Un juego, dos bandos: Indecisos y Controladores.
Soraya está atrapada en su peor época. La muerte de sus padres, la frialdad de su hermana, la sobreprotección de su cuñado, un vecino que la esquiva, un fotógrafo que no la deja tranquila... y una deu...
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*CAPÍTULO TREINTA Y SEIS*
**SORAYA AGUILAR**
Hace cuatro días que es imposible contactar con Hugo. Hace cuatro días que las llamadas a Derek y Máximo van directo al buzón de voz. Hace apenas un día logré hablar con la novia de Damián y le dejé un mensaje contundente. Tendría que estar aquí. Prometió que estaría conmigo, ayudándome.
Las lágrimas siguen bajando, a medio construir, como si no supieran si terminar de salir o quedarse atrapadas. Pronto serán invisibles, secas por el derroche anterior. Claro que eso no impedirá que mis ojos sigan hinchados. Me he quemado la nariz de tanto sonarme, tengo pupas en el labio por deshidratación y una cara de mapache que ni el maquillaje disimularía.
Ya estoy odiando este año, y apenas lo acabamos de estrenar.
—Mierda —se queja Alessandro.
Me limpio el rostro y busco con la mirada a mi amigo, que está plantado frente a la nevera.
No digo nada, pero sus heridas sanaron como por arte de magia, igual que las veces anteriores en las que resultó herido.
Somos buenos fingiendo que no vemos lo evidente.
—Tengo hambre —digo, anticipándome a su protesta—. Iré a comprar. Necesito salir antes de que las paredes terminen por asfixiarme. Y tú... a ti te necesito aquí por si aparece alguno de esos cretinos.
—Acabaremos en malos términos.
—Son unos salvajes. Pero si alguno se atreve a ponerte una mano encima, ordenaré que lo metan en la mazmorra y le rellenen las cuencas con algo punzante. Cosas más macabras han pasado en ese lugar.
—¿Cómo?
—Voy a comprar.
—¿Qué mazmorra? —pregunta, pálido y confundido.
—¿Quién habla de una mazmorra?
Está a punto de insistir, pero se muerde la lengua, sabiendo que no obtendrá nada productivo.
—No tardaré. Te pediría que te comportes, pero ya aprendí que esa petición no funciona con mis chicos.
—Perdóname —dice, con una sinceridad que duele.
—Eres el último que debería disculparse.
Acudo a la sección de bollería industrial favorita de Alessandro y de su apetito eterno. Lleno el carro, en su mayoría, con productos de chocolate, aunque intento buscar variedad. Termino estancada frente a los donuts, indecisa.