Un juego, dos bandos: Indecisos y Controladores.
Soraya está atrapada en su peor época. La muerte de sus padres, la frialdad de su hermana, la sobreprotección de su cuñado, un vecino que la esquiva, un fotógrafo que no la deja tranquila... y una deu...
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*CAPÍTULO OCHENTA Y SIETE*
**SORAYA AGUILAR**
Al principio de la relación con el innombrable, anhelaba que desapareciera. Ahora solo deseo verlo una vez más, aunque sea la última. Necesito enfrentar al cobarde con aires de grandeza que me destrozó sin motivo.
Odio ser la típica que gasta los dedos escribiendo mensajes que la rebajan como persona. Apenas me respondió un par con un escueto: supéralo. Y, al final, después de días de acoso intenso por mi parte, me bloqueó.
Quiero gritarle, reclamarle, hacerle pagar por cada lágrima desperdiciada por un hombre: el peor de todos.
Damián dice que las divas tenemos derecho a llorar, excepto cuando lo hacemos por alguien del sexo opuesto. Pero lo que yo quiero es que él encuentre al infeliz y me ayude a devolverle la agonía que siento.
¡Maldito Derek!
Me apresuro a llegar a la taza del váter cuando una ola de náuseas me golpea, terminando en vómito. Mi estómago ya no tiene nada que ofrecer, pero permanezco encorvada, con la respiración entrecortada y los ojos empañados.
Hace días que me hice amiga del sabor ácido.
Me limpio la boca con el dorso de la mano y, cuando creo estar en calma, lista para enfrentar el día, rompo a llorar.
Las lágrimas se desbordan a su antojo, y no puedo hacer nada para frenarlas; me convierten en su esclava. Un sollozo que me sacude los hombros mientras me abrazo a mí misma, acurrucándome contra la pared del baño como si pudiera fusionarme con las baldosas que me han visto llorar más veces que las del dormitorio.
No sé qué me asquea más: si el vómito que todavía flota en el agua o verme tan demacrada por el innombrable. Ni siquiera quiero pronunciar su nombre.
Quiero que desaparezca de mis recuerdos, deseo sufrir amnesia.
Media hora después, con algo de estabilidad —la que creo tener— y escoltada por el Boss y Odas, voy en busca de un regimiento de manzanas. Suficientes para quedarme en la cama lo que queda de día.
—¿Quién de los dos se lo dice? —la voz de Doc llega desde el salón, señalando la existencia de un chisme que en otro momento me habría interesado —Entre una cosa y otra, ha pasado un mes.
—Lo sé, lo sé.
—¿Entonces?
—Una semana más.
—Considera los riesgos.
¿Riesgos? ¿Qué riesgos?
Las manzanas me llaman desde la cocina, pero no puedo ignorar si uno de los míos está en peligro.