Las sombras de los árboles que se movían sobre el muro fren. te a mi cama me permitieron adivinar que prácticamente era la media noche. No podía dormir y daba vueltas y vueltas debajo de la manta desde hacía horas... Generalmente, el silencio y la oscuridad permitían a mis pensamientos viajar con libertad hacia mi pasado o hacia el futuro. Pero aquella noche, los ojos ensombrecidos de Lucía se me aparecían por todos lados.
¡Mátalo!
Era como si mi pecho se hubiera cerrado con esa palabra, y una barrera dolorosa me impidiera respirar con normalidad. Lucia no había contestado mi pregunta, pero su mirada había sido lo suficientemente explícita. A lo largo de esos seis años en el internado, había escuchado una buena cantidad de horrores referentes a Séguin: en particular, se decía que le gustaban tanto las niñas como los niños. Yo había tenido la suerte de librar me de aquello quizá solamente por ser un poco más fornido que los demás y por lo tanto me había olvidado del asunto. Pero desgraciadamente olvidarlo no quería decir que dejara de suceder...
No a Lucía... No a Lucía..., me repetía mientras sus ojos negros me miraban fijamente.
¿Hacer justicia? Sí, pero ¿cómo? Sabía r muy bien que, aunque Séguin fuera culpable, a nosotros, los indios, no nos creerían. En cuanto a asesinarlo, aunque por momentos no me faltaban de hacerlo, sabía muy bien que no era capaz. En primer lugar, ¡nunca había matado aun hombre! Con mis flechas las ganas sólo habían atravesado la carne de algún animal para quitarle la vida. ¡Y fue para tener qué comer, no por venganza! Además, suponiendo que encontrara la manera de exterminar a ese demonio, nada me aseguraba que quien viniera a remplazarlo pudiera ser mejor. En cualquier caso, eso no borraría lo que él le había hecho a Lucía...
¿Cómo protegerla, entonces?
Era algo que no tenía solución.
Me quemaba los sesos intentando hallar alguna, pero me parecía que mis ideas iban en cualquier sentido sin encontrar respuesta, como si mi mente estuviera atrapada en un laberinto sin salida.
Para resolver una dificultad, debes permitirle a tu mente pasear ¡Ve a dar una vuelta!, solía decirme mi madre.
Ya que no podía deambular por ahí, yo había tomado la costumbre de divagar con la imaginación. Esa noche me costaba trabajo conectarme con los árboles, así que mis pensamientos tomaron otro camino para llevarme hasta las raíces.
Parece ser que los bosques caminan, me había contado mi madre. Lo hacen muy lentamente, y por eso los seres humanos no se dan cuenta. Avanzan en silencio hacia una meta que sólo ellos conocen...
Me daban ganas de partir con ellos y, concentrándome con todas mis fuerzas, pronto pude escuchar cómo brotaban las ramas, los troncos crecían y se engrosaban para sostener toda esa masa vegetal. Empecé a imaginar cómo las raíces, sumergidas muy lejos bajo el suelo, se dirigían hacia el agua y hacia toda la materia orgánica que alimentaba la savia. Esa materia incluía los huesos y los espíritus de mis ancestros, que nutrían la tierra desde hacía aproximadamente ocho mil años...
Mamá, ¿acaso soy un cobarde?, pregunté a las tinieblas silenciosas antes de hundirme en un cómodo olvido.
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Lagrimas de Bosque
Novela JuvenilEsta historia no es mía todos los derechos a su autor en realidad le quiero dar popularidad aquí a la autora Nathalie Bernard la verdad esta historia me encanto bástate espero que les guste. Jonás acaba de cumplir dieciséis años, lo que significa qu...
