afuera. Y, por si fuera poco, el viento había dejado de soplar.
Mientras caminaba por el sendero me daba cuenta de cómo el bosque revivía. Había gorriones y grajos azules que iban y venían de un árbol a otro en busca de los granos que habían guardado para el final del invierno; una liebre demasiado vivaracha casi tropieza conmigo; unas ardillas rojas corrían justo tras las huellas de una marta, más por euforia que por seguir su instinto...
Entre los dos, nos llevó menos de una hora retirar el tronco del techo. Mientras lo hacíamos, Sansón nos observaba y tomaba su café a sorbos pequeños. No hizo ningún comentario hasta que agarré unos tablones para concluir la tarea.
– ¡No, Jonás! ¡Tú ve a cortar el tronco!
Dejé los tablones y fui por el hacha que había dejado recargada contra un abeto negro. Sansón me alcanzó con Bella, que lo seguía de cerca.
– ¿Por qué de repente tan afanoso? – me preguntó frunciendo el ceño.
Acaricié la cabeza de la perra.
– No es eso... Estoy aquí para ayudar a Gabriel, ¿no?
Sansón sacudió la cabeza de un lado a otro, dejó su taza en el suelo y encendió un cigarrillo.
– Lo del tronco, bueno. No podía hacerlo él solo... Pero por lo demás, ¡nunca dije que tú debías reparar su estupidez!
– Es que no es muy habilidoso... No creo que...
– ¿Y a ti qué te importa, Jonás? ¡Me parece que olvidas muy pronto las lecciones del pasado!
– ...
– Acuérdate de cómo te las has arreglado hasta ahora – añadió antes de darle un gran trago a su café.
Como respuesta, simplemente agarré el hacha y empecé a desgajar el tronco. Sansón me observó durante un momento sin decir nada, lanzó el resto del café al suelo con un gesto brusco y regresó para inspeccionar el trabajo de Gabriel. Subió al techo por la escalera, y no habían pasado ni diez segundos cuando lo oí gritonear.
– ¿Qué te pasa? ¿Tienes dos manos izquierdas o qué?
Gabriel, ofendido, no contestó.
– ¡Tienes dieciséis años también, pero me parece que no has aprendido mucho aquí! ¿Se puede saber qué piensas hacer con tu vida?
Dejé el hacha por un momento y paré la oreja.
– Quiero regresar a mi hogar para cazar y pescar con mi padre.
– ¿Ah, sí? ¿Y crees que eso será suficiente?
– ¡Era suficiente para nosotros antes de que la policía matara nuestros perros!
Sansón lo miró unos segundos y volvió a lo que nos incumbía en ese momento.
– Te puedo asegurar que cuando el frío y la lluvia se infiltren por ese maldito techo, habrá otros que lancen a sus perros contra ti... ¿Es eso lo que quieres?
– ¡No!
– ¡Pues entonces aplicate!
– Eso hago...
Sansón bajo de ahí mientras mascullaba: "Se aplica, se aplica...".
– A fin de cuentas, tienes razón, Jonás. Si no lo ayudas, tendré que hospedar a esos apestosos por otra noche. ¡Y eso, ni pensarlo!
¡"Esos apestosos"! Mientras caminaba hacia la cabaña , me mordí los labios para retener la risa.
A mis espaldas, escuché que Sansón añadía con su característica voz ronca:
– ¡Y tú, tonto, le pasas los clavos y nada más! ¿Entendido?
– Entendido...
Subí al techo y me puse en cuclillas junto a Gabriel. Estaba muy serio y tenía el martillo agarrado contra su pecho. Le tendí la mano, pero ni se movió.
– Anda, pásamelo...
– No – me contestó en un tono neutro.
– Ya escuchaste a Sansón. No tenemos tiempo para esto – dije y le arranqué el martillo de las manos.
– ¡Tú eres como ellos, Jonás! ¡Y lo peor es que te gusta ser como ellos! – me dijo, y aventó los clavos.
Fingí indiferencia y empecé a clavar los tablones con un ritmo de metrónomo. Pero, aunque no quería admitirlo, en el fondo, las palabras de Gabriel me hacían sentir mal.
– Te crees superior, ¿eh? ¿No te has dado cuenta de que ellos ya ganaron? – insistió Gabriel.
Cada que martillaba un clavo, apretaba un poco más los dientes. No quería contestarle ni entrar en ese terreno resbaloso. Hasta que Gabriel, a la hora de pasarme el siguiente clavo, con un movimiento brusco intentó clavarlo en mi mano. Lo esquivé justo a tiempo, sujeté a Gabriel del cuello y le aplasté la cara contra la pendiente del techo.
– ¿Quieres que hable? ¡Pues escúchame bien! ¡Te equivocas de enemigo, hermano! ¡Yo sólo quiero sobrevivir! ¡Y si tú también quieres salir de ésta, te aconsejo que me pases los clavos y me dejes en paz!
En cuanto terminé mi perorata, aflojé los dientes y me puse a trabajar. Las manos me temblaban y el corazón me retumbaba en el pecho.
Al paso de las horas, Gabriel pareció calmarse. En todo caso, va no decía nada. Lo único que se escuchaba era el sonido regular del martillo sobre los tablones. Este sonido que resonaba en el bosque me recordó el del pájaro carpintero picoteando en los troncos de los árboles. Y esto me remontó a cuando yo tenía diez años..
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Lagrimas de Bosque
Novela JuvenilEsta historia no es mía todos los derechos a su autor en realidad le quiero dar popularidad aquí a la autora Nathalie Bernard la verdad esta historia me encanto bástate espero que les guste. Jonás acaba de cumplir dieciséis años, lo que significa qu...
