Un juego, dos bandos: Indecisos y Controladores.
Soraya está atrapada en su peor época. La muerte de sus padres, la frialdad de su hermana, la sobreprotección de su cuñado, un vecino que la esquiva, un fotógrafo que no la deja tranquila... y una deu...
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*CAPÍTULO NOVENTA Y CUATRO*
**HUGO DE LEÓN**
Oler el cabello de mi cachorro antes de salir de la cama y preparar el desayuno se ha convertido en más que una rutina: es una adicción. La droga que no mata y de la que no puedo prescindir.
Intento salir de sus brazos sin despertarlo, pero dormido me aprieta con más fuerza. Sus labios se mueven, besando el aire. Soy tan único para él que formo parte de sus sueños húmedos, un reparto exclusivo de dos integrantes: él y yo. Así le conviene, si no quiere ser castigado.
Mientras me manosea en sueños, correspondo su beso en la realidad antes de lograr escapar.
Estar con él me ha hecho descubrir aficiones que jamás imaginé tener. Me gusta levantarme una hora antes de que despierte, solo para prepararle un desayuno pensado especialmente para él. Sus expresiones cálidas hacen que cada madrugón valga la pena. Además, cuando está distraído con la comida, me gusta romper sus barreras y explorar terrenos candentes.
A diferencia de un perro, él no gruñe cuando me acerco por detrás mientras devora.
Algún día, al finalizar el desayuno, lo subiré a la mesa y lo tomaré sin reservas. Pero antes, debemos seguir enfrentando sus demonios, un proceso lento que exige más paciencia de la que creía tener.
El progreso es evidente. Cada vez está más cerca de aceptar que lo nuestro no es una enfermedad, de abandonar el término "compañero de vida" y mostrar el amor que me tiene en público.
Anoche dimos un paso importante en el sofá mientras veíamos, por enésima vez, Charlie y la fábrica de chocolate. No negaré que lo había buscado en cada película y que me había contenido en numerosas ocasiones por su petición. Pero ayer no hubo freno.
El sexo fue especialmente íntimo. Con él he aprendido que la pausa también puede ser placentera, aunque mis noches predilectas siguen siendo aquellas donde mis movimientos resuenan contra su cuerpo en un ritmo acentuado.
Mientras elaboro el desayuno, Boss me observa en cada movimiento, quieto en el umbral, esperando el gesto que le permitiera avanzar.
Selecciono la carne más fresca para él. Al cortarla, libero el clásico líquido rosado formado mayoritariamente por agua y proteínas del músculo.
Dejo el plato en el suelo y permito que el perro se acercara, pero no come hasta recibir mi orden específica.
A la hora, el desayuno está listo, sincronizado para la llegada de Alessandro. Desaliñado y soñoliento, se mueve con esa torpeza casi ceremonial que tanto me gusta: masajea su estómago, deja la camiseta torcida, sin notar cómo cada gesto revela la composición perfecta de su torso.