Un juego, dos bandos: Indecisos y Controladores.
Soraya está atrapada en su peor época. La muerte de sus padres, la frialdad de su hermana, la sobreprotección de su cuñado, un vecino que la esquiva, un fotógrafo que no la deja tranquila... y una deu...
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*CAPÍTULO ONCE*
**SORAYA AGUILAR**
Estoy plantada frente a la puerta de mi apartamento. La llave en la mano tiembla un poco, no por miedo, sino por la tensión acumulada. Sé que, una vez que cruce el umbral, tendré que actuar. No hay margen de error.
Durante todo el trayecto he ensayado mi papel: hombros relajados, suspiros contenidos y una sonrisa ligeramente estúpida. La versión de la historia que Hugo ha escuchado convierte a Derek en un caballero impecable, digno de novela rosa. En su imaginación he vivido las mejores dos semanas de mi vida: paseos, cenas románticas, conversaciones profundas... Casi puedo oírle preguntando si me pidió matrimonio bajo las estrellas.
Debo verme feliz. Serena. Como si hubiera despertado de un sueño de princesa.
Tomo aire. Hago la pose. Giro la llave.
Y todo se desmorona.
El personaje se cae a pedazos en cuanto abro la puerta.
¡Voy a matar a Hugo!
El infierno debe parecerse a esto. Aunque dudo que Lucifer tolere semejante nivel de caos sin reorganizar el mobiliario. Hugo, por otro lado, ha convertido nuestro apartamento en un campo de batalla digno de un apocalipsis moral. Al mismísimo diablo le vendría bien pasar por aquí antes de renovar su catálogo de tormentos. Y que lo hiciera en compañía de los siete príncipes del infierno, porque aquí podrían dar conferencias sobre sus pecados.
El suelo del salón es un campo minado: botellas por todas partes, muchas rotas, otras vacías y rodando con abandono. En medio de la estancia, un gran charco pegajoso de dudosa procedencia refleja la luz como un espejo sucio. Cajas de pizza abiertas como ataúdes, envoltorios de comida china, turca, mexicana, kebab aplastado en la alfombra, salsa picante untada en la pared... El aire huele a cebolla fermentada, alcohol rancio y algo más ácido que prefiero no identificar.
La mesa del comedor ha desaparecido bajo una montaña de ropa, preservativos usados y ceniceros rebosando colillas. El sofá, mi pobre sofá, está destripado, los cojines por el suelo, las fundas desgarradas. La tele está encendida, sin volumen, mostrando un canal de videoclips que nadie ve. Un altavoz sigue conectado al móvil de alguien y lanza reguetón a todo volumen con un bajo que hace vibrar el suelo.
Hay chicas. Cinco, tal vez seis. Tiradas como cadáveres glamorosos entre la ruina. Algunas semidesnudas, otras con vestidos ajustados cubiertos de manchas, todas dormidas como si fueran parte de un casting para una versión decadente de La bella durmiente: edición rave en el basurero.
Una de ellas ronca. Otra babea sobre mi manta favorita. Y una tercera tiene mi sujetador en la cabeza, como si fuera una corona.